martes, 28 de septiembre de 2021

LA ESPAÑA VACÍA

 

Ahora la llaman la España vaciada, a esta España de interior, despoblada y, en cierto modo, olvidada, a la que de forma recurrente políticos, artistas, en general gente influyente en sus respectivos campos, vuelve la vista de vez en cuando, unas veces de forma sincera y otras porque siempre queda bien acordarse de los menos favorecidos, nadie se lo va a reprochar.
Sergio del Molino enfoca su libro como un ensayo literario, no como un documento científico y así nos lo advierte, reflexionando sobre diversas circunstancias que rodean a esta España que, según el autor, siempre estuvo vacía por más que ahora parece que se ha agudizado la situación, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo pasado, tiempo en el que la paulatina pero imparable mecanización de las tareas agrícolas acabó expulsando hacia las ciudades a quienes vivían de esas labores y ya no eran necesarios.
Y es que si recorremos los viejos textos de los viajeros que atravesaron estas tierras en épocas pretéritas, pero no tanto, una de las circunstancias que más les llamaban la atención era la despoblación, la distancia entre núcleos urbanos entre los que no había prácticamente nada, ni siquiera árboles, cuanto menos casas y gente.
En la línea de costa que discurre desde Barcelona al Mar Menor, se sucede un continuo urbano interrumpido por tramos muy cortos de costa salvaje donde viven más de 14 millones de personas. En Andalucía, algo más de 8 millones, de los que más de cinco lo hacen en el litoral. Las regiones del norte peninsular tienen una densidad de población cercana a los estándares europeos, con núcleos cercanos entre sí y un rico pasado industrial que une a siete millones de habitantes. En el resto, hay pocas personas y muy alejadas unas de otras.
Esto es una rareza que no tiene igual en los países europeos con los que España suele compararse (lease Francia e Italia)  y mucho más alejada de las realidades que viven en naciones como Gran Bretaña o Alemania. Viajar por carretera a través de Francia, Inglaterra o Alemania consiste en una sucesión ininterrumpida de viviendas y pueblos, con apenas puntos en los que transitar sin testigos. En Europa occidental, sólo Irlanda tiene una densidad de población inferior a la nuestra, en la que, a su vez, nada tiene que ver la densidad de Madrid con la de Teruel o Zamora, por ejemplo.
Las razones de esta situación son las que ocupan este libro, las razones que apunta el autor, claro, quizá otros opinen de otra manera. Una de ellas (porque varias son), es el paisaje, aquello de que lo verde empieza en los Pirineos, no es solo el título ambiguo de una película, es literalmente así y cuando se viaja de sur a norte, al atravesar la gran cordillera, se pasa, sin transición, de un clima seco a uno húmedo, del arbusto espinoso al césped.
Siglos de abandono y atraso han hecho del campo español un escenario de casas apiñadas y pequeñas que es la morfología predominante en Castilla, Aragón o Extremadura y, por supuesto, localidades despobladas; un pueblo rico de la meseta, nunca fue tan rico como uno pobre de Europa central.
Como digo, reflexiones sobre el tema y sobre las actitudes de los políticos o de los nacionalismos, a los que se les llena la boca al hablar de la superioridad moral del campo sobre la urbe, pero quienes lo dicen (salvo raras excepciones), siguen viviendo cómodamente en las ciudades y solo van allí de visita, normalmente interesada.
Hablamos de una España de la que, si no en primera, sí en segunda o tercera generación, proceden millones de españoles, que ya no existe y, en muchos aspectos, ha sido mitificada, como una especie de Alicia en el país de las maravillas y pese a que algunas formas de patriotismo parece que renacen, una vez superada, poco a poco, la mala prensa del lastre franquista, parece muy difícil conseguir que la despoblación se corrija, así que, al menos, nos queda pedir que se tome conciencia de lo peculiar que es España y que se escuchen esos silencios, ya que ruidos no hay, que llegan desde el yermo, para ver si así somos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. 



6 comentarios:

  1. Hola, Trecce
    Las ciudades, o pueblos se van quedando vacíos por falta de oportunidades, por el ansia de la juventud de conocer nuevas tierras, por el sano deseo de prosperidad…
    Esos lugares poblados que nombras, son sitios en los cuales la gente vive del turismo, las industrias y el arte. Otros países de la UE, no concentran demasiada población en unos pocos lugares, como el caso de Alemania que es un país en donde las fábricas se sitúan cerca de los pueblos, de tal manera que ayudan para que la gente permanezca allí.
    Tienes razón en cuanto a la despreocupación de los políticos por aquellos sitios áridos en todo sentido.
    Me gusta lo que escribes. Cordiales saludos.
    Un abrazo.

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  2. El mito de la España vacía, entendido como problema, nace ya con los autores de la Generación del 98, a quienes dolía en el alma que Castilla, región que ellos consideraban la cuna de un gran imperio, se estuviese cayendo a cachos. Sin embargo, como bien señalas en tu texto, hay grandes dosis de romanticismo en esa visión de las cosas. Tal vez sea todo mucho más simple: ni las condiciones climatológicas adversas (de frío o calor) invitan a permanecer o instalarse en muchas áreas geográficas de la Península ni las autoridades se han tomado nunca en serio el fomento de la natalidad.

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    1. Yo creo que lo que de verdad duele es que se les llene la boca a los poderosos y algunos de los del postureo sobre eso de volver la mirada al interior y todo sea por quedar bien.
      Creo que el fomento de la natalidad no es la solución y sí dotar de infraestructuras y medios para que quien decida quedarse o volver, pueda tener cierto futuro, los niños, supongo, vendrán después.

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  3. Hola Trecce!
    No puedo mas que suscribir hasta la ultima coma. Me estaba acordando de "El disputado voto del Sr. Cayo" (1986).
    Saludos!

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    1. Es uno de los libros que comenta Sergio del Molino en su libro, porque es un retrato, con ese buen ojo que tenía Delibes, de algunos de los males que aquejan a estos territorios.

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