En una vieja casa aislada, situada en un paraje campestre, un joven dispensa amorosas atenciones y cuidados a su madre gravemente enferma. En el que quizá sea su último paseo juntos, él la lleva en brazos, y ambos evocan melancólicamente el pasado.
La lentitud con que transcurre, dista de lo que solemos ver en otras películas de las llamadas de transcurrir parsimonioso. En esta se van sucediendo escenas de exquisita belleza que contrastan con un tema tan doloroso como es la muerte de una madre.
Apenas hay trama, todo gira en los cuidados amorosos de ese hijo, en las caricias de la madre, el único pago que le permiten sus escasas fuerzas y también en los misterios de la vida (y de la muerte), en el mecer de la hierba, el pasar de las nubes o el tren que se ve en la lejanía y en ese joven que lleva a su madre en brazos, en lo que algunos interpretan como una escena de la pasión cristina con los roles invertidos.
Un film muy contemplativo que se hará aburrido de forma irremediable a quien no disfrute apreciando los elementos formales y artísticos que Aleksandr Sokúrov nos ofrece.
























