Un matrimonio estadounidense de clase alta, lleva una vida despreocupada en Roma, hasta que el suicidio de su hijo, todavía un niño, lleva a su madre a sentirse culpable por no haberle atendido con más dedicación. Para encontrarle un sentido a su vida, sigue el consejo de un amigo y comienza a trabajar con los enfermos y desamparados de la ciudad. George Girard (Alexander Knox), su insensible marido, encuentra desagradables las actividades benéficas de Irene (Ingrid Bergman) y provecha la circunstancia de que ella, tras ser acusada de facilitar la huida de un delincuente, es detenida, para conseguir internarla en un psiquiátrico.
Tras la amarga tragedia de la pérdida del hijo, la protagonista es consciente de la banalidad de su vida y pretende redimirse ayudando a los demás, dando amor a quien lo necesita, pero no por misericordia ni caridad, sino porque se siente culpable de haber sido como era.
Los desheredados la adoran, la consideran una santa, pero tanto su entorno familiar, incluyendo a su rancia y conservadora madre y a su esposo, como quienes, al menos teóricamente, han de cuidar por la rectitud de la sociedad (el juez, el sacerdote, el psiquiatra, el comisario de policía...), la consideran un peligro. La sociedad está muy bien como está, con sus ricos y sus pobres, cada uno en su puesto y lugar y quien intente quebrar ese estatus, o es un comunista o está loco y hay que apartarlo.
El mensaje político y humanista del film está claro, tanto como la gran interpretación de Bergman a quien la cámara sigue con verdadera delectación.
Solamente unas pocas de las películas surgidas de la polémica relación entre la actriz Ingrid Bergman y el director Roberto Rossellini estuvieron a la altura de su talento. Una de ellas fue esta producción italiana.
























