Amelia (Giulietta Masina) y Pippo (Marcello Mastroianni), dos bailarines que se hicieron famosos en su época imitando a Ginger Rogers y Fred Astaire, se reúnen años después en Roma, para intervenir en un programa televisivo de variedades. Pronto serán conscientes de que los tiempos han cambiado... para peor.
Se trata tanto de un conmovedor viaje nostálgico al pasado, como de una crítica satírica a la televisión en general y a la televisión italiana en particular, a la que presenta como un espectáculo de fenómenos sin sentido dirigido a imbéciles.
Y es que en los 80, con la llegada de las cadenas privadas (como ocurriría en España una década después), la televisión empezó a transitar por una senda de degradación, en busca de un público idiotizado y del aumento de espectadores a costa de lo que fuera, para engordar la cuota publicitaria. Fellini, más que criticar al medio, lo hace al formato, con la llegada de la llamada televisión basura.
Es difícil no dejarse conquistar por Giulietta Masina en su mejor momento. La menuda y expresiva actriz tenía un aire especial y la habilidad necesaria para romper y alegrar corazones simultáneamente. Aquí, Federico Fellini la empareja con otro gran ícono del cine italiano, Marcello Mastroianni, para ofrecernos una historia de crítica, pero también evocadora, quizá algo triste, aunque con una luz para la esperanza.

























