Bajo el opresivo régimen talibán, la madre de una muchacha de 12 años, médico de profesión, pierde su empleo en un hospital y las dos mujeres, así como la abuela, se convierten en auténticas prisioneras en su propia casa, ya que no pueden abandonarla sin un «acompañante legal» y tienen prohibido trabajar fuera para ganarse la vida. La madre y la abuela urden un plan: le cortarán el pelo a la chica y cambiarán su indumentaria, para que parezca un muchacho. Asustada ante la posibilidad de que se descubra su secreto, la joven –que ha adoptado el nombre de Osama (Marina Golbahari)– empieza a trabajar para un tendero del vecindario, que fue amigo de su padre. Pero pronto tiene que empezar a acudir a la escuela islámica, y allí será más difícil ocultar su verdadera identidad.
La historia que nos acera el afgano Siddiq Barmak —Globo de Oro en 2004 por este film— es triste, muy triste, precisamente porque es real, porque estas cosas están ocurriendo y, paradójicamente, fue posible rodarla después de que la intervención estadounidense hiciera perder poder a los talibán y se pudieran volver a rodar películas con cierta libertad. Pero, mira por donde, los que parecía que se habían ido, regresaron, con mayor virulencia si cabe y vete a saber cuántas mujeres en Afganistán están sufriendo ahora las consecuencias.
A pesar de algunas opiniones de la crítica sobre aspectos relativos a su valor artístico nada favorables, a mí me parece que realmente tiene algunas secuencias realmente conseguidas, en cualquier caso y opiniones encontradas aparte, la considero una película esencial que invita a la reflexión y que ofrece una perspectiva invaluable sobre la vida bajo un régimen fundamentalista.
























