jueves, 6 de junio de 2019

LA IMAGEN PERDIDA (L’IMAGE MANQUANTE)

“Durante muchos años he buscado una imagen perdida: una fotografía tomada entre 1975 y 1979 por los Jemeres Rojos cuando gobernaban en Camboya. Por supuesto que una imagen por sí sola no puede ser la prueba de un genocidio, pero nos hace pensar, nos fuerza a meditar, a registrar la Historia. La he buscado en vano en archivos, en viejos papeles, en las aldeas de Camboya. Hoy lo sé: esta imagen debe estar perdida. Así que la he creado. Lo que les ofrezco no es la búsqueda de una imagen única si no la imagen de una búsqueda; la búsqueda que permite el cine. Algunas imágenes están perdidas para siempre y son reemplazadas por otras. En este proceso hay vida, lucha, dificultad y belleza, la tristeza de los rostros perdidos, la comprensión de lo que pasó: algunas veces nobleza e incluso coraje, pero nunca olvido”

Así explica lo que ha intentado con este film, el realizador del mismo, Rithy Panh, el camboyano que con 16 años, llegó a Francia procedente de un campo de refugiados de Tailandia.
La película es la tercera parte de la trilogía del realizador sobre el genocidio camboyano y en ella adapta algunos pasajes autobiográficos de su libro La Eliminación.
“Busco mi infancia como una imagen perdida. O, más bien es ella quien me reclama. ¿Es porque tengo 50 años?”. Con estas últimas palabras del realizador comienza el magnífico documental.


La tranquila adolescencia de Rithy Panh, hijo de un profesor de Phnom Penh, se rompió el 17 de abril de 1975, cuando la guerrilla comunista de los Jemeres Rojos entró en la capital camboyana. Siguiendo las órdenes de Pol Pot, ideólogo de extrema izquierda seguidor de Mao y alzado al poder con el apoyo de un campesinado muy pobre, aquellos soldados fanáticos consiguieron en pocas horas vaciar las ciudades del país y enviar por la fuerza a sus habitantes a trabajar en los campos y los arrozales. En cuatro años, los Jemeres Rojos hicieron desaparecer una generación entera.
Para contar la historia de esta época, Panh buscó imágenes de este periodo atroz, pero no encontró nada, porque esas imágenes que a Panh le abrasan la memoria, las de los crímenes masivos que presenció, hoy son imposibles de encontrar, el régimen de Pol Pot se encargó de no dejar rastro. Entonces creó imágenes ausentes usando figuras de arcilla y dioramas. Con una belleza inusual, la narración retrata una pesadilla histórica, el trauma y la memoria de una sociedad.


El realizador pudo haber recurrido a las clásicas entrevistas con los supervivientes de la tragedia, sin embargo se decidió por esta original presentación que es cierto que en ocasiones puede resultar algo monótona, pero que logra transmitir toda la crudeza de aquella tragedia que despojó a quienes la padecieron de todo rastro de dignidad.
De paso, Rithy Panh trata de espantar sus fantasmas o, al menos, reconciliarse con ellos. Una tragedia que quedó grabada a fuego en su interior y que le hace sentirse culpable de haber sobrevivido y de no haber podido ayudar al resto de su familia y a otros a quienes vio padecer y morir. Esa es la verdadera tragedia que les ha quedado a quienes salvaron la vida.


En un mundo, como el nuestro, saturado de imágenes, a veces faltan las más importantes; porque no se filmaron en su día o porque se destruyeron después.
En un mundo donde las innovaciones en materia de transportes restan importancia a la distancia geográfica, el genocidio de Camboya ocurrió hace apenas cuarenta años a solo unas horas de vuelo de la puerta de nuestras casas; y, sin embargo, de todo aquello solo conocemos la breve noticia de los libros de historia y un puñado de escalofriantes imágenes posteriores de montañas de calaveras respetuosamente mostradas a los turistas.




No hay comentarios:

Publicar un comentario