sábado, 7 de diciembre de 2013

MARATÓN

¿Y si las tropas griegas vencedoras en Maratón enviaron a más de un heraldo para anunciar la victoria a sus conciudadanos atenienses?
Este es el punto de partida que toma el exitoso autor italiano (“Jerusalén”, “300 guerreros”) para desarrollar en forma de novela los acontecimientos vividos en torno a la famosa batalla. Un proyecto arriesgado el de escribir sobre un tema tan recurrente, bien en forma de novelas, cual es el caso, o de estudios, digamos, más serios.
Y sin embargo, bien pudo haberse dado tal cual plantea Frediani, el miedo a que el portador de la noticia fuera interceptado o sufriera algún tipo de percance, pudo haber sido solventado enviando a más de un corredor para asegurarse de que la noticia llegaba a su destino, evitando que cundiera el desánimo en los atenienses y dándoles fuerzas para resistir un potencial cerco de las tropas persas, en tanto llegaba el ejército vencedor en Maratón para ayudarles frente al enemigo.
Como señala el autor, se da por hecho que la guerra de Troya fue contada de forma legendaria, pero el lector actual, muchas veces no sospecha que el mismo tratamiento se le pudo dar a la batalla de Maratón, el primer gran enfrentamiento entre griegos y persas. La propia campaña, sus tiempos y estrategias son más bien confusas en los informes de los historiadores.
Así que el autor, recrea lo que pudo ser, sin salirse de una cierta lógica y sin estridencias que resulten desconsideradas con nuestros conocimientos, bien como simples aficionados o como entendidos en la materia.
Las fuentes antiguas no están de acuerdo sobre quién fue el hombre que corrió aquellos casi cuarenta kilómetros. Hay quien le da el nombre de Eucles, quien de Tersipo y otros atribuyen la empresa a Filípides, a quien la tradición ya reconocía como autor de la hazaña de haber recorrido el camino mucho más largo hasta Esparta, antes de la batalla. Frediani, lo que hace es tomar estos nombres como si fueran tres personajes distintos, tres jóvenes guerreros, amigos entre sí, que se disputan el amor de una mujer: Ismene.
En realidad, a lo largo del relato, iremos viendo que, más que estar enamorados, ven a Ismene como un trofeo, y aquí ya se nos plantea una de las características de la sociedad helena: El espíritu de competición. Algo que vemos reflejado durante toda la obra y que los tres protagonistas trasladan a todos los ámbitos de su vida, desde su entrenamiento militar durante el efebato, a las competiciones deportivas o a la misma batalla y, como queda dicho, a la propia misión que se les encomienda, convirtiendo aquello en una prueba, al final de la cual, el vencedor se llevará el premio, en vez de una corona de olivo, la mujer que desean.
Los capítulos están divididos en dos partes, primero se nos narra la batalla, sus prolegómenos, desarrollo, alternativas y desenlace. En la segunda mitad, la carrera, que sirve, al tiempo, para adentrarnos en los pensamientos del narrador (habitualmente Eucles) que nos traslada sus recuerdos de cómo fue la vida pasada de los protagonistas, sus desencuentros y afinidades. Hacia el tercio final de la novela, cada capítulo añade una especie de tercera parte y es, en esta ocasión, el famoso dramaturgo Esquilo (que como se sabe participó en la batalla), el que nos narra sus recuerdos de la misma, proporcionando al autor el recurso de mostrarnos lo que ocurre en una de las alas del frente griego, donde combate Esquilo, mientras los otros tres lo hacen en el centro. Esquilo es la persona a la que Ismene está narrando todo lo que leemos cuando ha ido a su encuentro, mientras espera, junto a otros compatriotas noticias de lo que está ocurriendo en las Termópilas, diez años después de la batalla de Maratón.
Apenas transcurridas las primeras páginas, el autor consigue que dejemos de lado la prevención y un cierto escepticismo con el que uno puede tomarse la lectura de este tipo de novelas y consigue irte atrapando poco a poco. Brillantes descripciones, tanto de los enfrentamientos armados, como de la preparación militar de los jóvenes. La carrera nos sumerge en el esfuerzo que debió suponer para quien lo llevó a cabo, pero ya antes, cuando nos está relatando una de las competiciones deportivas en las que se enfrentan los jóvenes, asistimos a una de las más sugestivas narraciones de lo que supone el esfuerzo físico llevado al límite.
Está muy bien desarrollado el cambio que estaban sufriendo, tanto la sociedad como el propio ejército griegos, pasando de esa concepción homérica que buscaba la gloria a través de enfrentamientos y desafíos individuales, ese concepto representado en héroes como Aquiles o Teseo, hacia ese otro concepto en el que la fuerza de la colectividad está por encima de lo individual, representado por los ejércitos hoplitas en los que el factor importante era proteger al compañero y no romper la línea jamás.
La novela está bien escrita, bien documentada, con un dinámico ritmo narrativo, pero lamentablemente la traducción es penosa. Expresiones como “A tres estadios para la final, se dio cuenta de que probablemente sería correcto esforzarse en el espasmo” o “Esquilo, a quien había conocido después del efebato por trámite de su hermano mayor Cinégiro”, abundan hasta hacerse ofensivas.
Salvando este inconveniente, el libro es atractivo, quien domine el tema, encontrará muchas referencias y situaciones que le harán rememorar sus conocimientos y el lector que se acerque a ella sin demasiados conocimientos sobre los hechos y la época en la que se enmarca, hallará una forma amena y entretenida de tomar contacto con un entorno que se remonta 2.500 años atrás pero que sigue despertando toda la curiosidad de quienes estamos apasionados por la Historia y sus circunstancias. Y quien busque simplemente entretenimiento, tendrá en sus manos una historia de amistades, envidias, desengaños, héroes y traidores, muy bien llevada, con una cierta dosis de intriga y cierto suspense.
 
 
(Esta reseña fue publicada en su día en HISLIBRIS)







viernes, 6 de diciembre de 2013

LA MISIÓN

Durante todo el siglo XVII, los misioneros jesuitas se encargan de llevar el Evangelio a la zona geográfica situada en derredor de dos de los más importantes ríos que conforman la cuenca del Plata, el río Paraná y el río Uruguay, en la selva tropical, en los actuales territorios de las repúblicas de Argentina, Paraguay y Brasil. Son las conocidas reducciones que los jesuítas ubicaron entre los guaraníes, guaycurúes y sus pueblos afines.
Los reyes de España, como parte del proceso de evangelización, ordenaron que "hubiese escuelas de doctrina y de leer y escribir en todos los lugares de indios". Este decreto real, al que se le prestó por lo general en América un acatamiento sólo nominal, fue cumplido con rigor por los misioneros jesuitas.
Además del cuidado de las almas y las enseñanzas del catecismo, en las misiones aprendían a leer y escribir y recibían clases de música, también se les preparaba para trabajos agrícolas y artesanos.
Sin embargo, el choque con los intereses de Portugal, en cuyos territorios, los llamados bandeirantes, se dedicaban a la caza de indios para venderlos como esclavos, llevará a que la labor de los misioneros se vea dificultada por la propia Iglesia que no desea conflictos con el poder civil.


Las leyes españolas de indias, consideraban a los nativos como dotados de alma y eran tenidos como hijos de Dios, al menos sobre el papel, algo que chocaba con las leyes portuguesas que no reconocían tal calidad en los indios que eran tratados como seres irracionales, sin derecho alguno. Las reducciones jesuíticas supusieron un avance de siglos, no sólo en cuanto al respeto por la población nativa, sino en el mundo laboral y social, algo evidentemente muy peligroso para el poder económico establecido. Entre la reformas borbónicas que supusieron, entre otras cosas, la expulsión de los jesuítas, y las presiones políticas y económicas, las misiones jesuíticas fueron desmanteladas, ni franciscanos, dominicos o mercedarios que tomaron a su cargo las misiones, tuvieron el éxito que habían tenido los jesuítas. Los pueblos guaraníes volvieron a la selva o emigraron a las ciudades donde sobrevivieron gracias a poner en práctica las habilidades artesanales adquiridas. El golpe de gracia se les dio cuando los países sudamericanos ya eran independientes, por ejemplo, el dictador paraguayo Carlos Antonio López, abolió y destruyó las comunidades quedándose con las tierras.


Una parte de esta historia que he resumido a grandes rasgos, es la que Roland Joffé traslada a la pantalla, a mi parecer con acierto, huyendo de excesivos sentimentalismos y planteando con crudeza, pero de manera bastante objetiva, los puntos de vista enfrentados, las distintas maneras de entender la relación con los indios.


Apoyado en una espectacular fotografía que saca partido de los bellísimos paisajes y en la sensacional banda sonora de Ennio Morricone, una de las más recordadas de la historia del cine, el film logra meternos en la selva, nos da la sensación de estar inmersos en ese paisaje exhuberante, salvaje y colorido.
Con unos diálogos brillantes por momentos y las impecables actuaciones de todo el elenco encabezado por Robert De Niro y Jeremy Irons, cuyos dos personajes encarnan las dos maneras de enfrentar el conflicto que les amenaza.


Muchos de los pasajes de la película resultan brillantes por una razón u otra. La ascensión a la catarata de De Niro, llevando a cuestas la simbólica carga se sus pecados, para algunos demasiado larga, para otros uno de los momentos culminantes del film; o algunas de las frases de un apesadumbrado monseñor Altamirano (Ray McAnally), consciente del cobarde abandono en el que la Iglesia ha dejado a sus ministros: Santidad, sus sacerdotes han muerto y yo he sobrevivido, pero en realidad, yo soy el que ha muerto y ellos los que sobreviven en el recuerdo de la gente.


Uno de los films más bellos que pueden verse, con ese mensaje eterno y triste de que al final, el poderoso pisotea al débil.
En nuestro recuerdo la ingenuidad y falta de malicia de los indios y el proyecto de unos soñadores que creyeron que podían cambiar el mundo. No lo hicieron, pero el ejemplo de su entrega, de su trabajo desinteresado, de su verdadero amor al prójimo, sigue dando fuerzas a tantos y tantos repartidos por el mundo que, a pesar de todas las contrariedades, siguen intentándolo, algo que refleja muy bien el postrer diálogo entre el representante del gobierno portugués, Hontar (Ronald Pickup) y el propio Altamirano, cuando aquel le quiere hacer ver que ha tomado la decisión que tenía que tomar, porque "Tenemos que trabajar en el mundo, su eminencia. El mundo es así".
Y Altamirano contesta: "No, señor Hontar. Así hemos hecho el mundo ... así lo he hecho".

 
 
 

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL HOMBRE DE 50 AÑOS. LA ELEGIA DE MARIENBAD

Un comandante cincuentón recibe la confidencia de su hermana de que su sobrina Hilari, una jovencita, está enamorada de él. Hilari está prometida a su primo desde pequeña y el comandante le hace notar a su hermana y madre de la joven que él no puede ser el rival de su propio hijo y que además considera que esa relación, debido a la diferencia de edad, está condenada al fracaso. Sin embargo, la presencia de la joven y sus insinuaciones de que es cierto que le admira y sueña con ser su esposa, le hacen cambiar de opinión.
Cuando habla con su hijo, éste le hace saber que está enamorado de una hermosa viuda y que no podrá cumplir el compromiso con su prima, pues sería un engaño para ella. El comandante ve las puertas abiertas para su relación, aún cuando tras conocer a la viuda a la que pretende el hijo, se da cuenta de que ella jamás se entregara al joven.
Cuando pasa el tiempo, durante una visita del hijo a su padre y a su tía, una vez que ha desistido de enamorar a la viuda, los dos primos se dan cuenta de que se sienten atraídos uno por el otro. El comandante renunciará a su amor otoñal en beneficio de la felicidad de los jóvenes.
Goethe inició la redacción de la obra en 1807, cuando tenía 58 años, en 1823 el relato aún no está terminado y su autor, ya septuagenario, se enamora de una adolescente, Ulrike von Levetzow a la que había conocido dos años antes, durante una temporada estival en el balneario de Marienbad. A pesar de la gran diferencia de edad, el celebre autor se decidió a pedir la mano de la muchacha, pero Ulrike, que entonces contaba 17 años, rechazó la oferta. La joven se sentía muy unida a su familia como para abandonarla tan temprano; además, consideraba al 'anciano Goethe' casi como un padre, harto benevolente y cordial, pero nada más.
El 5 de septiembre de 1823, Goethe abandonó el lugar de su derrota sumido en un considerable estado de postración; una vez acomodado en el coche que debía conducirlo a Weimar, comenzó a componer los versos de lo que habría de ser la Elegía de Marienbad. Aquel extenso poema, canto a la amada imposible que anima y desdeña, producto de un estado de pasión extrema y un tanto deudor de la admiración que el Goethe maduro sentía por el impulsivo Lord Byron, fue el mejor desahogo para la nostalgia que embargaba al rechazado poeta.
De la renuncia necesaria, de los deseos adaptados a las diversas edades de la vida, trata El hombre de cincuenta años, que Goethe concluyó precisamente durante una de sus estancias estivales en Bohemia, tras el desengaño con Ulrike.
Un breve escrito autobiográfico elaborado por la propia Ulrike, donde relata su relación con Goethe, sirve de colofón a la edición del libro que he tenido entre mis manos.



miércoles, 4 de diciembre de 2013

REVOLUCIÓN

Tom Dobb (Al Pacino) transporta en su barca un cargamento de pieles. Cuando llega a Nueva York en compañía de su hijo Ned (Dexter Fletcher), se encuentra a la ciudad alterada, pues estamos en los momentos álgidos de las revueltas pro independencia.
Tom ve cómo su barca es confiscada por los levantiscos y, a regañadientes, se alista en el ejército rebelde para poder acompañar a su hijo que ha sido reclutado aprovechándose de su bisoñez.
Aunque Tom está convencido de que aquella no es su guerra, a medida que pasa el tiempo y comprueba la brutalidad de los métodos del ejército inglés, su opinión va cambiando. Vuelve a colaborar con el ejército, en esta ocasión como explorador, junto a su joven hijo y a unos indios que le han ayudado cuando el chico había enfermado tras recibir un despiadado castigo de sus captores ingleses.


La película resulta un tanto embarullada, seguramente el director buscaba una manera de transmitir precisamente algo de eso, el desbarajuste que se produce en momentos de convulsión social, pero está mal conseguido, como tantas otras cosas en el film.


Hugh Hudson nos quiere contar algo (obvio), pero lo hace mal, creo yo.
La película está muy bien ambientada, seguramente la vida de aquellas personas era más o menos así, como la retrata el film y en el apartado bélico, los enfrentamientos armados están rodados con todo lujo de detalles en los uniformes, el armamento, el despliegue de las tropas... Pero no se saca partido de todo aquello, las secuencias van una otra tras mal hiladas.


Las actuaciones, pues más o menos a la altura, con Al Pacino irregular, soportando de vez en cuando algunos primeros planos demasiado prolongados; Donald Sutherland como desganado y Nastassja Kinski que se ve que se esfuerza, pero no da más de sí.


Una lástima de film que desperdicia una buena historia, donde se nos quiere contar lo despiadado, sucio y ruin que se esconde tras las llamadas revoluciones, en las que los de siempre promueven y envían a los de siempre (esta vez son otros) a que les vuelen la tapa de los sesos y les saquen las tripas en nombre de una libertad que sólo va beneficiar a los de siempre (esta vez son los del principio).
El protagonista se siente engañado y estafado, le quitan la barca a cambio de un pagaré que cuando acaba la guerra y va a cobrarlo, sólo vale la mitad, porque el dólar se ha depreciado y los 150 acres de tierra que le prometieron, pues va a ser que no, y le dicen con todo el morro que la tierra se la han vendido a los especuladores para pagar las deudas de guerra. ¿Les suena este cuento chino, verdad?
Más actual de lo que pueda parecer a primera vista, un mal guión y una defectuosa dirección dejan en poco menos que nada lo que pudo haber sido y no fue.







martes, 3 de diciembre de 2013

PETER PAN

Peter invita a la niña Wendy Darling al País de Nunca Jamás para que sea la madre de “Los niños perdidos”. Sus hermanos John y Michael también la acompañan en su mágica aventura.
A lo largo de la historia se presentan diversas aventuras fabulosas, entre ellas cuando el hada Campanilla casi muere al ingerir un veneno, y una confrontación con el enemigo directo de Peter, el Capitán Garfio.
Al final, Wendy decide que su verdadero espacio para vivir se encuentra en su hogar al lado de sus padres y por ello lleva a sus hermanos y a los niños perdidos de regreso a Londres, mientras que Peter Pan se queda en Nunca Jamás, prometiendo a su compañera de juegos volver a visitarla todas las primaveras.
Peter Pan aparece por primera vez en El pajarito blanco (1902), una novela de tintes autobiográficos, hoy casi desconocida, que James Matthew Barrie dedica a “mis chicos”, los Llewelyn Davies. El protagonista, el Capitán W., es un viejo solterón que, enamorado platónicamente de una joven institutriz, Mary, se convierte primero en su benefactor y luego en el de su hijo, David. El Capitán, fascinado por el niño, incluso piensa en “arrebatárselo por completo y hacerlo mío”, inventándose, para justificar la relación, que él tuvo un hijo que murió, Timothy.
Barrie fue cambiando la novela, que se publicó con la forma que hoy conocemos en 1911, bajo el título de Peter y Wendy. Que la novela está sembrada de tintes autobiográficos está más que claro cuando ahondamos en la biografía del autor, amigo y compañero de estudios en la Universidad de Edimburgo, de Arthur Conan Doyle y Robert Louis Stevenson. Barrie había tenido un tremendo deficit de cariño familiar, su padre no se relacionaba con sus hijos y su madre quedó marcada por el fallecimiento del hermano de James, David, cuando éste contaba 13 años en un accidente de patinaje. Desde entonces su madre ignoró a James que siempre hacía ineficaces esfuerzos por agradarla.
Barrie tenía entre sus amistades, unas muy especiales, los pequeños de la familia Llewelyn Davies, en quienes James encontró a los perfectos compañeros de juegos. James conoció a los niños cuando estos iban con su niñera a los Jardines de Kensington, a donde el acudía a pasear con su perro Porthos, cuando George, Jack, Peter, Michael y Nico se quedaron huérfanos, asumió el papel de tutor como si se tratara de un juego más.
Fanático de las novelas de aventuras más que de las responsabilidades adultas, Barrie creo a Peter Pan como un personaje nacido del ímpetu de creer que todo en la vida puede suponer una gran aventura, incluso la muerte.
Peter Pan se estrenó como obra teatral el 27 de diciembre de 1904 en el teatro Duque de York de Londres. El público jamás había visto nada parecido: niños volando por el escenario, una bola de luz que representaba al hada Campanilla, un perro niñera, un cocodrilo con un reloj en el estómago que persigue al pirata Garfio para terminar por devorarle… Fue un éxito rotundo. Y Barrie, oculto entre bastidores, supo que había conseguido el sueño de cualquier escritor, su pequeña dosis de inmortalidad: Peter Pan sería tan popular que algunos, muy pronto, lo considerarían un mito moderno.
A pesar de haber sido concebida como una obra para niños, la novela tiene tantas connotaciones que la convierten en un relato muy jugoso para los adultos. Por ejemplo, las escenas de Bloomsbury (el domicilio londinense de Wendy y sus hermanos) muestran las restricciones sociales de la realidad doméstica de clase media de finales de la época victoriana, en contraste con El país de Nunca Jamás, un mundo donde la moralidad es ambivalente.
G. K. Chesterton en 1911, hacía la siguiente reflexión: Peter Pan parece, más que una creación literaria, un ser de dimensiones mitológicas que siempre ha estado ahí, flotando por el imaginario colectivo hasta convertirse en uno de los iconos literarios y culturales más poderosos del siglo XX.



lunes, 2 de diciembre de 2013

PASAJE A LA INDIA

Adela Quested (Judy Davis) es una joven profesora de escuela británica que realiza un viaje a la India acompañada por una mujer de avanzada edad, la señora Moore (Peggy Ashcroft), cuyo hijo contraerá matrimonio con Adela una vez que estas lleguen a su destino, una pequeña ciudad ficticia llamada Chandrapore, donde Ronny (el hijo de la señora Moore) (Nigel Havers), ejerce como magistrado de la ciudad. Nada más llegar allí, las mujeres comenzarán a descubrir una India muy alejada de sus idílicos pensamientos.
Ellas manifiestan su interés por conocer la verdadera India, sus gentes y sus costumbres y encuentran la ocasión cuando un joven médico hindú, el Dr. Aziz (Victor Banerjee), a quien la señora Moore ha conocido casualmente, les invita a una excursión para conocer las cuevas de Marabar.
Un inesperado incidente, no sólo arruinará la excursión, sino que provocará una desagradable situación con la detención del Dr. Aziz.


El guión del propio realizador del film, adapta la interesantísima novela del mismo título del autor británico Edward Morgan Forster, de quien muchos conocerán otros trabajos suyos que han sido llevados al cine o la televisión (Una habitación con vistas o Regreso a Howards End, entre otros).


Dos narraciones se entremezclan a lo largo del film, la relativa a la protagonista de la historia y los diversos conflictos originados en una tierra en la que el choque constante de culturas era algo que estaba a la orden del día.
Adela Quested es un personaje cargado de conflictos que derivan de una educación represora en asuntos de tipo sexual, los simbolismos de la novela que muestran esta turbadora personalidad, son adaptados, para mí sin demasiado éxito, por David Lean al lenguaje cinematográfico.
El otro asunto, los conflictos culturales derivados de la ocupación colonial, están más conseguidos y brillantemente planteados a través, sobre todo, del juicio al que es sometido el Dr. Aziz. El film pone de relieve las profundas diferencias existentes entre los británicos y los indios, entre dos maneras diametralmente opuestas de enfocar la vida y de cómo ver y entender las cosas, una amarga visión de un mundo tremendamente injusto como era el del colonialismo en casi todos sus niveles.


La película es una delicia para la vista, Lean se recrea en algunas escenas paisajísticas, panorámicas de gran belleza que nos presentan fotografías de postal. Pero también lo hace en determinados planos de estudio, planificados con detalle y cuidado, en los que cada cosa está en su lugar y nada es dejado a la casualidad. Un ejemplo de lo que quiero señalar es la escena del encuentro entre la señora Moore y el médico hindú en una mezquita, el templo es un decorado que reconstruye muy bien los centenares de pequeñas mezquitas que salpican la India, pero el esmero de Lean llega al punto de alfombrar el suelo de hojas secas para componer una de las escenas más evocadoras del film.


Buen trabajo de todos los actores, Peggy Ashcroft se llevó el Oscar a la mejor actriz de reparto y a mí me encantó la actuación de Alec Guinness, dando vida al entrañable personaje del profesor Godbole.
El otro Oscar que logró la película, fue para la banda sonora, una brillante composición de Maurice Jarre que, curiosamente, suena muy poco a lo largo del film, la disfrutamos principalmente al principio y al final, pero es suficiente para quedar prendado de ella.


Preciosa película, magníficamente ambientada. El realizador se toma su tiempo, sobre todo en la primera parte del film que se dinamiza desde el momento de la visita a las cuevas, atrapando al espectador en el relato para conseguir una obra agradable de ver y con un retrato convincente de una época y un momento cuyos problemas nos ayuda a comprender.




viernes, 29 de noviembre de 2013

FÁBULAS DE LA FONTAINE

"La zorra y el cuervo", "La cigarra y la hormiga" y tantas otras, todas ellas muy conocidas por existir numerosas ediciones, algunas de ellas dirigidas al público infantil y juvenil.
Consideradas como una joya de la literatura universal, estas fábulas de estilo moralizante, con su fantasía, su ironía y su poesía, son tenidas por algunos como la encarnación fiel del esprit francés.