Años después del asesinato de Alice Barlow (Marie Wright) a manos de un ladrón que buscaba sus joyas, los recién casados Paul (Anton Walbrook) y Bella Mallen (Diana Wynyard) se mudan a la misma casa donde se cometió el crimen. La felicidad de la mujer termina cuando empieza a oír ruidos que la aterrorizan. B.G. Rough (Frank Pettingell), dueño de un establo que tiene coches de alquiler y antiguo detective retirado que trabajó en el caso Barlow, sigue en el barrio y empieza a sospechar de Paul, quien, según él, guarda un asombroso parecido con un familiar de la difunta asesinada.
El éxito de la obra, tanto sobre las tablas como en el cine, animó a la Metro-Goldwyn-Mayer, a adquirir los derechos del original, con una cláusula que exigía la destrucción de todas las copias de esta película que ahora comentamos, dirigida por el británico Thorold Dickinson.
Sin duda eclipsada por el remake que se hizo cuatro años después, merece la pena ver esta primera adaptación, una película claustrofóbica sobre el miedo doméstico.




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