Un hombre, aparentemente invisible recupera la consciencia, sin saber quién es ni dónde está. Nadie parece verlo, excepto un misterioso hombre vestido de negro. Finalmente, a través de sus conversaciones, descubre que se trata de un aristócrata francés del siglo XIX, el Marqués de Coustine (Sergey Dreyden). Ambos descubren rápidamente que se encuentran en el Palacio de Invierno de San Petersburgo. Mientras recorren el palacio y sus terrenos, interactúan con personajes de diversas épocas de la historia rusa, ya sea a través de los acontecimientos ocurridos allí o de la observación de los objetos del museo.
Aleksandr Sokúrov dirige esta película en la que intervienen 867 actores, miles de extras y tres orquestas en vivo. Una especie de homenaje al Museo Estatal del Hermitage de San Petersburgo. Está filmada en una fluida toma de 90 minutos con cámaras de video de alta definición (aunque es cierto que cuenta con efectos digitales), la fotografía flota y se desliza por los suntuosos pasillos del museo, examinando sus detalles arquitectónicos mientras desarrolla una trama onírica.
Una proeza cinematográfica que resulta hipnótica, de la que el realizador ruso comentó, como quitando importancia al éxito técnico y artístico que supone, que filmar en una sola toma es un logro en términos formales, pero más que eso, es una herramienta con la que se puede resolver una tarea artística específica. Es solo una herramienta.
Pero es también un recorrido por la historia de la Rusia contemporánea (desde el siglo XVIII) a base de conversaciones que al espectador occidental, en general poco versado en la historia del país, le puede resultar confusa o como narrada en clave, más teniendo en cuenta que no sigue un orden exactamente cronológico.
De cualquier modo, el despliegue formal, el espléndido vestuario, lo barroco del espectáculo y el entorno, suponen toda una experiencia visual.




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