Tras pasar los últimos ocho años viviendo una vida anónima en un remoto hotel suizo, sentado la mayor parte del día solo en el vestíbulo, observando a la gente con indiferencia, la vida de Titta Di Girolamo (Toni Servillo) da un giro radical cuando rompe su soledad para hablar con la atractiva camarera Sofía (Olivia Magnani).
Paolo Sorrentino consigue captar nuestra atención sobre este extraño personaje, un solitario que lleva ocho años viviendo en una habitación de un hotel de Lugano apartado del mundo, de forma más que discreta, casi anónima, sin trabajar, fumando en silencio, sentado en el vestíbulo o en el bar del hotel. Sometido a una rutina de la que no se sale ni un ápice, como si su principal ocupación fuera ver desfilar la vida ante sí, sin expresar emoción alguna, procurando permanecer distante de todo y de todos. Hasta que rompe sus propias reglas e intercambia unas palabras con la camarera y todo el pasado vuelve a entrar de forma violenta en la vida de Titta.
Visualmente muy atractiva, el realizador italiano nos regala unos cuantos planos de soberbia calidad, planificados y llevados a cabo con un altísimo nivel técnico y artístico en un intento de dar otro aire al típico relato noir que puede resultar muy sugestivo.




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