Durante una reunión familiar, un anciano matrimonio comunica a sus hijos, ya independizados, que están arruinados y los van a desahuciar en un plazo muy breve. Los hijos deciden entonces repartirse a sus padres: uno se queda con la madre y otro con el padre, lo que supone un duro golpe para los ancianos, ya que han vivido juntos toda la vida.
El guion adapta la novela Years Are So Long (Los años son tan largos), de la norteamericana Josephine Lawrence, publicada en 1934 y ambientada en los años de la Gran Depresión, en la que se reflejan los conflictos culturales en torno al envejecimiento y la feminidad. La novela y, por ende la película, establece una reflexión sobre las políticas sociales y, más concretamente, las dirigidas a la protección de las personas mayores.
Al parecer, cuando el realizador Leo McCarey recibió el Oscar por La pícara puritana (estrenada, igual que ésta que comentamos, en 1937), dijo que le estaban dando el premio por la película equivocada y es que para él, a pesar de su fracaso en taquilla, Dejad paso al mañana, era la película de la que sentía más satisfecho.
Uno de los aciertos del film es que deja de lado los estándares del melodrama tradicional que podría haber sido y es que los ancianos no son en absoluto angelicales, resultan, en ocasiones, entrometidos, cascarrabias y muy poco sutiles y, por contra, los hijos, tampoco es que sean unos desalmados al uso, hacen lo que pueden, al menos algunos de ellos.
Con un elenco de actores, de los llamados de carácter, incomparables, es una historia de amor conmovedora y un retrato devastador de cómo funciona la sociedad. Un film profundamente preocupado por las cuestiones de la obligación filial y la forma en que nos tratamos unos a otros como seres humanos. Muy emotiva.




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