jueves, 21 de marzo de 2019

PETRA

Petra (Bárbara Lennie), una joven pintora, inteligente, sería, nostálgica, que trata de armar el puzzle que otros rompieron para ella usando la pintura como vehículo de comunicación, se acomoda en la casa de Jaume (Joan Botey), un artista plástico de éxito, viejo, muy poderoso y despiadado.
¿El motivo? Petra cree que Jaume puede ser su padre, a ella nunca le dijeron quién era, se lo ocultaron toda su vida y, tras la muerte de su madre, inició una búsqueda que la ha llevado hasta él.
Petra también entra en contacto con Lucas (Alex Brendemühl), hijo de Jaume, y con Marisa (Marisa Paredes), esposa de Jaume y madre de Lucas. A partir de ese momento, la historia de estos personajes se va entretejiendo en una espiral de maldad, secretos familiares y violencia que los lleva a todos al límite.
Petra se ve inmersa en esta familia de la clase alta catalana, en la que las consecuencias que se derivan de la actitud del padre de familia serán nefastas para los que le rodean, incluida ella misma.
Una historia de familia fracturada que va desde la humillación y el sadismo en el sexo que se deriva de las relaciones de poder y de las jerarquías que produce el dinero, al misterio que suponen el perdón y la culpa, pasando, claro, por la sangre que causan las pasiones humanas.
El destino dará un giro a su lógica cruel abriendo un camino para la esperanza y la redención.


A modo de tragedia griega, Jaime Rosales nos acerca una reflexión sobre la tiranía de los poderosos, en cualquier ámbito de la vida, personas que han tenido éxito en algún campo, sea de las finanzas, los negocios, el arte u otro cualquiera y se creen investidos de un derecho a mirar desde arriba las vidas de los demás; una reflexión que también lo es sobre la maldad, sobre la falta de caridad o comprensión con quienes nos rodean.
El destino que, según el argumento de la película, parece gobernar nuestras vidas, se encarga de tensar los hilos de la tela de araña en que están atrapados los personajes y cortarlos cuando cree oportuno.


Decía un conocido mío que para hacer mucho dinero (salvo loterías, herencias y alguna otra casualidad), hay que haber matado.
Hay personas que con su trabajo o sabiendo desenvolverse en los negocios, con un poco de suerte, logran un estatus de desahogo que les permite vivir bien, incluso muy bien, pero cuando digo hacer mucho dinero, no me refiero a estos, sino a los que pueden derrocharlo sin que lo note apenas su bolsillo. Y lo que mi amigo quería decir, no es que vayan con un puñal matando gente, sino que en un momento determinado, su alma endurecida, soporta perfectamente que otro robe para poder pagar una deuda, que cometa una estafa que le lleve a la cárcel porque no puede llevar comida a casa o que se suicide porque se ha quedado en la calle al no poder pagar la hipoteca. Esa gente (banqueros, especuladores, etc.), viven con la conciencia tranquila, ellos no han matado y así lo sienten, pero han arruinado la vida de más de uno, por más que no se sientan responsables.
Este es Jaume, uno de los villanos más detestables que se han visto en la pantalla, magníficamente interpretado por Joan Botey. Una frase de la película define su forma de ser y pensar: Detesto la autocompasión.
Son esos tipos que, en algún momento de su vida, se han visto poco menos que desahuciados y han sabido sobreponerse, el típico que cuenta que ha estado trabajando desde que era niño y ha llegado a la cima. Entre ellos, los hay, y muchos, que se apiadan de los sufrimientos de los demás y, sin pretender salvar a la humanidad, echan una mano cuando pueden, pero hay otros que, amparados en que ellos salieron de la acequia, no tienen compasión de nadie que esté en situación difícil y, no solo no le ayudan, que tampoco tienen por qué, sino que, si pueden, lo hunden más en el barro, lo desprecian y humillan.
Esto, el ansia de dinero y poder, el odio que producen estas situaciones y las miserias, tragedias y venganzas que originan; el sentimiento de culpa ante la desgracia sobrevenida y lo difícil y necesario que es saber perdonar, es lo que retrata el film.
Es cierto que a veces cae un poco en el folletín, pero en general, está bien construída la narración y consigue transmitir el mensaje, con un final que se aleja de la amargura de la trama para romper una lanza en favor del perdón que permita vivir en paz.




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