martes, 27 de septiembre de 2022

EL MENSAJERO

 


Inglaterra, primeros años del siglo XX. Los señores Maudsley, de la alta sociedad inglesa, han invitado a "Leo" Colston (Dominic Guard), un compañero de clase de su hijo a pasar unos días de vacaciones con ellos. El recién llegado se hace amigo de Marian (Julie Christie) la hermana veinteañera, una belleza a punto de comprometerse con Hugh Trimingham (Edward Fox), un vizconde, de buena apariencia con el rostro marcado por una fea cicatriz fruto de una herida recibida en la guerra contra los boers . Leo será utilizado por Marian para enviar cartas a su amante, Ted Burgess (Alan Bates), que trabaja una granja vecina, un tipo con fama de rompecorazones, de modales rústicos.


De nuevo, Joseph Losey vuelve a recurrir al dramaturgo y Premio Nobel, Harold Pinter, en la que sería su última colaboración, para escribir el guión, en este caso, una adaptación de la novela "El intermediario" (The Go-Between), de Leslie Poles Hartley, publicada en 1953.
Con una delicada ambientación, la fotografía de Gerry Fisher se recrea en el paisaje de Norfolk, en su flora y su fauna, el lento discurrir del río y las tomas profundas de la hermosa campiña. Escenas magníficamente planificadas y una llamativa manera de introducirnos en la forma narrativa que adopta la película. A esto, añadir las espléndidas actuaciones de todo el elenco, con una Julie Christie de etérea belleza y la presencia arrebatadora de Alan Bates.
El film fue premiado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1971.


En la película asistimos al despertar de Leo, en plena transición de la niñez a la adolescencia, a punto de cumplir los 13 años. Él será, ya anciano, quien nos acerca a sus recuerdos de aquel verano en el que actuó como un pequeño Mercurio, mensajero de unos dioses entre los que se mueve y cuya forma de actuar no acaba de comprender, aunque intuye que participa en algo turbio y se muestra incómodo, porque los dos varones que se disputan el amor de Marianne, le caen bien, cada uno a su manera y por motivos diferentes. 
Bien parece que aterrizamos, no ya en un mundo caduco y que está desfasado, sino en otro planeta: Un niño de trece años preguntando qué hay más allá del galanteo, así llama él a eso de darse besos e intercambiar caricias, como dice, él está convencido de que hay algo más y pregunta a los mayores que le responden con evasivas ¿Se imaginan a un niño de 13 años actual preguntando por esos misterios? Claro, para un preadolescente de ahora, ya no hay tal misterio. 
Un mundo en que también está muy presente la división de clases que Joseph Losey pone en solfa con cierta delicadeza y un leve brochazo satírico, casi de humor negro, con dos escenas descollantes: El partido de cricket y la comida y fiesta posterior, y la impagable escena del rezo diario en que se reúnen los habitantes de la casa con la servidumbre para orar. Toda la hipocresía de una sociedad acomodada a la que los plebeyos le huelen mal, resumida en una sola escena. 
En definitiva, los recuerdos de un tiempo pasado que parecen los de un mundo perdido, algo que, en ocasiones, nos ocurre a todos. Una película que, además, contiene muchos momentos de una gran belleza plástica.




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