lunes, 2 de marzo de 2020

SHARA


En un caluroso día de verano, durante la celebración del festival anual de Jizo, dos hermanos gemelos corren por las calles de su barrio, en el casco antiguo de Nara, que parecen conocer a la perfección. Al llegar a una esquina, uno de los niños tuerce por ella, pero cuando llega el otro, Shun (Kohei Fukungaga), no ve a su hermano, ha desaparecido como si se hubiera desvanecido.


En lugar de optar por sumergirnos en un thriller sobre la desaparición misteriosa e inexplicable de un niño, la película de la japonesa Naomi Kawase hace avanzar el relato unos cuantos años y nos encontramos a un Shun ya adolescente y a sus padres, a los que hasta ahora no conocíamos.
Plagado de planos secuencia, el film trata de acercarnos a las personas y a una ausencia que han tratado de superar pero que sigue presente. Ellos intentan superarla con sus actividades diarias, pero retorna de forma constante, es como un espíritu que siguiera en la casa acompañándoles. Al final se cierra el círculo, las imágenes que se nos ofrecen son las mismas que las del principio, los mismos lugares y el mismo silencio, un niño se fue y otro ha llegado, hemos asistido al parto de la madre (interpretada por la propia realizadora que estaba embarazada) rodeada de los suyos y de nosotros mismos, como si el espectador fuera uno más de la corte que rodea a la parturienta. Una ausencia y una nueva presencia, pero la cara de sorpresa y desorientación de Shun, es casi la misma ante ambos acontecimientos que, sin duda, marcarán su vida.


No es una película fácil de ver, tiene un ritmo muy lento y algunas escenas con poca actividad, requieren un poco de paciencia por nuestra parte para dejarnos llevar por su belleza, en especial escenas como la del parto, el festival callejero, la confesión de la madre a la chica de que es adoptada, alcanzan gran nivel, tanto estético como de profundidad reflexiva; otras, no tanto y quizá para muchos, difíciles de entender, habrá quien se pregunte ¿qué pinta el largo deambular de Shun en bicicleta por las calles llevando a Yu detrás?, y otras secuencias parecidas. Esta es la manera de Kawase de acercarnos a los personajes de su historia, pero entiendo que no guste a todo el mundo, creo que es un film para ver sin prisas y quizá de este modo consiga uno empaparse de su hermosura y tranquila espiritualidad.




viernes, 28 de febrero de 2020

LLUVIA NEGRA


El señor y la señora Shizuma (Kazuo Kitamura y Etsuko Ichihara), y su sobrina Yasuko (Yoshiko Tanaka), atraviesan las ruinas de Hiroshima justo después de que la bomba atómica haya caído. Catorce años después, Yasuko vive con su tía, su tío y su senil abuela, en un pueblo en el que habitan algunos de los supervivientes de la bomba. Yasuko no parece verse afectada, ni presenta síntomas de mal alguno, pero los Shizuma están preocupados por las perspectivas de su matrimonio, ya que podría sucumbir a la enfermedad por radiación en cualquier momento, además, las posibles consecuencias de su contacto con la radiación han dado lugar a un sinfín de habladurías entre los pretendientes de la joven.


La lluvia negra la constituyen las partículas radiactivas procedentes de la explosión de las bombas que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagasaki. Basada en una famosa novela ("Kuroi Ame") de Masuji Ibuse sobre la devastación causada por la bomba atómica, el libro relata las consecuencias de la explosión atómica en Hiroshima.
Su autor retrata con sensibilidad y con un esperanzado humor, la compleja red de emociones que se establece entre unos supervivientes que siguen soportando las enfermedades y el dolor provocados por la explosión y que ignoran hasta qué punto su salud puede estar afectada.
La novela es un clásico de la literatura japonesa del pasado siglo y se apoya en documentos históricos sobre la devastación causada por la bomba atómica y en entrevistas y diarios de víctimas de la masacre, diarios como el que llevan Yasuko y su tío, siendo considerada como la novela japonesa que mejor se ha enfrentado a las consecuencias de la explosión atómica en Hiroshima.


Un día cualquiera en la ciudad japonesa de Hiroshima, el país está en guerra, sí, pero la gente, dentro de lo posible, desarrolla una vida rutinaria, es el 6 de agosto de 1945 y, de repente, un inmenso relámpago azota la ciudad, es el relámpago que mata.
150.000 personas murieron a consecuencia del estallido de la bomba nuclear lanzada por los norteamericanos sobre la ciudad japonesa, pero se calcula que medio millón de personas murieron en los días y años posteriores a consecuencia de la radiación.
Estas personas, víctimas en muchos casos inocentes, son las verdaderas protagonistas del film de Shôhei Imamura, representadas en la familia Shizuma, los dos tíos y la sobrina huérfana de madre, gente sencilla, normal y corriente, como el resto de los personajes de la película. A pesar de no hallarse en el epicentro de la explosión, estuvieron expuestos a la radiación, a la lluvia negra y recorrieron las devastadas calles de Hiroshima, espléndidamente recreada en estudio, contemplando la desolación y la locura que provocó la bomba. Hay escenas estremecedoras, la multitud de cadáveres calcinados, los supervivientes, verdaderos zombis aquejados de graves quemaduras deambulando sin rumbo, buscando a los suyos, pidiendo agua. Hay una escena trágica en la que un jovencito, con su cuerpo hecho jirones y la carne chorreando por sus dedos como cera derretida, encuentra a su hermano mayor y este no le reconoce, pues su cuerpo es una masa informe; el hermano le conmina a que le diga su nombre, le pregunta a qué colegio va y, cuando le identifica por la hebilla de su cinturón, se abrazan y lamentan su triste destino.
Los años pasan y la gente sigue muriendo por las secuelas de lo ocurrido, llevan una vida aparentemente tranquila, algunos sin presentar síntomas, pero de la noche a la mañana, estos aparecen y no hay vuelta atrás. Viven con esa espada de Damocles sobre sus cabezas, sabiendo que tarde o temprano, caerán de forma dolorosa e irremisible, sin acertar a explicarse por qué les tocó a ellos esa amarga lotería.
El film reproduce la vida cotidiana de esta gente sencilla, sus trabajos y preocupaciones diarias, pero siempre con la tragedia viviendo entre ellos, en sus propios organismos o en la muerte paulatina de quienes les rodean, víctimas también de la radiación, en una lenta y angustiosa espera a que les llegue su turno.
La película es de 1989, pero está rodada en un magnífico blanco y negro y espléndidamente fotografiada, con unas interpretaciones sobresalientes. Más que narrar, nos sumerge en el drama y nos advierte de la parte de culpa que cada cual tenemos en estas tragedias. En una de las últimas escenas, el Sr. Shizuma escucha las noticias de la radio, como todos los días a la misma hora, hablan de la guerra de Corea que se está librando en aquellos años y el locutor anuncia que el presidente Truman baraja la posibilidad de lanzar una nueva bomba atómica. El Sr. Shizuma apaga la radio asqueado y se pregunta a sí mismo si la humanidad nunca aprenderá que vale más una paz injusta que una guerra justa.




jueves, 27 de febrero de 2020

LA GRAN BELLEZA

Jep Gambardella (Toni Servillo) es un periodista italiano arrogante e inútil que alcanzó la fama con su única novela (El aparato humano) convertida en un auténtico best-seller y desde entonces, hace más de cuarenta años, pasa su vida entre la alta sociedad romana, yendo a fiestas y escribiendo columnas sociales y siendo elemento permanente en los círculos literarios y sociales de la ciudad.
Después de su sexagésimo quinto cumpleaños, se entera de que murió su primer amor y que ella lo había amado toda su vida. Este descubrimiento aparentemente le amarga y le lleva a pensar en su vida vacía y amigos superficiales.
Jep se encuentra haciendo un balance inesperado de su existencia, volviendo su ingenio hacia sí mismo y sus contemporáneos, y mirando más allá de los extravagantes clubes nocturnos, fiestas y cafés para encontrarse con Roma en todo su esplendor: un paisaje atemporal de absurda y exquisita belleza.
Tras pasar una aburrida noche entre las sábanas de una mujer rica, aburrida y egocéntrica de Milán, Jep decide mantener una calidad de vida más tranquila, pero varias reuniones casuales le obligarán a reconsiderar sus prioridades: Una stripper al borde del colapso, el ex marido de su primer amor, un extraño mago y una santa viva, que trabaja en un país africano, van acercando a Jep a  descubrir su propia gran belleza personal.


El italiano Paolo Sorrentino traza un evidente paralelismo entre la ciudad de Roma y la vida de este peculiar escritor que envuelto en su estética kitsch, apura los rescoldos de una vida de bon vivant entre la culta y vacua alta sociedad romana.
Como la ciudad misma, Gambardella tiene ese aire decadente de lo antiguo que conserva todo el esplendor de su arte, es historia en sí mismo y por más que parezca viejo y desfasado, sigue resultando tremendamente atractivo porque ya no queda gente así, con la que se pueda mantener una conversación de nivel. Gambardella no aparenta ser lo que no es, ni se esconde bajo la capa de oropeles y cultura, al contrario, es consciente de lo que es y de lo que representa y es capaz de mantener su espíritu crítico empezando por serlo consigo mismo.


Comparada con el cine de Fellini por su forma narrativa y estética y por compartir el escenario de la ciudad eterna, la película es de una gran belleza formal, con escenas y planos maravillosos rayando en el barroquismo, pues en ocasiones nos da la sensación de que han sido diseñados para ser bellos en sí mismos, sin que parezca que el film los necesite para seguir avanzando, pero que acaban subyugando, casi emborrachando de encanto y hermosura al espectador.
Magnífico el trabajo de Toni Servillo dando vida al protagonista y brillante la fotografía de Luca Bigazzi. Con algunos diálogos muy conseguidos que dejan un poso para la reflexión en una película que es para disfrutarla y, a quien no le convenza la historia que desarrolla, que se deje llevar por su estética y sus imágenes.




miércoles, 26 de febrero de 2020

LIRIOS ROTOS

Cheng Huan (Richard Barthelmess) es una especie de misionero cuyo objetivo es llevar las enseñanzas de paz budistas a los anglosajones civilizados. Al llegar a Inglaterra, se desilusiona rápidamente por la intolerancia y la apatía del país.
Se convierte en almacenista de una pequeña tienda. A través del cristal del escaparate, ve a la joven Lucy Burrows (Lillian Gish), una inocente joven, prácticamente una niña, que vive en un claustrofóbico ambiente en el barrio londinense de Limehouse, brutalmente maltratada y golpeada casi a diario por su padre, un boxeador alcohólico. Desnutrida y malvestida, incluso en esta condición deplorable, Cheng contempla en su rostro la belleza que otros ignoran y se enamora de la chica en la distancia.
El día que ella sufre un desmayo a la puerta de su tienda, él la recoge en el piso superior donde tiene su vivienda y la cuida. Con nada más que amor en su corazón, la viste de seda y le proporciona comida. Todavía débil, ella se queda en su tienda esa noche y todo lo que hace Cheng es atenderla en su postración.
Sin embargo, la paz y la felicidad que viven dura tan solo el tiempo que tarda Battling Burrows (Donald Crisp) en descubrir que su hija está con un extranjero.
Cheng, incluso lejos de su patria, trata de vivir conforme a su filosofía de paz y armonía, pero su idealista visión del mundo choca con la cruda realidad.


El guión se basa en el cuento "The Chink and the Child", contenido en el libro "Limehouse Nights", de Thomas Burke. El realizador D.W. Griffith, coguionista del film junto al autor de la novela, cambia algunas cosas del original y transforma al protagonista de simple marinero enrolado en un mercante chino que se ha endeudado y ha venido a parar a Limehouse, en nada menos que un misionero, con lo que suaviza el posible rechazo del público norteamericano, impregnado de xenofobia en aquellos años, lo que hacía complicado que aceptara a una especie de príncipe azul chino. Además, Lucy pasa de tener 12 a 15 años, con lo que, aunque nunca se sugiere, si algún espectador piensa que mantienen relaciones íntimas, ella deja de ser una niña para convertirse casi en una mujer.
En una de las tomas de la película, el escenario se iluminó con luces azules y doradas. Más tarde, durante la proyección de la película, un escenógrafo encendió accidentalmente esas luces y la película se tiñó de una manera inusual. D.W. Griffith, que estaba en la parte trasera del auditorio, quedó tan sorprendido y encantado por el efecto teñido de azul y dorado que ordenó que todas las copias de la película fueran teñidas con esos colores durante ciertas secuencias clave.
La película fue producida por D.W. Griffith para la compañía Artcraft de Adolph Zukor, una subsidiaria de Paramount Pictures. Sin embargo, cuando Griffith entregó la impresión final de la película a Zukor, el productor se indignó: ¡Cómo te atreves a entregarme una película tan terrible!, exclamó un enfurecido Zukor, ¡Todos en la película mueren! Contrariado y enfadado, Griffith salió de la oficina de Zukor y regresó al día siguiente con 250.000 dólares en efectivo, que arrojó sobre el escritorio de Zukor. Aquí tienes, gritó Griffith: Si no quieres la película, te la compraré. Zukor aceptó la oferta, y la película se convirtió en la primera lanzada por United Artists, la productora creada en 1919 por Mary Pickford, Charles Chaplin, Douglas Fairbanks y Griffith. Una película notablemente exitosa, tanto en la crítica como en la taquilla y que dejó unos beneficios para la nueva compañía de 700.000 dólares de la época, según los registros del estudio.


Técnicamente, el film demuestra que Griffith manejaba con soltura el medio cinematográfico, sin embargo, vista hoy en día, la historia adolece de unos cuantos excesos, algunos muy típicos del cine mudo, sobre todo en sus comienzos, como son las composiciones teatrales de ciertas secuencias y la exageración en el gesto, muy notables por ejemplo en el personaje del padre de la protagonista, cuyos andares y poses, al público de hoy le pueden mover a risa, con lo que buena parte del dramatismo que pretende transmitir la película, se pierde. Pero también hay otros personajes y situaciones que no se adecuan bien a la manera de ver el cine hoy en día, con lo que hay que hacer un pequeño esfuerzo por situarse en la época y es que, por ejemplo, el chino, en ocasiones, en vez de ternura o empatía hacia su comportamiento, casi da miedo.
Griffith trata de manera casi devota el rostro de su actriz fetiche, Lillian Gish, de cuya figura extrae algunas tomas de gran belleza. La narración, aparte de que la historia nos pueda resultar más o menos inverosímil, está perfectamente planificada y el realizador echa mano de una amplia panoplia de recursos y habilidades técnicas.




martes, 25 de febrero de 2020

VIAJES DE AMÉRICO VESPUCIO

Los cuatro viajes a las Indias recién descubiertas que figuran como realizados y narrados por el florentino Amerigo Vespucii, o Américo Vespucio (1451-1512) presentan graves problemas históricos que los especialistas no han resuelto de modo universalmente aceptado. Al publicarse estos viajes en latín con el título de Quatuor Americi Vespucii navigations (1507) se hicieron preceder de una introducción de M. H. Waltzermüller quien propuso dar el nombre de América a las tierras nuevamente descubiertas, como si su primer descubridor hubiese sido este peculiar florentino, sobre el que tan contradictorias noticias tenemos. Como es de sobra sabido, esta propuesta que pudiera parecer absurda, se impuso, y el nombre de América ha prosperado. Se han emitido serias dudas sobre el viaje, pero como es cierto que Vespucio estuvo en el continente, por lo menos formando parte de la expedición de Alonso de Ojeda que exploró las bocas del Orinoco, las noticias que se dan en este texto deben ser tenidas como ciertas.
El mismo está plagados de cosas curiosas, como cuando relata que lo nativos son muy limpios y aseados en sus personas por lo mucho que se lavan. Y cuando les acontece algún menester mayor (con perdón sea dicho) ponen toda la diligencia posible para no ser vistos de nadie; pero todo lo que en esto son de honestos, tanto se manifiestan de asquerosos y desvergonzados, así hombres como mujeres, en el menester menor; porque no pocas veces sucedió que lo hiciesen a nuestra presencia y estando en conversación con nosotros, sin rubor alguno.
Nos habla de sus costumbres diarias, de la diferencia entre la fauna de allí y la europea, de las plantas y frutos con que se alimentan, de los remedios para curar sus enfermedades, de la curiosa costumbre de ofrecer a sus mujeres e hijas para que los amigos usen de ellas a su voluntad (lo que constituye la mayor prueba de amistad), del carácter pacífico de unos o belicoso de otros, de sus casas, de las hamacas en que duermen y reposan y de lo desprendidos y obsequiosos que son con sus pocas pertenencias, lo que les lleva también a ser en extremo pedigüeños con aquello que se les antoja de lo que llevaban los españoles con ellos.
Libro curioso por lo que tiene de testimonio de primera mano y que, dados lo detalles que proporciona, debe ser tenido por verídico y lo que en él relata, como contemplado y vivido por su autor.



lunes, 24 de febrero de 2020

LA ÚLTIMA ORDEN

En los últimos días del régimen de los Romanoff, el gran duque Sergio Alejandro (Emil Jannings), tiene en sus manos el destino de dos artistas revolucionarios, Leo Andreyev (William Powell) director del teatro de Kiev y la hermosa Natacha (Evelyn Brent), capturados por los servicios de inteligencia.
Sergio Alejandro es primo del Zar y comandante en jefe del ejército ruso en los tiempos más oscuros de la Primera Guerra Mundial. Intenta mantener un delicado equilibrio entre su patriotismo y su lealtad al Zar y su sentimiento humanista para con el resto de los hombres.
Andreyev es llevado a prisión, mientras que Natacha se convierte en amante del duque. Ella tiene toda la intención de matarlo, pero cuando surge la oportunidad, duda, habiéndose dado cuenta de que el duque es un hombre esencialmente decente que ama a Rusia tanto como ella. Llega la revolución, la república es proclamada, y Natacha ayuda al Gran Duque a escapar de los bolcheviques ideando un ardid para que pueda huír del tren en que lo llevan a una muerte segura.
La pérdida de Natacha sumerge a Sergio Alejandro en un shock nervioso, del cual nunca se recupera por completo. Años más tarde, un Sergio en un deplorable estado, se gana la vida como extra de Hollywood. Contratado para interpretar a un general ruso que dirige a sus hombres en una batalla, Sergio descubre que su director no es otro que el ex revolucionario ruso Leo Andreyev.


El guión se inspira en la historia real del general Lodijenski, un aristócrata ruso que llegó sin dinero a los EE. UU. después de la Revolución de 1917 y que para salir adelante, trabajó como extra y en pequeños papeles en algunas películas y administró un restaurante ruso.
Emil Jannings obtuvo el Oscar al mejor intérprete que se entregaba por primera vez. Este hombre, al que se llegó a considerar como el mejor actor del mundo, recibió su premio antes de la gala de entrega, pues se marchaba a Alemania de viaje, con lo que ello suponía en aquella época (1927). Tras haber trabajado en películas míticas (El último y Fausto, de Murnau o El Ángel Azul, del propio Von Sternberg), la llegada del cine sonoro fue un revés para él debido a su deficiente pronunciación del inglés con fuerte acento alemán, así que regresó a Alemania donde coqueteó con los nazis, al parecer para poder trabajar en lo que surgiera, pero esto le pasó factura y al final de la guerra, fue sometido al programa de desnazificación y no se le permitió volver a trabajar en lo que más amaba: la interpretación.


Estamos en el Hollywood de 1928, la Meca del mundo, hasta allí ha llegado Sergio Alejandro huyendo de la revolución en su país, tras unas primeras imágenes en las que le contemplamos en su actual situación, un largo flashback nos lleva a los últimos años de la Rusia Imperial, verdadero argumento del film, y la historia romántica de Sergio Alejandro y Natacha que acaba de forma trágica, para regresar, al final, al momento de la filmación de la escena para la que el antiguo aristócrata ruso ha sido contratado.
Josef von Sternberg construye una historia en la que fabrica un paralelismo entre el cine y sus aparentes oropeles y la Rusia de 1917. Hollywood es una fábrica de sueños en la que corre el dinero, pero tras esa fachada, el realizador austriaco nos muestra la desdichada vida de los extras que van en busca de las migajas del banquete y son tratados con desprecio por los empleados de vestuario (mágnifico el travelling que recorre las ventanillas en que recogen ropa y enseres) y con altanería y arrogancia por el ayudante de dirección.
Las imágenes que nos retrotraen a la Rusia prerrevolucionaria, muestran el caldo de cultivo que desembocará en la situación histórica que todos conocemos, con una clase dirigente, encabezada por el Zar, abstraída en su mundo (el Zar cree que esta es una guerra de opereta, dice el Gran Duque con ocasión de una visita al frente de Romanoff), viviendo lujosamente mientras el pueblo padece y los hombres mueren por defender unos centímetros de territorio patrio.
Stemberg no emite juicios morales, ni toma partido, nos muestra las realidades que observa, sin generalizar entre buenos y malos, de estos hay en ambas partes y si vemos a los aristócratas y oficiales rusos moverse en el lujo mientras la tropa malvive, no se queda corto a la hora de retratar a los revolucionarios, una panda de desalmados que lo único que pretenden es hacerse con las posesiones de quienes eran los ricos hasta ese momento, para seguir haciendo lo mismo que ellos hacían.
No hay humor en el film, pero nos movemos de manera constante en un tono de ironía y sarcasmo que tiene momentos culminantes muy del gusto de Sternberg, como ver al antiguo revolucionario convertido en director de cine y decidiendo quien trabaja y quien no, a quien rescata momentaneamente de la misera y a quien deja sumido en ella.
Emil Jannings construye un gran papel, complementado por una resplandeciente Evelyn Brent y un William Powell (el eterno partenaire de Myrna Loy) con menos participación, en un papel casi de mero acompañante, mientras Von Sternberg nos regala un magnífico film a la altura de sus mejores realizaciones.




viernes, 21 de febrero de 2020

LA PASAJERA


Liza (Aleksandra Slaska), una de las encargadas de la vigilancia en el campo de concentración de Auschwitz, huye de Europa al acabar la guerra. Cuando, años después, regresa en barco a Alemania, cree descubrir en el rostro de otra pasajera a una de sus antiguas prisioneras, Marta (Anna Ciepielewska), a la que creía muerta. Liza recuerda entonces los días pasados en el campo de concentración y la inusual relación que entabló con Marta, a la que supuestamente ayudó y protegió.


Filmada en Auschwitz, el recuerdo de Liza, ese flash-back que ocupa casi todo el metraje, nos muestra, por un lado, el escalofriante y vejatorio trato que se les daba a los prisioneros y, por otro, a una Liza en parte también víctima de las circunstancias.
Andrzej Munk, uno de los cineastas polacos más prometedores de su generación, falleció a los 39 años en un accidente de circulación. Su prematura muerte dejó inconclusa la película, circunstancia que nos impide terminar de saber cómo fue realmente la relación entre las dos mujeres, si la memoria de Liza es fiel a lo que ocurrió o es traicionada por la vergüenza e, incluso, si la pasajera es o no Marta.


La película nos ofrece el largo flashback que Andrzej Munk rodó en Auschwitz en el que Liza rememora su extraña relación con Marta durante la estancia de ambas en el campo en condiciones bien diferentes.
Antes, a modo de introducción, el colaborador de Munk, Witold Lesiewicz, nos introduce en la historia a base de una voz en off que aparecerá de nueva en algunos tramos de la película y de un montaje a base de fotos fijas, por cierto, muy bien escogidas, que corresponden a parte del material rodado por Munk en el crucero en que viaja Liza de regreso a Europa y a bordo del cual cree reconocer a Marta. Cuando la película llega a su fin, Liza está a punto de ser trasladada y Marta se encuentra en uno de los pabellones de los que solo se sale para morir, con lo que no sabemos como tenía pensado el realizado polaco continuar la película.
Sin embargo, con lo que hemos visto hasta entonces, tenemos suficientes elementos de juicio para concluír que estamos ante una historia muy sugerente que muestra con toda su dureza la vida en el campo de exterminio y la relación de poder y esclavitud establecida entre unas personas que tienen en sus manos la vida y la muerte de otras y estas últimas que se ven degradadas hasta el extremo de ser consideradas menos que animales.
Según Andrzej Munk, la intención de esta película era mostrar que el ser humano no puede huir de su pasado y que no podrá olvidar su comportamiento inmoral porque la conciencia está ahí para recordárselo.
Liza le cuenta a su marido, con el que se ha casado en su exilio, quién fue ella, que no era una interna del campo, sino una supervisora y le refiere que se convirtió en una especie de ángel tutelar para la prisionera polaca. Sin embargo, cuando rememora lo sucedido para sí misma, vemos que no todo fue tan seráfico y se queja de que Marta no le agradezca sus desvelos para mejorar su penosa situación, sino que, por contra, se muestra altiva e incluso díscola y orgullosa.
Rodada en un cuidado blanco y negro, la película no recurre a situaciones morbosas, sino que refleja lo que debió ser la realidad del campo con naturalidad (permitasenos la expresión, cuando nada de natural había en el mismo), lo que hace que resulte todo más cruel, precisamente por el realismo y la falta de artificio con que está narrado. Nos vemos en medio del barro, de los charcos, de la suciedad, del hacinamiento de los barracones, del trato degradante hacia los prisioneros, del abuso y la constante sensación de miedo y terror en que estos viven y, de cuando en cuando, algún plano de esos que quedan en la retina que hace que todo resulte irracional hasta el extremo, como la niña acariciando al perro que sujeta un sonriente soldado, un perro de los que devoraba a dentelladas a quienes intentaban escapar, mientras una larga fila de prisioneros, muchos de ellos niños, como la que acaricia al perro, entra en una de las naves en que serán gaseados. O la carcelera que trata de forma inmisericorde a aquellos seres humanos que para ella han dejado de serlo, pero llora amargamente ante el cadáver de su perro que ha sido envenenado.
Un nuevo retrato de aquella vergonzosa página de la historia reciente a través de la historia de dos mujeres, una que sufrió en sus carnes la dureza del momento y otra que intenta justificarse ante si misma bajo el amparo del cumplimiento del deber.
Historia dura que no recurre a escenas rebuscadas, porque la realidad resultó bastante espeluznante como para buscar subrayados innecesarios.