En el Japón de la postguerra, un hombre encuentra en la calle a un niño perdido y lo lleva a su casa, pero su compañero de habitación se niega en redondo, ya que no le gustan los niños. El problema es que nadie quiere acogerlo, ni siquiera por una noche. Finalmente, lo deja al cuidado de su vecina, la viuda Tane (Chōko Iida), que tampoco quiere involucrarse y trata al niño con desdén. Al día siguiente, la mujer lleva al niño a su pueblo y averigua que el padre se ha marchado de la ciudad y lo ha abandonando. A medida que transcurren los días nada cambia en la relación entre el pequeño y la viuda, hasta que ésta vislumbra que puede que nunca vuelva a ver al niño y la situación da un completo giro.
La primera película rodada por Yasujirō Ozu tras su regreso de la guerra en la que sirvió como soldado. Tras la capitulación, estuvo recluido durante medio año en un campo de prisioneros de guerra británico cerca de Singapur.
Con un tratamiento sutil y hábil de la historia, Ozu trata de atenuar el sentimentalismo de la narración en la que un niño perdido, poco a poco ablanda la actitud de una mujer de corazón duro, al tiempo que en algunos de sus planos muestra la profunda huella que la guerra ha dejado en su país.
La película resulta conmovedora, con ese estilo poético, con tintes de comedia y siempre agridulce tan propio del gran maestro japonés.
El reconocido historiador y teórico del cine, el norteamericano David Bordwell, comentó al hablar de esta película poco conocida que, aunque Ozu hubiera hecho solo está película en toda su vida, tendría que ser reconocido como uno de los grandes directores de todos los tiempos.
Un film engañosamente simple en su argumento hasta que uno se da cuenta de su singularidad, con un explícito mensaje final, moralizante si se quiere, contra el egoísmo humano y en pro de la solidaridad entre personas.




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