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viernes, 17 de marzo de 2023

LOS APUROS DE UN PEQUEÑO TREN

 


Un pequeño pueblo inglés está a punto de perder su estación de tren, por lo que decidirán unir esfuerzos y hacerla funcionar ellos mismos, compitiendo con la compañía local de autobuses.


Primera película en Technicolor de la célebre e impagable productora británica Ealing Studios, de la que salieron algunas de las mejores comedias del cine británico de posguerra. Como otros productos que llevan el sello de la factoría, parece una obra intrascendente dentro de su elegancia, que solo busca divertir al espectador, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias y es que bajo ese tono amable con aire de comedia clásica, de esas que los cinéfilos dicen con nostalgia, que ya no se hacen, subyace toda una crítica social que no busca denuncias agrias, sino reflejar una realidad que siempre saben hacer llegar muy bien al público. 
Ese afán de nuestras sociedades avanzadas por buscar rendimiento a sus empresas es quizá lo que está en el centro de la trama: Si no da dinero, se suprime. Así que las gentes de pueblos alejados, la sanidad de pequeños lugares, las escuelas con pocos alumnos, sobran, eso sí después damos dinero para una ONG que ejerce su labor en un país que ni siquiera conocemos, algo que está muy bien, que también hace falta, pero nos olvidamos del vecino y nos parece mal que de nuestros impuestos, una parte vaya a pagar infraestructuras deficitarias en lugares poco poblados de nuestro país o a pagar las pensiones de los ancianos: ¡que se jodan! 
Además de esta crítica más evidente, también hay lo suyo para empresas que buscan monopolios, sindicatos, etc.


Todo ello, como digo, con ese humor elegante, aparentemente inocuo, que nos puede parecer algo simplón a veces, aunque no lo es si lo pensamos bien, con una magnífica y cálida fotografía en color que tiene algo de retrato de época, aunque refleje una sociedad que parece una especie de Brigadoom en el que todos son felices con sus quehaceres y unas interpretaciones de gran nivel en este film de tono coral que resulta de obligado visionado para los amantes del ferrocarril, sobre todo si tienen predilección por aquellas viejas máquinas de vapor. Alrededor de este asunto tiene momentos impagables que solo ellos, o ellos más que nadie, sabrán apreciar y disfrutar.




viernes, 2 de agosto de 2019

ORO EN BARRAS

Hace veinte años que el tímido Henry Holland (Alec Guinness) se encarga de supervisar el traslado de los cargamentos de oro del banco inglés en el que trabaja.
Holland siempre ha cumplido fielmente con su trabajo, sin embargo, tras años y años de ver entrar y salir gran cantidad de oro en el banco y de soportar este anodino trabajo,  llega un momento en que, harto de su gris y pobre existencia y cuando su vida profesional está llegando a su fin, piensa que quizá es un buen momento para hacerse rico y comenzar a vivir la buena vida.
Un buen día, se hace amigo de Pendlebury (Stanley Holloway), un fabricante de souvenirs que se ha trasladado a vivir a la misma pensión en la se hospeda Holland,  a quien se le ocurre que con el equipo de fundición que tiene su amigo, resultaría relativamente sencillo transformar los lingotes en torres Eiffel, un tipo de recuerdo que los turistas que visitan París suelen comprar, que resulta inofensivo y que les podría permitir contrabandear el oro desde Inglaterra a Francia.
Tras poner un cebo, atraen la atención de dos rufianes de poca monta, Lackery (Sidney James) y Shorty (Alfie Bass), dos profesionales del crimen de quienes desean obtener su ayuda y complicidad y a los que revelan sus planes.
Los cuatro juntos dan forma definitiva al asunto, cuya puesta en práctica, ocasionará giros y vueltas inesperados.


Divertida comedia de Ealing Studios en la que se caricaturiza la burocracia aduanera, el poco reconocimiento de algunas empresas para con sus empleados o a la propia policía, en una de las persecuciones más originales, delirantes y divertidas que recuerdo.
Una serie de situaciones a cual más absurda, sirven para dar tono de comedia a uno de los atracos más elegantes que se puedan concebir y en cuya elaboración colaboró el propio Banco de Inglaterra a quien se le pidió consejo sobre cómo pensaban ellos que se podía llevar a efecto un golpe de este tipo. Contiene secuencias de cierto nivel, como la mencionada de la persecución policial en automóviles o el descenso de la Torre Eiffel por una escalera de caracol a base de transparencias y que acaba teniendo un efecto mareante.


Quizá en algunos momentos baja un poco el nivel del film, pero es tan poderosa la presencia en pantalla de los dos protagonistas, que cuando esto sucede, se bastan y sobran con sus diálogos y su saber interpretativo, para que apenas nos demos cuenta de que esto sucede atrapados por la eficaz colaboración entre ambos, muy bien arropados por un elenco de magníficos secundarios, entre los que, por cierto, figura una Audrey Hepburn que tienen una fugaz aparición en pantalla, al principio de la película, haciendo arrumacos al personaje interpretado por Alec Guinness.
Magnífico ejemplo de comedia británica de posguerra que resulta tremendamente divertida.




miércoles, 31 de julio de 2019

OCHO SENTENCIAS DE MUERTE

Louis D'Ascoyne Mazzini (Dennis Price) desciende de una familia de aristócratas ingleses, pero cuando su madre se casa con alguien inferior en la escala social, la familia D'Ascoyne la rechaza, lo que para Louis resulta vergonzoso.
Cuando su madre fallece, la familia le niega su deseo de ser enterrada en la cripta familiar y su hijo enfurece y comienza a planear su venganza consistente en ir eliminando uno por uno a todos quienes se interponen entre su persona y el título de heredero del ducado concedido a la familia desde hace muchas generaciones y, por tanto, convertirse en duque. Estudia a la familia D'Ascoyne y encuentra la forma de inmiscuirse en sus vidas y, de este modo, influír en ellas.
En el curso de esta sistemática eliminación que pasa totalmente desapercibida, Louis llega a tener un cierto grado de intimidad con Edith (Valerie Hobson), la encantadora y elegante viuda de uno de los D'Ascoyne asesinados. Esto crea un clima de tensión con su novia de la infancia y juventud, la coqueta y actualmente casada Sibella (Joan Greenwood).
Una vez que el plan homicida se lleva a cabo con éxito, Louis asegura el ducado que ha codiciado, pero en un extraño giro, se le acusa de un asesinato que no ha cometido, siendo declarado culpable y condenado. De hecho, Louis ha sido traicionado por el testimonio de Sibella, que desea ser duquesa, pero ve que Edith, ya una D'Ascoyne por matrimonio, obtendrá el título.


El guión se basa en la novela "Israel Rank: The Autobiography of a Criminaly", del británico Roy Horniman.
El rígido Código Hays que se aplicaba en EE.UU., obligó a un añadido de 10 segundos al final para poder ser exhibida en ese país, pues consideraban que el final original era ambiguo y podía interpretarse que se premiaba el crimen.


Estupenda comedia de la factoría Ealing, que figura, por mérito propio, entre las mejores de la productora londinense.
Plagada de gags, diálogos y secuencias que navegan desde el humor negro a la crítica social, destaca la genial actuación de Alec Guinness que interpreta a ocho personajes diferentes (los ocho D'Ascoyne que preceden en el orden sucesorio al protagonista), incluída Lady Agatha, cada uno con sus tics, su acento y sus características diferentes, en un trabajo que le valió pasar a formar parte de la élite actoral del momento. Una película considerada de obligada visión para cualquier cinéfilo que se precie.
Como dijo el crítico Roger Ebert: Los asesinatos pueden ser entretenidos, siempre que la historia se apoye en las excentricidades del villano y no en los detalles desagradables de los crímenes.




lunes, 29 de julio de 2019

PASAPORTE PARA PIMLICO

Poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, en Miramont Gardens, Pimlico, un barrio del centro de Londres, explota una bomba lanzada durante la guerra por la fuerza aérea alemana. La explosión pone al descubierto una bodega enterrada que contiene obras de arte, monedas, joyas y un antiguo manuscrito. El documento es autenticado por la profesora e historiadora Hatton-Jones (Margaret Rutherford) como una carta real de Eduardo IV que cedió una casa y sus propiedades a Carlos VII, el último duque de Borgoña, cuando se refugió allí después de ser dado por muerto en la batalla de Nancy de 1477.
Tras la llegada de un hombre que afirma ser el duque de Borgoña, reclamando sus derechos al territorio, ya que la carta nunca había sido revocada, se declara que la zona de Pimlico sigue siendo legalmente, parte del territorio de Borgoña, y los habitantes proclaman su independencia del Reino Unido, convirtiéndose así en una micronación. Con el fin de recuperar el control de la situación y quitarse esa "espina" en el mismísimo corazón de la capital, el gobierno británico interrumpe la prestación de todos los servicios dirigidos al barrio e instituye un control fronterizo.
Con la ruptura de las relaciones con el gobierno británico, los "borgoñones" se aíslan y organizan una resistencia; los residentes son invitados a "emigrar" a Inglaterra, pero pocos se van. El agua, la electricidad y las entregas de alimentos son cortados por los británicos en la frontera.
Las soluciones puntuales que van encontrando a sus problemas, originan casi siempre otro más grave.


Resulta muy ilustrativa la dedicatoria de la película ("Dedicada a los años del hambre") en un momento en que las tragedias, penurias y secuelas de la guerra estaban aún presentes en el día a día de la sociedad británica (1949).
En un momento como ese, los autores del film deciden que va siendo hora de dibujar una sonrisa entre tanto desconsuelo y hacen parodia de los cupones de racionamiento, de los edificios devastados por los bombardeos y los solares a que dan lugar, de las restricciones de bienes primarios, etc.
La película es una comedia amable en la que algunos han querido ver también una caricatura sobre los nacionalismos, aunque yo pienso que tampoco hace especial hincapié en este asunto, tan de actualidad ahora en nuestro país y en el mismo Reino Unido con el asunto del brexit.
Bien interpretada por un conjunto de solventes actores, algunos conocidos en la época, pero actualmente casi olvidados todos ellos, comenzando por la dama de la escena inglesa Margaret Rutherford, que interpretó en Miss Marple en la serie de cuatro películas basadas vagamente en el personaje de Agatha Christie y que intervino también en otras conocidas películas.


Quizá la película no está a la altura de las comedias más conocidas de la factoría Ealing, pero es sin duda un film muy entretenido, divertido y que resulta ideal para pasar un rato agradable viendo una comedia sencilla pero muy bien realizada.
Por cierto, magnífico final que pone un broche ingeniosamente cómico al film.




viernes, 26 de julio de 2019

CLAMOR DE INDIGNACIÓN

Joe Kirby (Harry Fowler) lee en voz alta a su pandilla un cómic de la revista Trump, pero se da cuenta de que falta una página. Luego compra otro ejemplar para poder seguir las aventuras del detective ficticio Selwyn Pike. Mientras lee una parte de la última historia, Joe descubre que la aventura cómica se repite exactamente en la vida real cuando se encuentra con dos hombres que llevan unas cajas (Joe cree que contienen cadáveres) a la tienda de pieles del Sr. Jago (Paul Demel). Incluso la matrícula del camión (GZ 4216) coincide con el cómic.
Cuando Joe se esconden en la tienda de Jago para averiguar qué es lo que está ocurriendo, el dueño lo descubre y llama a la policía, aunque no presenta cargos contra el. Más tarde, Joe le habla al inspector Ford (Jack Lambert) de sus sospechas, este le aconseja que no se deje influenciar tanto por los comics y le envía a hablar con Nightingale (Jack Warner), un tendero del Covent Garden, para que le de trabajo. Al contrario que Ford, al Sr. Nightingale le hacen gracia las historias de Joe.
Más tarde, en su escondite en un edificio bombardeado, los amigos de Joe se burlan de él por el incidente, hasta que otro niño dice que vio un camión con placa GZ 4216 esa mañana. Joe cree que los criminales están planeando trabajos a través del Trump. Para saber más visitan al autor del cómic, Felix Wilkinson (Alastair Sim). Joe y Alec (Douglas Barr) encuentran la casa de Wilkinson, descubriendo que las ediciones del cómic están siendo manipuladas y se lo dicen a Wilkinson. Este se da cuenta de que los criminales están usando los códigos del cómic para comunicar sus planes pero, temeroso de la pandilla, Wilkinson se niega a ayudar a los niños.


En algún lugar he leído que el guión se basa en la novela 'Emil and the Detectives' de Erich Kästner. Kästner fue un autor alemán famoso sobre todo por sus publicaciones para el público infantil y juvenil, aunque también cultivó otros géneros. Formó parte del movimiento Neue Sachlichkeit (Nueva objetividad), en el que se encuadran escritores tan conocidos como Joseph Roth, Hermann Hesse, Carl Zuckmayer, Erich Maria Remarque, Thomas Mann o Heinrich Mann. De cualquier modo, he de aclarar que no tengo constancia de ello y que no se hace mención alguna en la película, en cuyos títulos de crédito se dice que es un guión original.


Cuando ves esta película, sobre todo para quienes las han leído, es inevitable recordar las aventuras de Guillermo, de Richmal Crompton o de Los Cinco, de Enid Blyon. Aquí también tenemos a un grupo de adolescentes que se meten en líos al tratar de resolver por su cuenta un asunto delictivo en el que correrán peligros sin cuento.
La narración es muy dinámica y la tensión dramática viene dada, en buena parte, de que los chicos no encuentran eco entre los adultos que podrían ayudarles, por lo que, empeñados como están en llegar al fondo del asunto, han de ser ellos mismos quienes lleven adelante las averiguaciones. Su propia condición de jóvenes, es la que dificulta su trabajo, pero al tiempo, la solidaridad que hallan en otros muchachos, supondrá una buena ayuda.
La película tiene muchas cosas llamativas, desde los originales títulos de crédito a los "bocadillos" que, a imagen de los comics, hacen ver al espectador, en una de las secuencias del principio, lo que está leyendo el protagonista en la historieta. Muy llamativo si tenemos en cuenta que estamos hablando de una película de 1947.
Magnífica la fotografía de Douglas Slocombe, con algunas escenas grandiosas, como la de la subida por la escalera de caracol hacia la casa del autor de los comics, en la que vemos ascendiendo las sombras de Joe y Alec reflejadas en la pared, cruzándose con un gato o los magníficos picados en las calles amplias y oscuras que acentúan la soledad y decepción de la pandilla cuando sus planes van fracasando. Una maravilla.
La película tiene el valor añadido de mostrarnos el Londres medio derruído tras los bombardeos de la guerra, un entorno, por otra parte, muy bien aprovechado para la historia, pues en él, los chicos se mueven como pez en el agua, además de ofrecer un decorado perfecto para algunas de las escenas.
En lo único que el paso del tiempo ha afectado a la película es en la forma de vestir y alguno de los comportamientos de los jóvenes, por lo demás, puede ser vista ahora con el mismo interés, pues la historia resulta de lo más original y entretenida.




miércoles, 24 de julio de 2019

LA BELLA MAGGIE

Mactaggart (Alex Mackenzie) es el capitán, un tanto pícaro, de The Maggie, un barco de carga endeble y oxidado que transporta carga, sobre todo carbón, a lo largo de la costa occidental de Escocia y sus islas. Aunque la Maggie es propiedad de su hermana, él solo se las arregla para ganarse la vida con el poco trabajo que le va saliendo, mientras se mantiene un paso por delante de sus acreedores en su amado barco.
En una oficina de embarque en Glasgow , escucha por casualidad al señor Pusey (Hubert Gregg) que intenta organizar el transporte de algunos muebles personales para su jefe, el estadounidense Calvin B. Marshall (Paul Douglas), con destino a su nueva casa en una de las islas periféricas. La gran compañía naviera de renombre no tiene nada disponible de inmediato, por lo que MacTaggart consigue el trabajo cuando Pusey cree erróneamente que trabaja para la compañía y que la embarcación más moderna atracada junto a la Maggie es la de MacTaggart. El trato se cierra por un importe de 300 libras, una suma que podría usarse para algunas reparaciones tan necesarias en el barco para que pueda mantenerse en unas mínimas condiciones de navegación y para que le devuelvan el permiso de transporte.
Cuando Marshall se entera de que su valiosa carga está en riesgo en un barco que no es apto para navegar, hace todo lo que está a su alcance para abortar el contrato y transferir su preciado cargamento a un barco más fiable. Para lo que Marshall no está preparado es para las astutas tácticas dilatorias de Mactaggart y sus ingeniosas maquinaciones.


El guión desarrolla una historia del propio director del film, Alexander Mackendrick.


Esta es la historia, contada en tono amable y en plan de comedia, de uno de esos tipos que en la vida real, deben ser bastante desquiciantes para quien se la haya de ver con ellos.
Mactaggart es un bribón, un pícaro en toda regla que, contra lo que su grumete Dougie (Tommy Kearins) piensa, tampoco es que sea un marino muy fiable.
Dougie, el personaje más entrañable de la película, se muestra como el único sensato de toda la tripulación, quizá porque aún es un niño.
Paralelamente, el film reflexiona sobre ese tema tan debatido de si el dinero da o no la felicidad mediante la figura de Calvin B. Marshall, el ricachón americano que poco a poco, se ve superado por la peculiar forma de desenvolverse en la vida de Mactaggart. No es que le subyuguen los métodos del viejo lobo de mar, sino que se da cuenta de que nada puede cambiar su modo de ser, su afición a la bebida y su filosofía de que primero es la libertad entendida a su manera y después todo lo demás, incluído el trabajo y el cumplimiento de los compromisos adquiridos.
El momento culmen de la película en cuanto a esta reflexión de qué es lo que debe importarnos en la vida, es la conversación entre el Sr. Marshall y la joven escocesa que va a casarse y ha de elegir entre sus dos pretendientes. Sus razones para elegir al que va a ser su esposo, abren los ojos de Marshall para tratar de arreglar su vida personal.
Una película entretenida, sin grandes alardes, correcta en su realización, aunque tampoco es que sea especialmente destacable.




lunes, 22 de julio de 2019

MANDY

Mandy Garland (Mandy Miller) nació sorda y como consecuencia ha sido muda toda su vida.
Cuando son conscientes de sus limitaciones, sus padres, Harry (Terence Morgan) y Christine (Phyllis Calvert), tienen sentimientos encontrados sobre como será la vida futura de la niña, ellos creen que si tuviera un profesor de educación especial podría llegar a aprender a hablar, pero el caso es que la niña va creciendo desorientada y va teniendo cada vez más la apariencia de ser una niña tonta porque no puede aprender.
Hasta que aparece en su vida el siempre entusiasta profesor Searle (Jack Hawkins) que tiene una escuela para sordos con método de lectura de labios y la utilización de objetos mediante los cuales enseña a utilizar el habla.
Sin embargo, el proceso no estará libre de trabas, pues para ingresar en la escuela, Mandy ha de abandonar el hogar familiar que se ha convertido en una especie de prisión para ella, sometida al agobiante amor de sus padres, a una abuela sobreprotectora y a un abuelo emocionalmente distante.
La mejor opción para el futuro de la niña es trasladarse desde su casa en Londres, hasta Manchester, donde está la escuela y así lo entiende Christine, que tiene que luchar contra la opinión de Harry y sus padres, algo que aumentará la tensión en el matrimonio, hasta el punto de que la madre de Mandy se ve acusada de adulterio por la sospecha de una posible relación con Dick Searle.
A pesar de todo, el trabajo en la escuela con Mandy sigue adelante.


El guión se basa en la novela The Day is Ours, de la británica Hilda Winifred Lewis, cuyo esposo, el profesor M. Michael Lewis, trabajó como especialista en educación de sordos en la Universidad de Nottingham.


Si en algún momento la película cae en algo parecido a la sensiblería se debe a que, por el tema tratado, es casi imposible que en ciertos instantes las imágenes y las situaciones dejen de tocar la fibra sensible del espectador. Sin embargo, uno de los grandes aciertos del film es que trata de alejarse de la tentación de transitar ese terreno.
De hecho, la sordera de Mandy se transforma casi en un pretexto para abordar otros asuntos que, de hecho, ocupan la mayor parte del guión, cuales son las difíciles circunstancias emocionales que atraviesan los padres de la niña y, por otra parte, la absolutamente encomiable labor de los profesionales que se consagran en cuerpo y alma a la educación de los niños en general y de los discapacitados en particular. Ello sin que falten los dardos contra las administraciones públicas y su cortedad de miras cuando se trata de asuntos educativos y sociales o contra la mediocridad y la ambición de algunas de las personas que deben tomar decisiones relativas a estos asuntos.


Bien interpretada, llama la atención el buen desempeño de su papel de la pequeña Mandy Miller que ya había tenido una pequeña intervención en otra película de Alexander Mackendrick, El hombre del traje blanco y que viene a demostrar la buena mano que tenía este hombre en la dirección de actores y particularmente cuando se trataba de niños. Miller no era sordomuda, de hecho, Mackendrick dijo que no había seleccionado para el papel a ninguna candidata sorda, porque estas niñas, en su afán de superación y de demostrar su normalidad, en muchas ocasiones decían haber entendido lo que se les pedía, cuando en realidad se habían perdido parte de las explicaciones que se les daban.
Una película entrañable que hace sentir al espectador las dificultades que, a veces, atraviesan las familias de estos niños y que nos acerca a un personaje, Mandy, por el que inmediatamente sentimos dolor, amor, comprensión y simpatía y a una madre admirable y luchadora que junto al profesor Searle, no dudan en afrontar las maledicencias de su entorno familiar y profesional en beneficio de un ser por el que están dispuestos a sacrificarlo todo.




viernes, 19 de julio de 2019

EL HOMBRE DEL TRAJE BLANCO

El ingenioso inventor Sidney Stratton (Alec Guinness), un graduado de Cambridge, es despedido de todas las fábricas en que trabaja, por considerar sus dueños que gasta demasiado presupuesto en investigación.
Su suerte cambia cuando empieza a trabajar como mozo de almacén en la fábrica textil de Alan Birnley (Cecil Parker). A causa de un malentendido, se introduce en su laboratorio y le permiten trabajar allí debido a sus vastos conocimientos, además cuenta con la simpatía de la hija del empresario, Daphne (Joan Greenwood), una joven que confía en Sidney y en sus experimentos mucho antes de que su padre lo termine haciendo por mero interés económico.
Tras arduos esfuerzos, Sidney consigue crear un tejido revolucionario, casi milagroso, que nunca se ensuciará ni desgastará. Es evidente que con el invento puede lograr una fortuna vendiendo ropa hecha de este material, pero también puede causar un tremenda crisis que llevará a la ruina del sector a corto plazo, después de todo, una vez que alguien compre uno de sus trajes, nunca tendrá que arreglarlos o comprar otro, y la industria textil sufrirá un colapso de la noche a la mañana.
No solo los empresarios se pondrán enfrente de Stratton, los trabajadores también se oponen a la fabricación del nuevo producto, ya que temen, con razón, perder sus puestos de trabajo.
En un primer momento, los magnates del sector, intentan sobornar a Sidney para que oculte su descubrimiento, sin embargo, él está decidido a poner su invento en el mercado, obligando a los peces gordos de las fábricas de ropa a recurrir a medidas más desesperadas.


El guión se basa en una obra de teatro no estrenada de Roger MacDougall, primo de Alexander Mackendrick, realizador del film.
El mismo Mackendrick señala que conservó muy poco del original, apenas la historia de un tejido que, por un lado, resulta de gran ayuda para los consumidores pero que, por otro, se convierte en una gran amenaza para ciertos sectores de la industria textil, pues la idea original que tenía era hacer una película sobre un tema que le inquietaba bastante: la responsabilidad política y social de los científicos que desarrollaron la fisión nuclear sin considerar los usos que se podrían dar a su invento. Pero ante la inquietud de los productores de Ealing Studios, que pensaban que el tema era demasiado inquietante para ser aceptado como un entretenimiento popular y taquillero, optó por hacer el guión de esta historia, en el que colaboró con el propio MacDougall y con John Dighton.


Bajo la apariencia de una divertida comedia, la película nos ofrece una despiadada crítica sobre algunos aspectos del capitalismo, empeñado en conseguir dividendos a cualquier precio, pero también de cierta clase trabajadora que se vuelve egoísta y prefiere mantener su puesto de trabajo contra viento y marea antes que pensar en el beneficio de la comunidad.
También de las imprevisibles consecuencias de ciertos avances, en este sentido, por ejemplo, es aleccionadora la frase de la patrona de Stratton, que previamente le ha permitido retrasar el pago del alquiler y cuando se lo cruza en la calle, le amonesta, pues por culpa de su invento, ya no habrá ropa que lavar y ella no podrá ganarse la vida.
Todas estas cosas siguen vigentes en la actualidad, pienso que posiblemente más que nunca, todos hemos oído hablar de la obsolescencia programada o de que determinadas líneas de investigación son vetadas o se mantienen en segundo plano por miedo a que se les acabe el negocio a quienes sacan jugosos beneficios de la venta de ciertos productos que desaparecería o pasaría a otras manos si desapareciera su comercialización.
En cuanto a la segunda parte, la responsabilidad que tienen (tenemos) otros sectores sociales que pasan por inocentes, solo hay que ver el revuelo que se produce entre los afectados cada vez que se habla de suprimir la fabricación de armas, por ejemplo. Recuerdo cuando hace poco se pusieron en pie de guerra los trabajadores de una autopista que iba a dejar de cobrar peaje. Les importaba un bledo que a cientos de profesionales y particulares que la utilizaban todos los días, les fuera a ir un poco mejor económicamente gracias a la medida, sólo pensaban en ellos. Pero estoy seguro de que tampoco las autoridades, cuando se vanagloriaron del hecho de suprimir el peaje, habían pensado en los daños colaterales.
Y es que cada cual tenemos nuestra parte, aunque siempre echemos la culpa al gran capital, no dejamos de ser una parte del engranaje y cuando nos afecta, cambiamos nuestro discurso para dar pena.
Acompañada por unas buenas actuaciones, con el singular Alec Guinness a la cabeza, la película cuenta también con la magnífica fotografía de Douglas Slocombe que nos deja algunas secuencias para el recuerdo, como las magníficas escenas de la persecución final en plena noche con el traje blanco deslumbrante en la oscuridad.
Mucho más aleccionadora en aspectos sociales y económicos de nuestro tiempo de lo que pudiera parecer a primera vista, sus reflexiones sobre estos asuntos los narra de manera muy inteligente y divertida.
Recomendable, además de por otros muchos motivos, porque, como digo, su mensaje no ha perdido un ápice de vigencia.




miércoles, 17 de julio de 2019

WHISKY A GO-GO

Al noroeste de Escocia, en pleno Atlántico, el encantador archipiélago de la Hébridas, con sus incontables islotes rocosos, emerge del Océano. Al oeste no hay nada más, salvo América.
Sus habitantes viven frugalmente de los productos del mar, unas pocas hierbas y yacimientos de turba. ¡Pueblo dichoso con placeres simples! La pequeña isla de Todday se encuentra aislada a cien millas de tierra firme, sin cine ni sala de baile. Pero sus habitantes saben distraerse.
Pero en 1943, un desastre se abatió sobre la isla. No fue el hambre, ni la peste, ni las bombas, ni la invasión. Sino un cataclismo mucho, mucho peor: Se habían agotado las existencias de whisky. "Agua de la vida", en gaélico, sin ella, la vida no merecía la pena ser vivida. Todo el mundo lloró, ya que se habían pasado del agua de la vida a la agonía.
Por una extraña coincidencia, el S.S. Cabinet Minister encalló a la altura de la isla de Todday, dos años después de que el S.S. Politician, que llevaba el mismo cargamento, encallara a la altura de la isla de Eriskay. Pero ahí acaba la coincidencia.
En esta ocasión, los isleños tras haber pasado un largo periodo sin haber podido catar una sola gota del preciado licor, comienzan a idear toda clase de estratagemas para hacerse con todo lo que puedan del ansiado cargamento burlando a las autoridades, cuya idea de lo que debe hacerse con la carga del barco, difiere bastante de lo que piensan los lugareños.
Desafortunadamente para ellos, un capitán de la guardia territorial, para más inri inglés, se interpone entre ellos y las botellas.


Se basa en la novela Whisky Galore, de Compton Mackenzie que también participó en la elaboración del guión. El libro, a su vez, se inspira en un hecho real, el naufragio del S.S. Politician, junto a la isla de Eriskay, en las Hébridas Occidentales, ocurrido el 5 de febrero de 1941, dos días después de haber salido de Liverpool rumbo a Jamaica, con 250.000 botellas de whisky en sus bodegas.
Lo que no cuenta la película y creo que tampoco la novela, es que el barco llevaba también una cantidad considerable de dinero en efectivo, el equivalente a varios millones de libras actuales, del que no se recuperó la totalidad.
Al parecer, aún hoy o, al menos, hasta hace poco, aparecían a lo largo del año algunas botellas procedentes del naufragio en la arena de las playas cercanas. En 1987, un tal Donald MacPhee, encontró ocho de estas botellas cuando exploró el área del naufragio y las vendió en una subasta en Christie's por un total de 4.000 libras esterlinas.


Además del tema central, el del whisky y lo que su carencia supone para la gente de este pequeño pueblo, la película aborda de manera tangencial otros asuntos como las relaciones familiares (la madre dominante que controla al apocado hijo o el padre que muestra se descontento con sus jóvenes hijas por lo que él considera un uso desmedido del carmín de labios o por el hecho de que fumen); el enfrentamiento con las autoridades, a quienes solo preocupa que se recauden las tasas correspondientes por el alcohol; o las tradiciones populares.


Todo ello en tono de comedia con un humor sencillo, de ese que se ha perdido y que recuperamos con estas viejas películas que no provoca carcajadas, pero que te mantiene con la sonrisa en el rostro durante todo el film.
Personajes sencillos y cercanos que transitan por la frontera del histrionismo sin llegar a caer en él.
Una película divertida con un mensaje moralizante al final que quizá sobraba, tal vez una concesión al mercado norteamericano, aún con el recuerdo relativamente reciente de la llamada Ley Seca y que también obligó a cambiar el título original porque en él no se podía mencionar expresamente una bebida alcohólica.
Fue la primera película que dirigió Alexander MacKendrick, que luego llevaría a la pantalla títulos tan notorios como El hombre del traje blanco, El quinteto de la muerte, Mandy o La bella Maggie, entre otros y también fue el primer gran éxito de Ealing Studios en las salas norteamericanas.




lunes, 15 de julio de 2019

AL MORIR LA NOCHE

Un arquitecto que ha sido llamado para proyectar la ampliación de una casa de campo inglesa, queda un tanto perplejo porque la casa le recuerda a una que aparece en sus sueños, pero esto no es más que el inicio, pues al entrar, encuentra a un grupo de personas a las que ya conoce del mismo sueño, a pesar de no haberlas visto en su vida, entre ellos está un psiquiatra, el Dr. van Straaten (Frederick Valk) que trata de dar una explicación razonable, no solo al sueño del arquitecto, sino a cada una de las historias que relatan otros de los reunidos.
En una de ellas, un piloto de carreras, tiene un accidente y va al hospital. Mientras se recupera, sueña que ve a un conductor de coche fúnebre en un carruaje tirado por caballos que lo llama.
En el segundo relato, Sally O'Hara (Sally Ann Howes) asiste a una fiesta infantil, en la que conoce a un niño pequeño que no ha sido invitado, por haber muerto hace cien años.
En la tercera historia, según cuenta Joan Cortland (Googie Withers) al grupo, poco antes de su boda, ella compra un espejo en una tienda de antigüedades. Poco después de colgar el espejo, Peter (Ralph Michael), su futuro marido, con el que se acaba de prometer, ve cosas reflejadas en el, que no están en la habitación. Joan investiga un poco y descubre que el dueño original del espejo no era un buen tipo y que, al parecer, mató a su esposa.
En otra de las narraciones, dos amigos conocen a una mujer en su club de golf, el St. Andrews. Ambos se enamoran de ella y deciden jugarse su amor a 18 hoyos.
En el quinto relato, un ventrílocuo de cierto éxito que actúa en clubs elegantes, empieza a observar entre el miedo y la sorpresa, que su muñeco parece que está tomando sus propias decisiones.


La película está conformada por cinco relatos basados en obras de E. F. Benson, H.G. Wells, Angus MacPhail y John V. Baines, dirigidas por cuatro de los mejores realizadores que trabajaron para Ealing Studios, el brasileño Alberto Cavalcanti, y los británicos Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer.
En realidad son seis relatos, ya que uno de ellos es el que transcurre en tiempo presente y sirve de nexo a los demás. Todos ellos muy bien construídos que tocan temas relacionados con lo sobrenatural, lo psicológico o lo paranormal y que a mí, por su estructura y por lo interesantes que resultan, me ha recordado alguna serie mítica de televisión como aquella de "Alfred Hitchcock presenta...".
El relato del medio, el de los dos amigos jugadores de golf, tiene mucho de humorístico todo él, mientras los otros, si acaso, destilan alguna nota de humor negro, pero no es su característica fundamental.
El primero de ellos, en el que el corredor automovilista se salva de una muerte segura gracias a una críptica advertencia premonitoria, es el más corto, pero precisamente por esa brevedad en el metraje y lo perturbador, resulta muy atractivo, aunque el más recordado es el de la marioneta.


Quien espere una película de terror puro y duro, no encontrará lo que busca en esta, donde todo es más sutil, no hay sobresaltos, ni se recurre a truculencias de apariciones sorpresivas o de personajes terroríficos, sin embargo, pienso que los aficionados al género la encontrarán muy gratificante, por la inteligencia con que están construídos y narrados los relatos.
La historia se cierra completando una especie de círculo que el espectador se pregunta si se repetirá indefinidamente. Vuelven a aparecer personajes que han estado presentes en cada una de las historias y queda una sensación perturbadora y de incógnita en un final muy conseguido.
Como anécdota, contar que los exhibidores norteamericanos consideraron el film demasiado largo y cortaron las historias de la fiesta infantil y la del campo de golf, una de esas "gracias" que se le hacen a veces al espectador y que lo único que consiguió fue que el público no entendiese qué pintaban en ese final algunos personajes que no había visto antes por mor de los cortes.
Estupenda película, bien hecha, bien interpretada y muy entretenida.




viernes, 5 de julio de 2019

PAINTED BOATS

Los Smith y los Stoner viven a bordo de sus botes en los que transportan mercancías a lo largo de la extensa e intrincada red de canales que recorren el territorio de Inglaterra. Algunas veces su viaje llega hasta el mar donde coinciden con los marinos mercantes, junto a los que forman ese tejido que ha contribuído al desarrollo de la industria y el comercio británico.
La barcaza de los Smith navega a la manera tradicional, arrastrada por un caballo que recorre los caminos de sirga, excepto cuando llegan a alguno de los largos túneles que pueblan los canales, en los que el camino desparece, mientras ellos deben ayudar a mover el bote a pura fuerza de sus piernas.
Los Stoner tienen motor en su gabarra y esto provoca algunas diferencias entre ellos, ya que el Sr. Smith (Bill Blewitt) está en contra de los botes motorizados, porque afirma que remueven el lodo y destrozan las orillas del canal, pero en general, las relaciones entre las familias que se mueven en este medio, son armoniosas y solidarias.
Dos jóvenes de estas familias, Mary Smith (Jenny Laird) y Ted Stoner (Robert Griffiths), mantienen una relación de noviazgo y están planeando casarse, a pesar de algunas diferencias entre ambos, pues Mary ama el suave y lento discurrir de la vida dentro del canal, mientras Ted ansía cambiar de vida y ha barajado incluso la posibilidad de alistarse en el ejército.
Cuando el padre de Mary muere, su madre y ella se hacen cargo de la barcaza y aunque la compañía a la que pertenece muestra sus reticencias sobre el hecho de que dos mujeres solas sean capaces de hacerse cargo del transporte, acaban confiándoles un cargamento.
A pesar de todo, el futuro de la vida en los canales, se torna incierto.


Producción de Ealing Studios que se mueve entre el film clásico y el documental mostrándonos la vida, ya desaparecida de esta gente que vivía a bordo de sus barcas y allí transcurría toda su existencia, no tenían otra casa y en ella se desarrollaba toda su vida diaria, allí criaban a sus hijos, trabajaban, comían, dormían y pasaban sus ratos de asueto.
También sirve de reflexión sobre el uso sostenible de los recursos naturales y el peligro que para el entorno pueden suponer los avances tecnológicos por su efecto contaminante, planteamiento que cobra mayor valor si tenemos en cuenta que estamos ante un film de hace casi ochenta años.


Es curioso observar como con una historia tan sencilla se puede hacer una película llena de encanto y que, al tiempo, es todo un testimonio de una época perdida a la vez que un homenaje a todos aquellos hombres que a lo largo del siglo XVIII, lograron domeñar la naturaleza trazando estos caminos fluviales, auténticas obras de arte de la ingeniería que tanto contribuyeron a la expansión económica antes de la llegada del ferrocarril y a aquellas otras personas que pasaron su vida, no exenta de fatigas a bordo de estos curiosos botes que ellos mismos decoraban pintando coloridos motivos florales y paisajísticos, costumbre de la que toma su nombre la película.
Es muy llamativa la escena en que atraviesan el túnel de más de dos kilómetros en la que, una vez más, Douglas Slocombe demuestra su maestría con una soberbia fotografía en medio de la oscuridad del espacio.
Película entretenida de ver y una auténtica maravilla dentro de este género que se mueve en el ambiente del documental.




miércoles, 3 de julio de 2019

CORAZÓN DIVIDIDO

Durante la II Guerra Mundial, una mujer yugoslava llamada Sonja (Yvonne Mitchell) desaparece y es dada por muerta, tras ser detenida por los nazis y deportada a un campo de concentración. Su hijo es llevado a un orfanato y adoptado por una pareja sin hijos, Inga (Cornell Borchers) y Franz (Armin Dahmen), en la creencia de que el niño es alemán.
Las primeras imágenes nos trasladan a 1952, una idílica escena en la que padre e hijo, descienden sobre sus esquíes por una suave ladera cubierta de nieve virgen en los Alpes Bávaros. Además del cariño que ambos padres adoptivos profesan al niño, somos conscientes de la sobreprotección que la mujer ejerce sobre él.
Toni (Michael Ray) se dispone a vivir y celebrar su décimo cumpleaños, pero en ese momento, el mundo que rodea a la feliz pareja, parece venirse abajo cuando reciben la noticia de que la madre biológica del muchacho, al parecer, aún vive y ayudada por las autoridades norteamericanas, ha localizado a su hijo, al que está dispuesta a recuperar.
Más allá de los naturales conflictos que se plantean y que todos podemos imaginar, ante este tipo de situaciones, entra el juego el pasado de los personajes, sobre todo del niño, a quien el tiempo que vivió entre los nazis ha dejado importantes secuelas que ahora afloran y que se debate, desde su perspectiva de niño y con su personalidad aún por formar, entre la persona que ahora le reclama y a quien ve como a una intrusa y aquella otra a la que, hasta ahora, ha considerado su madre, que le ha proporcionado el amparo, cobijo y amor que necesitaba tras sus traumáticas experiencias.
El caso acaba en los tribunales que deberán decidir a quien entregan el niño.


La justicia tendrá que decidir qué hace para dar satisfacción tanto a los derechos de esta madre biológica, que sufrió la pérdida de su marido y sus otras dos hijas, a manos de los nazis, como los de la madre adoptiva que lo cuidó y salvó de situaciones gravísimas durante la guerra. Y de este niño que, ya recuperado de sus traumas de guerra y abandono, tiene que volver a revivir la posibilidad de ser separado de los que quiere. Aunque en este caso para volver con alguien que también le quiere y que ahora sabe que es su "verdadera madre" (al que él llama su "otra madre", pues su "madre" es sólo una, la adoptiva).
La situación, tal y como la plantea el film, es muy dura, en la medida en que no podemos dejar de indentificarnos con las tres partes en conflicto y no queremos que sufra ninguna, pero todas han de sufrir algún tipo de desgarro. Ninguna solución es óptima. ¿Cuál será la decisión de los jueces?
Para ellos tampoco será fácil y sorprende oir en boca del primero de ellos, el concepto de mayor interés del menor (algo que no se tendrá verdaderamente en cuenta hasta décadas posteriores)
Ambas actrices que hacen de madres, fueron premiadas por su actuación con los premios BAFTA de aquel año: Mejor actriz británica (Mitchell) y extranjera (Borchers).


A base de flashback que no entorpecen el transcurrir de la narración, se nos van presentando las circunstancias que han llevado a sus protagonistas hasta el dramático presente. Los padres adoptivos, que se llevan al niño del orfanato en la creencia de que es un huérfano alemán, cuando su nuevo padre aún está movilizado por el ejército y desparecerá unos cuantos años en el frente oriental hasta que regresa a un hogar en el que el vínculo entre hijo y madre adoptivos se ha estrechado por las penurias sin cuento que han debido vivir y superar.
La tragedia de Sonja, que pierde a toda su familia a manos de los nazis y solamente encuentra al bebé que ella recuerda, cuando ya está a punto de entrar en la adolescencia y, además, este la ve como a alguien que llega para quebrar su plácida existencia con los que él, hasta ese momento, sentía como sus únicos padres.
Un grado de complejidad que, sin duda, ayuda a que presenciemos un drama de auténtica altura que Charles Crichton sabe trasladar al espectador para hacernos compartir todos los sentimientos y emociones de los personajes.
Efectos colaterales de una guerra cuyas consecuencias se vuelven especialmente crueles para quienes sufren situaciones tan dramáticas como esta, cuya solución traerá sufrimiento por más que la justicia trate de hallar una solución que, como el propio tribunal reconoce, en una de las escenas más llamativas de la película, es imposible, porque la Justicia, cuando de verdad lo es, pretende aliviar la injusticia cometida y premiar al inocente sobre el culpable. Aquí, solucionar la injusticia cometida con la madre biológica, conlleva una especie de castigo contra los padres adoptivos que lo único que han hecho es entregar su amor al niño.
Película muy interesante, que nos lleva a la reflexión sobre situaciones que fueron y son reales y que, una vez más, nos acerca al sinsentido de las guerras y las tragedias que ocasionan.