jueves, 7 de julio de 2016

OPERACIONES ESPECIALES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Pienso que es obvio el interés que siempre han despertado las actuaciones de los llamados Grupos de Operaciones Especiales con que cuentan los distintos Ejércitos, la prueba es el éxito que suelen tener las novelas o las películas que, basadas en alguno de estos hechos, se presentan de vez en cuando y que a poco que el escritor o los guionistas y realizadores tengan un poco de buena mano, suelen contar con la respuesta favorable del público, pues en no pocas ocasiones son en sí mismas casi como un guión de película.
Manuel J. Prieto, nuestro querido “Curistoria”, compañero de Hislibris, de sobra conocido por sus muchos seguidores en las redes sociales, radio y publicaciones literarias, se ha mostrado como un hábil narrador de anécdotas históricas en forma concisa, despertando el interés del público. En esta ocasión, el anecdotario del libro que hoy comentamos, se centra en algunas acciones que esos grupos de operaciones especiales (comandos para los ingleses, rangers para la norteamericanos), pero también en ocasiones algún grupo escogido y creado al efecto, del ejército regular, llevaron a cabo en el marco de la Segunda Guerra Mundial, precisamente el conflicto en el que nacieron esa especie de grupos guerrilleros dentro del ejército, tal y como los conocemos en la actualidad, ya que partidas o pequeños destacamentos de este tipo, siempre han éxito con el objetivo, bien de actuar tras las líneas enemigas, o de presentar resistencia a fuerzas de ocupación muchos mayores en número y preparación a base de acciones de sabotaje y ataques puntuales a los que seguía un rápido repliegue.
El autor ha recogido actuaciones de ambos bandos contendientes, alguna de ellas muy conocida, otras no tanto, que componen un mosaico muy atractivo, sobre todo para el gran público y para quienes gusten de estos hechos que podemos calificar como pequeños en el contexto de una conflagración tan grande como fue la Segunda Gran Guerra y que, sin embargo, pasados los años, algunos de ellos han sobrevivido en la memoria colectiva mejor que otros de mayor envergadura, seguramente por lo que tienen de épico.
Sin resultar exhaustivo, Manuel J. Prieto, maneja datos que complementan y dan fe de la preparación que casi siempre hay detrás de cada una de estas acciones, en muchos casos involucrando a un buen número de gente y nos revela algunas de las líneas de actuación en la mayoría de estos casos en los que parte de quienes intervienen en ellos, no saben con certeza el fin último de lo que están haciendo, con el objetivo primordial de mantener el secreto, salvaguardando vidas y, sobre todo, mantener el efecto sorpresa, tan importante en este tipo de acciones.
Salvo ocasiones muy concretas en que la toma de un puente, la inutilización de una batería artillera, el corte de una línea de comunicación, etc., ha sido de gran relevancia para una operación posterior de gran alcance y repercusión, casi siempre estamos hablando de intervenciones que tienen no poco de anecdótico en el contexto de un gran enfrentamiento, sin que tal o cual acción tuviera demasiado peso el conjunto y, desde luego, no influyera prácticamente en nada en lo que al curso de la guerra se refiere. Y sin embargo, el interés que despiertan en la gente en general y en los aficionados a las acciones bélicas en particular, son claro indicio de que van a más allá de su valor militar o estratégico intrínseco y es que estamos hablando de hombres que se jugaron la vida (de hecho muchos la perdieron), por cumplir una misión que tiene muchas veces más de efecto psicológico en ambos bandos (bien elevando la moral o significando un duro golpe para ella) que de valía cuantificable y no digamos ya de los beneficios que una adecuada propaganda puede sacar del rescate de unos prisioneros, el aprovisionamiento de unos aliados que están en dificultades o de la voladura de unas instalaciones, tal vez de escasa importancia en sí, pero que suponen un acto tal de temeridad, que cuando se resuelve con éxito, se mide con otros parámetro distintos al de la frialdad de los números. Si a eso unimos la temeridad de sus protagonistas, la incertidumbre que siempre rodea estas acciones y la cantidad de factores (incluída la suerte) que rodean el desenlace de cualquiera de ellas, dotándolas de un componente de suspense y ese halo de heroísmo que siempre adorna a sus intervinientes, estamos ante situaciones cuyo relato resulta mucho más divertido (si se me permite la expresión) que los grandes movimientos de tropas o las batallas multitudinarias.
En cualquier caso, me permito recomendar a quien quiera disfrutar de él, este libro fácil de leer, y muy ameno por lo dinámica que resulta su estructura en capítulos breves, en los que se relatan acciones de mayor o menor importancia, pero todas ellas arriesgadas y en las que el más mínimo fallo o el imprevisto más insignificante, ponía en peligro el resultado final y las vidas de las personas implicadas, lo que convierte al libro por momentos, en un verdadero relato de aventuras que bien podrían ser inventadas, aunque ocurrieron realmente.

Esta reseña fue publica en su día en Hislibris.





miércoles, 6 de julio de 2016

EL PECADOR IMPECABLE

Don Honorio Sigüenza (Alfredo Landa) está dominado por su posesiva madre que vigila a las mujeres que entran en el negocio familiar, una zapatería, para que no le seduzcan. A la muerte de su madre, el mundo del señor Sigüenza sufre una radical transformación. Se encariñan con él una vecina, una peluquera viuda y una lotera. Don Honorio tiene una serie de aventuras ante el horror de su prima Veni (Chus Lampreave), que quería casarse con él. Mientras, la salud y el negocio de don Honorio se resienten. Un médico le recomienda moderación, y un viajante trata de arrebatarle el amor de su prima. Aunque don Honorio, en realidad, está fascinado por una gentil patinadora quinceañera. El día de Reyes, mientras don Honorio se repone de su agitada vida sexual, la vecina, la peluquera y la lotera le llevan regalos.
A partir de la novela homónima de Manuel Hidalgo y tomando como modelo la producción italiana "Venga a tomar café con nosotras" ("Venga a prendere il caffè da noi", 1970) de Alberto Lattuada, el director Augusto M. Torres hace su única película comercial. Incomprendida por la crítica, que la toma por la última de las "comedias a la española" protagonizadas por Alfredo Landa, tuvo cierto éxito de público y está rodada en la madrileña plaza de Las Salesas y alrededores.


La peli cuenta la historia de un hombre maduro, virgen y reprimido, que tras el fallecimiento de su madre, rompe a fornicar con toda viuda que se le cruza en su camino y esquiva los envites de su prima, que solo quiere casarse con él y heredar el negocio familiar, una zapatería.
De argumento algo cutre y bastante chabacano, Rafael Azcona y el propio realizador, firman un guión que suaviza bastante la narración de la novela, mediocre donde las haya, de Manuel Hidalgo, con la quedó finalista del premio "La sonrisa vertical" y es que de no haberlo hecho así, según confiesan ellos mismos, les hubiera quedado una película pornográfica.
Al final se queda a medio camino entre menos y nada, que nos trae recuerdos del casi olvidado landismo, torpe y básica, una mala película con la que ni siquiera te sonríes a pesar del prometedor arranque.
Sin embargo, tiene algo especial, porque las interpretaciones son buenas y es que estamos hablando de un reparto de nombres conocidos y contrastados del panorama español, bien es cierto que algunos apenas aparecen: Alfredo Landa, Chus Lampreave, Rafaela Aparicio, Julieta Serrano, Rafael Alonso, Alicia Sánchez, Queta Claver, Manolo Zarzo, José Sazatornil, María Isbert, Mary Paz Pondal, Quique San Francisco... Todos ellos grandes actores, capaces, como en el caso de "Saza", Rafael Alonso o Rafaela Aparicio, de hacerte disfrutar a pesar de la poca categoría de sus papeles.
Y una curiosidad, la aparición a modo de colaboración muy puntual de Jaime Chávarri, Fernando Colomo, Álvaro del Amo, Ricardo Franco, Esther Gacía, Emilio Martínez Lázaro, Vicente Molina Foix, Alfonso Ungría y Gerardo Vera.
La peli es malucha, la verdad, por fracasar, fracasa hasta como documento de época, pues las imágenes de la zona de Las Salesas, son pobres y como montadas al vuelo, pero cuando ya estás avisado de que no vas a ver nada interesante, se puede perder poco más de una hora con ella, más que nada por lo que tiene de curiosidad.




martes, 5 de julio de 2016

SAN CAMILO 1936

Varios años llevaba sin publicar Camilo José Cela, cuando el 4 de diciembre de 1969, la editorial Alfaguara, con el número 24 de su colección Alfaguara Literaria, sacó a la luz "Víspera, festividad y octava de San Camilo del año 1936 en Madrid", conocido por su título abreviado "San Camilo 1936".
Según el calendario católico, el 18 de julio se celebra la festividad de San Camilo, así que el título nos concede una pista definitiva para situarnos en un contexto muy determinado de nuestra historia reciente.
Pero San Camilo no es una novela sobre la Guerra Civil, sino un libro sobre personas que viven en el Madrid de la época, porque Cela lo que hace es acercarnos a una determinada sociedad en un momento determinado, una colectividad que él conoce perfectamente porque es aquella a la que pertenece: la clase media. Incluso la novela tiene esa parte autobiográfica que muchos autores defienden que impregna a cualquier narración de este tipo, en la que el autor deja una parte de sí mismo, porque es lo que conoce, de hecho, en uno de los personajes, Toisha, la novia del narrador, algunos aseguran ver a una novia que Cela tuvo por aquella época, un amor al que al parecer, nunca pudo olvidar y que murió destrozada por una bomba.
El libro es una obra que tiene bastante de experimento, de búsqueda de innovación, al menos en la forma, decenas de personajes y ausencia de puntos y aparte es lo que llama la atención del lector a primera vista, después hallamos reiteraciones y otra serie de figuras con las que el autor juega de forma intermitente a medida que la narración avanza.
En cuanto al contexto, los hechos políticos, el levantamiento militar y su contestación, conforman un telón de fondo sobre el que el autor trata de mantenerse neutral, dejando que los personajes se muevan en el escenario planteado. De forma espontánea tendemos a hacer una comparación con La colmena y resulta evidente que existen algunas relaciones, sobre todo por que ambas se desarrollan en Madrid, por la extensa galería de personajes que las conforman y porque en ambas se retrata a la sociedad del momento en que transcurren sus respectivas historias.
La novela resultó todo un éxito editorial, sin embargo parte de la crítica (no olvidemos el momento en que se publica), la recibió como una novela prostibularia y políticamente pornográfica.
El lenguaje es explícito, para algunos seguramente soez (no ahora, sino entonces), duro por momentos, incluso machista, pero su condición de documento reflexivo sobre el Madrid de julio del 36, es evidente, aunque para algunos resulte sesgado.
Novela muy interesante por lo que tiene de testimonial, por su friso de personajes representativos de un sector social y porque marca una encrucijada en la ficción sobre la pasada Guerra Civil, ya no hay que estar con un bando, se puede hablar, reflexionar, bien que con cortapisas, de lo que realmente ocurrió. Cela aquí trata de separar las connotaciones políticas y hablar de manera, por momentos, aséptica, de lo que supuso para una gran parte de la población, esa clase media a la que aludíamos, un acontecimiento en el que se vio implicada sin desearlo y sin acabar de creerlo, pues pensaban que, como tantas veces, no iba a pasar nada a pesar de la agitación social. La dedicatoria del autor resulta bastante esclarecedora de sus pretensiones:

A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia.
Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie había dado vela en nuestro propio entierro.

Cela, nacido en 1916 (este año se celebra el centenario de su nacimiento), formaba parte de aquel reemplazo de 1937.




lunes, 4 de julio de 2016

ZORBA EL GRIEGO

Narra las aventuras de Basil (Alan Bates), un joven británico que viaja a Creta, la gran isla griega, donde ha heredado una mina abandonada que perteneció a su padre, con el fin de recuperar su producción y, de alguna manera, encontrarle sentido a su vida. Por ello la mayor parte de su equipaje lo componen cajas repletas de libros, a modo de sabios maestros, que va a consultar en la que se imagina una bucólica placidez de la isla.
A punto de embarcarse, conoce a Alexis Zorba (Anthony Quinn), un pintoresco personaje, que lo sorprende con su alegría, su vitalidad y ante todo con su verbo suelto, atrevido, inteligente e inesperado. Es una especie de contador de fábulas basadas en sus experiencias de la vida cotidiana.
Basil se deja embrujar por Zorba, quien se convierte en su empleado y amigo, en filósofo, confidente y maestro.
Zorba es un personaje enteramente folclórico, a modo de arquetipo idealizado, en la medida en que representa toda una cultura griega, llena de música y de danzas, de alegría y desparpajo, oscilando entre la bondad y la picaresca, de inteligencia desbordada capaz de concebir inventos y de aceptar el fracaso de los mismos como natural e inevitable, ya que nunca hay que parar de vivir y de ensayar.


La película está basada en una gran novela de Nikos Kazantzakis, que lleva el mismo título y cuenta con una música de antología, que se ha convertido en patrimonio universal. Es un canto a la amistad entre los seres humanos como antídoto a la soledad, a la monotonía y a la mediocridad.


Mihalis Kakogiannis, director del film, fue también el autor del guión que adapta la novela. Este greco-chipriota se dedicó prácticamente durante toda su carrera a adaptar obras de los clásicos griegos al cine y al teatro. Sin embargo, en esta ocasión, se decide a llevar a la gran pantalla esta magnífica novela de Kazantzakis que fue rechazada por unas cuantas productoras, antes de que su amigo Darryl F. Zanuck, diera el empujón definitivo al proyecto.


Con una actuación inolvidable de Anthony Quinn, a quien el gobierno griego concedió la ciudadanía honoraria, igualándole así con Lord Byron, la película está actualmente bastante olvidada, si no fuera por la espléndida música de Mikis Theodorakis y la famosa escena del sirtaki que Quinn baila con el corazón, bajo el luminoso cielo y junto a ese mar que surcaron Odiseo, Jasón, Heracles y Teseo.
La película tiene también muchas escenas memorables y aunque muchos citan el saqueo de la casa de la anciana francesa o el apedreamiento de la viuda, que también lo son y están cargadas de simbolismo, yo me quedo con una espléndida secuencia, por lo que tiene de sencillo y de bien planificado, aquella en la que Basil y la viuda (una hermosa y enigmática Irene Papas), se cruzan en un desierto camino. La pulsión sexual es tremenda sin que nada ocurra, sin una sola palabra, pero es el preludio de la tragedia y, como digo, la composición resulta espectacular. Pero de estas escenas hay para escribir un pequeño tratado y hablar sobre iluminaciones, sombras y luces, encuadres, montaje, planificación y, por supuesto, los excepcionales diálogos, que respetan en gran medida los que hay en la novela original.


La película es sobre todo un canto a la libertad, el personaje interpretado por Quinn, que tiene mucho de pícaro, posee también un espíritu de niño, con una inmensa y tierna capacidad de asombro. En contraposición, el mundo atávico de la Creta de posguerra, una sociedad cerrada y a veces cruel y desconfiada que puede acabar devorando a cualquiera que no se apoye en la amistad y respeto mutuo que encuentran los dos protagonistas uno en el otro, al final no consiguen nada material, el sueño de la mina se frustra, pero una huella indeleble queda en el alma de los dos.




viernes, 1 de julio de 2016

EL LUTE (CAMINA O REVIENTA)

En la Extremadura de los años 60, una familia de mercheros deambula de un pueblo a otro tratando de sobrevivir con la venta de quincalla, algunos trapicheos y el hurto a pequeña escala cuando el hambre aprieta, siempre controlados por la Guardia Civil, que les hace ponerse en movimiento cuando están más de lo que ellos consideran razonable en un mismo lugar.
Uno de estos personajes es Eleuterio Sánchez (Imanol Arias) que en una de sus paradas, en las que coincide con otra familia de mercheros, conoce a la Chelo (Victoria Abril), con la que se "arrejunta" y acabará teniendo un hijo.
Un mal día, la Guardia Civil detiene a Eleuterio que es condenado a prisión por el robo de unas gallinas. Cuando sale de la cárcel, regresa con su familia a un poblado chabolista de Madrid, allí se enfrentará a un chivato de la policía que pretende cobrarle un peaje por establecer su chabola. Como Eleuterio se niega, verá como en venganza derriban la que iba a ser su casa.
Se cambia de barrio y se junta con otros dos compinches junto a los que atraca unula joyería en la calle Bravo Murillo. Para desgracia de ellos, cuando se disponen a huir con las cuatro cosas que han apañado del escaparate, sale el vigilante de la joyería al que matan de un disparo.
Eleuterio y otro de los atacadores, son detenidos y sometidos a durísimos interrogatorios, para acabar siendo condenados a muerte que, a última hora, Franco conmuta por la de 30 años de prisión.
Eleuterio la cumplirá en el santanderino penal del Dueso, de donde un día le sacan para trasladarle por tren a Madrid, ya que tiene que declarar en el juicio contra el tercer atracador al que por fin han detenido. En el traslado, cuando atraviesan la Tierra de Campos palentina, Eleuterio logra escapar saltando del tren. Una leyenda, la de "El Lute", comienza a forjarse.


El irregular Vicente Aranda consigue aquí uno de sus mejores productos con este film basado en la novela autobiográfica que escribió Eleuterio Sánchez, best seller en su momento y que aún se sigue reeditando. El guión es bastante fiel al libro, recoge el espíritu que late en el mismo y que achaca al control sin tasa que ejercen sobre ellos las fuerzas de orden público, para justificar sus desmanes.
La película logra atraer la atención del espectador y todo se desarrolla con un buen ritmo narrativo que hace atractivo y entretenido su visionado.
A destacar el buen guión, la fotografía del maestro José Luis Alcaine, las magníficas interpretaciones, todas muy convincentes y que hacen creíbles los personajes y, sobre todo, para mi gusto, la estupenda ambientación, que logra transmitirnos el ambiente de la época y meternos de lleno en el interior del submundo en el que los personajes principales desarrollan su vida diaria.




jueves, 30 de junio de 2016

EL OBISPO LEPROSO

Un obispo que padece una extraña enfermedad de la piel, una ciudad pequeña que vive entre los "chismes" de casino y tertulia, un amor imposible entre Pablo y María Fulgencia, y el devenir pausado de acontecimientos anodinos, sin más importancia que la que tienen para sus protagonistas, gente vulgar sin nada especial, todo ello narrado en episodios con cierta inconexión y poco más, ese el argumento de esta novela escrita por Gabriel Miró (1879-1930), de la que, por otra parte, tanto he disfrutado, porque aquí lo de menos es la historia, lo que de verdad importa es el lenguaje, el maravilloso dominio del léxico, la musicalidad de las descripciones, la imaginación para construir frases, el estilo impecable que va más allá de la mera pulcritud. Si alguien me preguntara qué es el novecentismo en literatura, le diría: lee esta novela de Miró, eso es el novecentismo, un estilo en el que la forma, la estética, lo es todo, por encima de un argumento. Quizá por eso Miró no asciende el escalón en el que descansan Galdós, Baroja o Blasco, porque sus obras se ocupan menos de crear y contar historias que del placer de escribirlas y describirlas.
Oleza, la humilde ciudad episcopal en que se desarrolla el argumento, nos trae ecos de la Vetusta de Clarín, aunque en este caso, según el unánime parecer, estemos ante un trasunto de Orihuela, y la luz mediterránea sustituye al gris cantábrico.
Quien se acerque a esta lectura, que no espere pues una trama argumental, o un misterio que nos atraiga, que disfrute del cómo, de la belleza de las descripciones y la sutileza del lenguaje, porque ahí es donde reside la magia de Miró.




miércoles, 29 de junio de 2016

EL BOSQUE ANIMADO

Xan de Malvís (Alfredo Landa), por pura desesperación decide convertirse en bandido y adopta el nombre de Fendetestas. Sin embargo es un bandido peculiar, que regatea con sus víctimas la cantidad que les va a robar. En su nueva vida se verá acompañado, sin desearlo, por Fiz de Cotovelo (Miguel Rellán), un muerto que no puede descansar en paz por no cumplir su promesa de ir a San Andrés de Teixido. Malvís no lo puede hacer por él, porque lo cogerá la guardia civil y allí, erre que erre cada día con él , ahuyentando a las gentes y fastidiando “el negocio” del bandolero. Malvís es íntimo de Geraldo (Tito Valverde), el pocero, minusválido enamorado hasta las trancas de la joven más bella de la localidad, Hermelinda (Alejandra Grepi), esclavizada por su avara tía a la que decide abandonar, yéndose a La Coruña, para disgusto del pretendiente, que teme que lleve “mala vida”.
El guión adapta el libro de Wenceslao Fernández Flórez, conformado por relatos protagonizados algunos de ellos por animales (que aquí desparecen) y en el que la fraga de Cecebre tiene especial protagonismo a través de los personajes que la pueblan, cotidianos pero fantásticos. Árboles, plantas o animales, tienen el mismo protagonismo que los vecinos vivos y muertos de San Salvador. Una parte de esto se pierde en la película, lo mismo que el humor con retranca del autor gallego, porque el film, en algunos momentos, convierte la novela en un nuevo relato en que únicamente la maestría de Rafael Azcona, autor del guión, es capaz de ofrecernos su propio humor aprovechando lo que dejó escrito Fernández Flórez y adaptándolo al nuevo contexto artístico.


Confieso que no soy parcial al hablar de este film, del que soy absolutamente devoto, me parece una de las mejores películas del cine español de todos los tiempos. Todos y cada uno de los personajes, en la medida de sus intervenciones, están brillantes, empezando por un magnífico Alfredo Landa, el mismo Miguel Rellán o la aparición, breve pero señorial, de Fernando Rey. José Luis Cuerda consigue, una vez más, hacer que sus personajes nos resulten del todo entrañables.
El film, como ya ocurre en la novela, nos traslada una Galicia pobre, incluso resignada, fatalista, y atrasada, quedando reflejados muchos de estos problemas y el éxodo que cíclicamente sufre esta tierra, con unos personajes que viven siempre al límite de la subsistencia, trabajando tierras ajenas. Una Galicia plagada de atavismos que mezclan lo religioso con lo profano, que son tratados con mimo y detalle y con un particular sentido del humor, por otra parte, tan gallego, que hace que, a pesar de que si te paras a pensarlo, todo lo que te está contando es bastante triste, hace que la sonrisa no se vaya de tus labios desde el mismo inicio del film hasta el final.
Una gran película.