viernes, 6 de octubre de 2017

ROTTWEILER

Dante (William Miller), internado en un penal del sur de España, destinado a inmigrantes ilegales, logra escapar con otro preso en un despiste de los vigilantes. No tardarán en ser atacados por un enorme y salvaje Rottweiler que la emprende con su compañero, mientras él, consigue huir con vida del ataque, desapareciendo por los montes de los alrededores sin que el perro ni su dueño puedan encontrarle. Tras varios días caminando por las montañas a pleno sol, el joven decide detenerse para descansar. Pero cuando despierta, el vigilante y dueño del perro, que lo ha estado siguiendo todos estos días para cobrar la recompensa que existe por su detención, le está esperando a punta de escopeta y lo encadena frente a la atenta y amenazante mirada del Rottweiler, quien no pierde detalle de los movimientos del joven.
Dante, jugándose la vida, logrará despistar al perro y acabar con la vida de ambos, para poder seguir el camino en busca de su amada Ula (Irene Montalà), mientras recuerda la última vez que la vio. Pero sorprendentemente el Rottweiler que en realidad es una especie de ser biónico y posee mandíbulas y colmillos de acero, resucitará y emprenderá una cacería aún más sangrienta contra el chico que, mientras pide auxilio e intenta huir de la peligrosa amenaza, pretende encontrar a su novia a la que no ve desde que cayera en manos del malvado y misterioso personaje llamado Kufar (Paul Naschy).


Adaptación de la novela “El perro” de Alberto Vázquez Figueroa, que ya fue llevada al cine en 1977 por Antonio Isasi-Isasmendi. El autor de la novela aparece en los créditos como guionista de la película.
Mientras el libro se desarrolla en algún lugar de sudamérica y el protagonista es un activista político que consigue huir de prisión, aquí se traslada a España y nos presentan a un jugador de rol que se ve envuelto en una delirante pesadilla poco o nada creíble, bastante mal narrada y con interpretaciones un tanto flojas.
Me sorprende que haya sido el propio Vázquez Figueroa quien firme el guión, porque el espíritu de la novela, una especie de relación que bascula de la atracción al miedo entre el perro y el hombre, se diluye por completo y nos sumergimos en un film pretendidamente de terror. Digo pretendidamente, porque ni miedo, ni nada, más bien un poco de pena es lo que siente uno al observar el patetismo de las escenas.


Me hizo gracia la crítica que realizó en su día Oti Rodríguez Marchante de esta película, que resume en una sola línea lo que es el film y con la que estoy bastante de acuerdo: De todos los intérpretes el único que se siente cómodo en su papel y que se sabe su texto y contexto es el perro.




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