martes, 23 de octubre de 2018

LA PESTE DE ATENAS

La Plaga de Atenas fue una epidemia devastadora que afectó principalmente a la ciudad-estado de Atenas en el verano del año 430 a. C. Se cree que debió llegar a Atenas a través de El Pireo, el puerto de la ciudad y única fuente de suministros.
En el año 431 a. C. comenzaron las guerras del Peloponeso entre las dos ciudades-estado más fuertes: Atenas y Esparta. Mientras que Esparta tenía una infantería terrestre imbatible, Atenas había desarrollado un poder marítimo que le permitía contar con una flota muy poderosa —aunque un ejército débil— y murallas prácticamente inexpugnables. En este sentido, Atenas no podía ser atacada por tierra ni tendría que someterse a nadie por falta de alimento. Sin embargo, su política defensiva de protegerse dentro de sus muros resultó poco favorable, pues en el 430 a.C. una plaga asoló la ciudad, que se hallaba superpoblada.
Bajo el mando de Pericles, los atenienses se retiraron tras las murallas de Atenas, esperando mantener a Esparta controlada mientras que su marina, superior, arrasaba los transportes de tropas espartanos y cortaba las líneas de suministro. Desafortunadamente, la estrategia también llevó a que mucha gente del campo entrase en la ya sobrepoblada ciudad de Atenas. A su vez, gente que vivía fuera de las murallas se desplazó asimismo hacia el área central, convirtiendo a Atenas en el lugar perfecto para el contagio masivo de la enfermedad.
Tenemos un testimonio de primera mano a través de los escritos de un historiador contemporáneo, que también padeció la enfermedad, como indica en su crónica, se trata de Tucídides que dedica íntegramente los cápitulos XLVII a LIV de su Historia de la Guerra del Peloponeso, a describir la enfermedad, sus síntomas y sus consecuencias. Al parece comenzó en Etiopía, atravesó Egipto y Libia y llegó luego al mundo griego. La epidemia brotó en la ciudad abarrotada, y Atenas perdió posiblemente un tercio de las personas que se cobijaban tras sus muros.
En su crónica, Tucidides nos da algunos detalles típicos del buen observador, cosas que parecen nimiedades, pero que a la larga, han supuesto, en este o en otros casos, el acicate para que otros investigaran sobre las enfermedades y los métodos para curarlas que siempre empiezan por ahí, por la observación.
Señala el autor griego que "Los médicos no la conocían... Hicieron plegarias en los templos, consultaron oráculos y recurrieron a prácticas semejantes, pero todo fue inútil y acabaron por renunciar, vencidos por el daño"
Tras señalar los síntomas que, en ocasiones, variaban de una persona a otra, dice que  el cuerpo escocía tanto que "...los enfermos no podía soportar el contacto de los vestidos y sábanas más ligeras, ni estar de otro modo sino desnudos, y con gran anhelo se hubiesen sumergido en agua fría. Y así lo hicieron tirándose en los pozos, muchos que no estaban vigilados, acometidos por una sed inextinguible: pero era igual beber mucho que poco".
Hay otro detalle que le llama la atención sobre la naturaleza diferente a otros males de esta enfermedad: "Los pájaros y cuadrúpedos que se alimentan de carne humana, entonces cuando había muchos cuerpos sin enterrar, o no se acercaban, o si los probaban, morían. Y la prueba, la desaparición de estas aves de rapiña fue manifiesta, y no se les veía junto a los cadáveres, ni en ninguna parte. Los perros, que conviven más con el hombre, permitían mejor la observación de los efectos".
Sobre el caos que supuso que los atenienses que vivían en el campo, se vinieran a la ciudad, dice: "...como no había casas para ellos y vivían, en pleno verano, en barracas hacinadas, la mortandad se producía en medio de la confusión; mientras iban muriendo quedaban, ya cadáveres, unos sobre otros, y se arrastraban medio muertos por las calles y junto a todas las fuentes por anhelo de agua".
Por último, una consecuencia tangencial de la epidemia, fue que "La gente buscaba con especial osadía, placeres de que antes se ocultaba, porque veían tan bruscos los cambios en los ricos, que morían súbitamente, y de los que antes no tenían nada y de repente adquirían los bienes de los muertos. Y así, considerando igualmente efímeras la vida y la riqueza, creían que se habían de aprovechar rápidamente y con afán. Nadie tenía ánimo para perseverar en un noble propósito por la incertidumbre de si moría antes de poder alcanzarlo. El placer inmediato y todos los medios que a él conducen, se constituyó en lo bello y lo útil. Ni el temor a los dioses, ni la ley humana les retenía, porque al ver que todos morían indistintamente, creían que era igual honrar a los dioses que no hacerlo...".



lunes, 22 de octubre de 2018

BILL, QUÉ GRANDE ERES

William "Bill" Klugs (Dan Dailey), uno más de los ciudadanos de la plácida Punxatwney, en el Oeste de Virginia, será el primer voluntario de la localidad que se alistará, tras el bombardeo de Pearl Harbor. Sus paisanos le despiden como a un héroe y, al regresar de la instrucción, es recibido con una gran fiesta.
Sin embargo, lamentablemente para él, pasa la guerra como instructor de artillería, mientras otros parten hacia el frente.
El azar querrá que sus tareas las desarrolle en su propia localidad, lo que en principio supondrá un elemento de comodidad. Sin embargo, dicha circunstancia se convertirá de forma paulatina en un auténtico tormento, ya que esos mismos vecinos que habían visto en él un referente, poco a poco lo considerarán un haragán que ha huido del combate. Será una circunstancia que el propio protagonista vivirá con creciente incomodidad, intentando de manera reiterada ser enviado al frente solicitándolo a sus superiores, quienes con la misma reiteración irán denegándole la demanda, al tiempo que, en cada una de dichas citas, le recomienden para un ascenso y la enésima medalla por el buen comportamiento
Al fin se presenta su gran oportunidad, pero las autoridades militares, ordenan que los ocupantes del B-17 en que viaja Bill, abandonen el aparato. Pero él, que se había quedado dormido, salta en paracaídas bastante más tarde que el resto de sus compañeros, siendo capturado por partisanos franceses.
Tras asegurarse de sus auténticos orígenes, le encomendarán una crucial misión, que le devolverá su condición de héroe, aunque en realidad William, que no es consciente de ella, la viva como un auténtico y, por momentos, desternillante calvario físico.


La película fue el peaje que Ford hubo de pagar a la Fox por la cesión de Henry Fonda para El fugitivo. El propio realizador comentaba que era una de las películas más divertidas que se habían hecho. Aunque no fue un territorio muy visitado por Ford, él sabía hacer comedías y las hacía muy bien, ahí están El hombre tranquilo, La taberna del irlandés y algunas de las que hizo en la época anterior al sonoro a las que este film recuerda en algunos aspectos, con un presupuesto bajo, un montón de personajes, gags excéntricos y mucha inventiva.
He leído muchas reseñas de este film en las que se señala que es una crítica a la burocracia militar.
Bueno, es una opinión, tan respetable o más que la mía, pero yo pienso que el film es más bien un homenaje, en tono de humor, a toda esa gente que trabaja en la retaguardia durante los conflictos. El ejército vive de la disciplina y muchas veces se repite en las películas esa idea (que atiende a la realidad) de que el soldado está allí para obedecer y no para pensar. Puede parecer de cretinos, pero no hay tal, si en las contiendas se tomaran las decisiones por mayoría, la batalla tendría muchas papeletas para perderse, se necesita mando único y rapidez en la toma de decisiones.
Me disperso en las explicaciones, lo que quiero decir es que para que haya gente muriendo o matando en el frente, para que algunos alcancen la gloria en la batalla, hace falta que detrás haya gente trabajando en labores poco reconocidas, como Bill entrenando tiradores.
Hay algunas cosas más a comentar en esta película, como en casi todas las del maestro, que bajo la apariencia de sencillez, esconden mucho más de lo que parece. Me voy a quedar con un par de ellas. En primer lugar, el ritmo rápido del que está dotada la acción que hace que el argumento aparentemente anodino, cobre vigor y otra que es más bien una anécdota: En este film está el único número genuinamente musical que dirige Ford, cuando Kluggs hace una especie de imitación de Fred Astaire, mientras interpreta una canción y baila con Marge (Colleen Townsend), su novia. Me refiero, claro está, a música contemporánea, ya que en algunos films, el maestro incluye coreografías, sobre todo de bailes en grupo, ambientados en la época de la colonización del oeste norteamericano.
Una película sin grandes pretensiones y muy divertida.




viernes, 19 de octubre de 2018

LA LEGIÓN INVENCIBLE

Custer murió en Little Big Horn, las manadas de búfalos vienen hacia el norte y alguien está haciendo "gran medicina" entre las tribus indias extrañamente envalentonadas.
El capitán Nathan Brittles (John Wayne) es un oficial de carrera en la caballería de los Estados Unidos que vive los últimos días en activo antes de su retiro forzoso del servicio. A raíz de la masacre de Custer y del Séptimo de Caballería, los indios locales se están agitando y, lo que es peor, lo hacen confiados. Brittles está asignado para acompañar a dos mujeres,  Abby Allshard (Mildred Natwick), la esposa del oficial al mando del fuerte y a su sobrina, la encantadora señorita Olivia Dandridge (Joanne Dru), desde el fuerte hasta la parada de diligencias en Sudrow's Wells, pero los indios están en pie de guerra y ahora hay pocas posibilidades de evacuar a las mujeres de la zona.
Olivia ha llamado la atención de dos de los jóvenes oficiales de la caballería, el teniente Flint Cohill (John Agar) y el segundo teniente Ross Pennell (Harry Carey Jr.). La chica lleva una cinta amarilla en su pelo, señal de que tiene un novio en la caballería, aunque se niega a desvelar quien de los dos apuestos oficiales es el elegido.
El capitán, un hombre que ha entregado al Ejército toda su existencia, incluso sacrificando las vidas de su familia, por su servicio, ahora ve cómo su carrera termina con una nota de fracaso al llegar tarde al puesto de diligencias, cuando ya ha sido atacado y destruído por los indios, impidiendo con ello que las damas puedan hacer el viaje previsto a un lugar más seguro.
Sin embargo, la Compañía C del legendario Séptimo de Caballería, aún se embarcará en una peligrosa misión bajo el firme mando del capitán Nathan Brittles.


La segunda película de la llamada "Trilogía de caballería" de John Ford, que presenta a John Wayne en su mejor momento y cuenta con una increíble fotografía en Technicolor de Monument Valley, ganadora del Oscar. Por cierto, que el director de fotografía Winton C. Hoch, presentó una queja ante el sindicato de cineastas por las horas extras que se vieron obligados a realizar, para poder plasmar las tomas de rayos sobre las tropas. Al final resultó que fueron estas imágenes las que le dieron el premio de la Academia a la mejor fotografía en color.


Wayne ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera aquí, en el primer papel serio que Ford le dio. (El mismo Wayne dijo más tarde que Ford nunca lo respetó como actor hasta que vio su actuación en Río Rojo). Al parecer, cuando se completó el rodaje, Ford le entregó a Wayne un pastel con el mensaje: "Ahora eres un actor".


Hemos hablado ya de las secuencias en que los rayos descargan sobre la tropa, bajo un cielo cargado de negras nubes, pero el film está plagado de bellas imágenes, hasta el punto de que, para más de uno, es la película en que Ford saca más y mejor partido del increíble decorado natural que ofrece Monument Valley.


Hay muchas de esas tomas casi de postal, cada una de aquellas en que el corneta del regimiento aparece en primer plano lo es, como lo son las secuencias en que aparece la larga hilera de soldados a caballo deambulando por el desierto o las visitas de Nathan Brittles al cementerio para hablar con su esposa allí enterrada.
El film tiene unas cuantas de esas cosas que son habituales en Ford, desde su troupe de actores y técnicos, hasta secuencias recurrentes como la pelea cómica en la cantina del fuerte, pasando por las cabalgadas del sargento Tyree (Ben Johnson) y qué bien rodaba Ford las galopadas por la pradera o el desierto.


Mi opinión es que para disfrutar de este film y no sentirse defraudado en las expectativas, como le ocurre a más gente de la que pudiera parecer, hay que verla sabiendo con qué ojos mirar. No es un western de acción, al menos no especialmente, ya que esta se reduce a momentos muy concretos y casi anecdóticos. Por encima de otras consideraciones, la película se centra en el personaje protagonista y el momento que vive. Un hombre entregado al ejército, que es toda su vida y del que se despide, sabiendo que va entrar en una etapa de su vida que va a estar vacía, porque el hueco que deja la vida militar, no lo va a llenar con nada, de ahí su melancolía y esa tristeza que esconde bajo la capa de su voz y sus gestos enérgicos.
Y, al tiempo que esto, Ford también nos muestra algo que ha hecho en otros films, la vida cotidiana en el fuerte, esa gran familia en la que, como en todas, hay sus más y sus menos, pero al final, por encima de desavenencias, impera el espíritu de camaradería, interesado, si se quiere, porque cada cual sabe que su vida depende de quienes están con él. La virtud de Ford es que todo esto lo cuenta con sencillez y como si tal cosa, como si fuera fácil hacerlo y, créanme, es muy difícil, al menos hacerlo bien.




jueves, 18 de octubre de 2018

SING STREET

En el Dublín de 1985, la recesión económica hace que Conor Lalor (Ferdia Walsh-Peelo), un adolescente de quince años, cuyos padres atraviesan una crisis matrimonial, se vea obligado por estos, para tratar de aliviar la maltrecha situación financiera de la familia, a cambiar la comodidad de la escuela privada en la que estudiaba por un centro público regido por los Hermanos Cristianos, donde el clima es más tenso y en el que el exigente y rudo sacerdote que lo dirige, parece haberla tomado con él desde el principio. Por si esto fuera poco, el matón del colegio, se dedica a intimidarlo.
Su hermano mayor Brendan (Jack Reynor) es su apoyo, mentor y consejero, al tiempo que una especie de enciclopedia musical. Juntos ven los videoclips de Duran Duran, y escuchan a The Cure. Brendan se encuentra atrapado en una Irlanda que no ofrece demasiadas oportunidades a los jóvenes, sin embargo impulsa a su hermano pequeño a perseguir sus sueños y le ayuda a reforzar su identidad, a crear y a creer en sí mismo.
El panorama personal de Conor, parece cambiar cuando conoce a Raphina (Lucy Boynton), una bella chica un año mayor que él, que usualmente se sienta frente al colegio y aspira a ser modelo. Conor se ve deslumbrado por ella y para impresionarla, le propone protagonizar el próximo vídeo musical de su banda, y ella, no sin cierta duda, acepta. El chico está feliz, aunque existe un pequeño inconveniente, Conor no tiene banda, por lo que tendrá que formarla a toda velocidad.
Su amigo Darren (Ben Carolan), le lleva a conocer a Eamon (Mark McKenna), un muchacho que es capaz de tocar cualquier instrumento, pero se conforma con tocar el bajo. Luego reclutan a Ngig (Percy Chamburuka) para tocar el teclado, además de contar con Larry (Conor Hamilton) y Garry (Karl Rice), para completar la banda. Deciden llamarse "Sing Street" y comienzan tocando una versión de "Rio", de Duran Duran, pero Brendan, alienta a Conor a escribir sus propias canciones hasta alcanzar su propio estilo.


Con la música como hilo conductor, es la película más reciente del irlandés John Carney. Un film en el que demuestra, una vez más, su amor por la música y lo bien que sabe llevar a la pantalla estas historias personales y las sutiles historias de amor que encierran, lo cierto es que su buen hacer le ha situado como uno de los directores indie del momento.
La película narra las peripecias de un grupo de adolescentes que durante los años 80 decide montar un grupo de música. Es un repaso a la música de la época, un grito de rebeldía y una dulce historia de amor. Parece un asunto propicio para que la película nos suene a más de lo mismo, sin embargo, como he leído en alguna crítica, el director sabe lo que quiere contar y, lo más complicado, sabe cómo hacerlo para que la película tenga frescura.
Resulta muy interesante la historia de amor fraternal entre el protagonista y su hermano mayor, un papel en el que Jack Reynor, consigue una portentosa actuación como secundario.
La banda sonora, tan importante en el film, incluye canciones creadas para la misma por el propio realizador, dentro del estilo pop rock alternativo, con letras pegadizas y bien interpretadas por los jóvenes actores y, junto a ellas, escucharemos fragmentos de algunos temas de grupos tan conocidos como The Cure, Duran Duran, The Clash o Motörhead, o de cantantes como Adam Levine, que colabora de nuevo con Carney.


Un film que se ve con mucho agrado, con algunos momentos divertidos, en el que no se ahonda demasiado en los problemas que plantea, aunque queden claramente apuntados y con un mensaje positivo y optimista, tan típico como el de luchar por conseguir los sueños y un final que, a pesar de que a muchos les resulta excesivamente edulcorado, el director explica que, simplemente ha querido reflejar en él, el final de un capítulo de la vida de los protagonistas, lo que no quiere decir que vayan a seguir juntos para siempre, de hecho, para quienes la vean, que juzguen si dan un duro por la continuidad de la pareja más allá del tiempo en que les dure el despertar al amor, sobre todo del joven Conor.




miércoles, 17 de octubre de 2018

TRES PADRINOS

Tres forajidos, Robert Hightower (John Wayne), Pedro Roca Fuerte (Pedro Armendáriz) y William "El niño de Abilene" (Harry Carey jr.), se preparan para robar un banco. Llenan sus cantimploras y una bolsa de agua en un manantial y entran en una ciudad de Arizona llamada Welcome. Se detienen en la casa de un hombre llamado Perly "Buck" Sweet (Ward Bond) donde su esposa (Mae Marsh) les prepara un poco de café La mujer les pregunta si han visto un carro en el que viajan su sobrina y su marido, desde Nueva Jerusalén, a lo que responden que no los han visto. Mientras Buck se pone el chaleco, ven que lleva una insignia de sheriff y abandonan la casa cautelosamente para seguir con sus planes de asaltar el banco. Consumado el atraco, se escapan con el dinero, pero cuando están a punto de irse de la ciudad, los oficiales del sheriff salen corriendo de la oficina y les disparan. Aunque consiguen escapar, William resulta herido en un hombro, su caballo muerto y la bolsa de agua agujereada por una bala. Jack y sus hombres los persiguen por el desierto. Con solo el agua de sus cantimploras, vagan en busca de una de las torres de agua que el ferrocarril tiene por el desierto de Mojave, pero Buck ha ideado un plan. Toma el tren con sus hombres y deja a algunos de sus oficiales en cada torre de la zona para intentar capturarlos.
Nueva versión de la película muda The Three Godfathers (1916), protagonizada por Harry Carey, el viejo amigo de Ford. Cuando Carey murió en 1947, Ford decidió rehacer la historia en Technicolor y dedicar la película a su memoria. El hijo de Carey, Harry Carey Jr., interpreta a uno de los tres protagonistas.


Un tema que era muy querido para Ford, el de estos forajidos que se autoredimen mediante una buena acción y que, con otras connotaciones, ya había tratado en Tres hombres malos.
Estamos ante un argumento que si te lo cuentan te puede hacer sentir vergüenza ajena, algo como una versión antigua de "Tres solteros y un biberón".
Pero mira tú por donde, esta especie de sandez, cae en manos de un maestro y Jhon Ford se saca de la chistera la historia de los tres Reyes Magos, en plan western y, hombre, no voy a decir que nos regale una obra de arte, pero casi.
Tras un comienzo típico de película del oeste y cuando uno piensa que va a ver una película con una persecución interminable a través del desierto, el argumento da un giro y se nos presenta una comedia con algunos momentos divertidos e ingeniosos, en el que nos damos cuenta además de que los tres hombres duros, son unos panolis a los que todo les sale mal.
Apoyado en unas buenas interpretaciones de Wayne, al que Ford había "descubierto" como actor que sabe interpretar en Río Rojo y un Pedro Armendáriz que está a la altura de cualquiera de las grandes estrellas del momento, la película nos ofrece algunos momentos realmente brillantes. Recuerdo, por ejemplo, la tormenta de arena, que ríanse ustedes de momentos épicos, aquí te parece que te está entrando la arena en los pulmones y acabas agotado después de ver la larga secuencia. O el momento divertidísimo en que están leyendo el manual para el cuidado del niño y ven que en caso de no tener aceite corporal a mano, se le puede dar grasa y Wayne unta al bebé de arriba a abajo con grasa de engrasar los ejes del carromato.
Una película curiosa, divertida y buena muestra del ingenio de Ford para sacar partido a cualquier argumento por simple o absurdo que parezca.




martes, 16 de octubre de 2018

LA BATALLA

De todas las grandes batallas napoleónicas, la de Essling no es la más conocida. Sin embargo, no fue la menos mortífera: Más de cuarenta mil muertos (veintisiete mil austríacos y dieciséis mil franceses), a orillas del Danubio en dos días del mes de mayo de 1809 que supuso, por primera vez, que Napoleón sufriera un fracaso militar personal, que perjudicó su prestigio y estimuló a sus enemigos. Después de Essling, los nacionalismos se desarrollan en toda Europa.
Patrick Rambaud, que ganó el Goncourt en 1997 con este libro, no solo cuenta en él una historia, nos introduce en la batalla y por medio de todos los detalles que nos ofrece, como si estuviéramos ante un cuadro o una imagen, más que frente a un relato, consigue que lleguemos a sentirnos personajes del texto.
Novela mas bien corta, pero muy densa, es un relato ficticio apoyado en un entorno histórico, en el que junto a los personajes de a pie, inventados por el autor, soldados y oficiales de bajo rango, aparecen algunas de las grandes figuras de la epopeya napoleónica (Lannes, Bessières, Masséna, Davout...), así como una panorámica de los accidentes del terreno o datos de la meteorología (tan importantes ambos en el devenir de la batalla), que nos hace tener una idea bastante próxima de los acontecimientos, casi como si de un reportaje periodístico se tratara.
El libro, sin detenerse en ello más de lo imprescindible para no resultar prolijo, abunda en pequeños detalles: La escasez de cartuchos en determinados momentos; los soldados encargados de despojar a los coraceros muertos de sus corazas para reutilizarlas; los cirujanos y sus ayudantes amputando miembros a mansalva con sierras de carpintero; detalles de los uniformes en los que abundaban prendas que no formaban parte de los mismos pero que los soldados habían ido rapiñando para sustituír unas botas maltrechas o un capote perdido; la muerte y posterior violación de una mujer; el daño causado por los disparos de la artillería; el caldo de carne de caballo sazonado con pólvora de cañón que se servía a la tropa ...
Muy bien escrita, amena, entretenida, cual si viéramos no una película, sino un documental, porque aquí todo suena auténtico, dejando de lado una gloria engañosa, a veces debida a plumas aduladoras, para sustituírlo por un relato que se nos antoja más próximo al desastre, el dolor o la desesperanza que debieron sentir realmente quienes lo sufrieron.
En su momento, Honoré de Balzac se propuso narrar esta batalla entre los dos ejércitos más poderosos de la época, proyecto que nunca llegó a emprender, pues la marquesa de Castries, de la que se había prendado, le ocupa demasiado. Así habla de la novela tal como la imagina en una carta dirigida a la señora Hanska:
Ahí trato de iniciaros en todos los horrores, todas las bellezas de un campo de batalla. Mi batalla es la de Essling. Essling, con todas sus consecuencias. Es preciso que, en su sillón, un hombre frío vea el campo, los accidentes del terreno, las masas de hombres, los acontecimientos estratégicos, el Danubio, los puentes, que admire los detalles y el conjunto de esa lucha, oiga a la artillería, se interese por las jugadas sobre el damero, lo vea todo, sienta, en cada articulación de ese gran cuerpo, a Napoleón, a quien no mostraré, o que dejaré ver por la noche, cruzando el Danubio en una barca. Ni una sola cabeza de mujer, cañones, caballos, dos ejércitos, uniformes. En la primera página, el cañón ruge, y en la última se calla. Leeréis a través de la humareda y, una vez cerrado el libro, deberéis haberlo visto todo intuitivamente y acordaros de la batalla como si hubierais participado en ella.
Lejos de mi ánimo comparar a Rambaud con Balzac, pero sí puedo opinar que la novela de Rambaud es, a grandes rasgos como la trazó Balzac y el resultado es una crónica deslumbrante.
Javier García Sánchez, dice en su prólogo a la edición española, que en la novela de Rambaud "...no vamos a encontrar nuevos motivos para amar al audaz tirano, al astuto hombre mediocre elevado a la categoría de deidad, al combatiente individual, henchido mas nunca ahíto, de egolatría, que resume lo peor y más sórdido de la condición humana, ni tampoco —o apenas nada— del héroe que lidia en soledad contra el mundo y las circunstancias, que suele ser lo que nos conmueve de él, sino, ya era hora, algo muy diferente: el lector tiene entre sus manos una historia narrada en tono absolutamente frío, a menudo incluso glacial, en cualquier caso neutro y convincente, en la que lo de menos resulta casi la presencia del emperador —que no obstante sobrevuela toda la obra como una obsesión terrible y alada—, y lo más importante acaba por ser, precisamente, la batalla que se nos describe escrupulosamente y da pie al relato".
Y es que otra de las características del texto es la desmitificación de ciertos personajes, comenzando por la figura de Napoleón.
La meticulosidad de la reconstrucción y el aliento épico que anima estas páginas la convierten en una novela muy singular y agradable de leer.



lunes, 15 de octubre de 2018

RÍO ROJO

En 1851, Tom Dunson (John Wayne) y su viejo amigo Nadine Groot (Walter Brennan) se dirigen a California para convertirse en colonos y criar ganado. Aunque viajan con una caravana, antes de cruzar el río Rojo, que corre a lo largo de la frontera con Texas, se separan de la misma, pues Tom ha venido observando el terreno texano y considera que aquellas son buenas tierras y que hay excelentes pastos para el ganado. Cuando se han separado varias millas de sus antiguos compañeros de viaje, observan una lejana humareda, que les hace pensar que la caravana ha sido atacada por los indios. Aparece un niño huérfano, llamado Matt Garth (Mickey Kuhn y Montgomery Clift de adulto), conduciendo una vaca. Matt ha perdido a sus padres en el ataque y Tom lo adopta y cuidará de él.
14 años después, Tom tiene una manada de 10.000 cabezas, y Matt es un hombre joven, entrenado por Tom para convertirse en todo un experto, que sabe manejar las armas y desenvolverse con el ganado. La Guerra Civil ha dejado sin dinero al Sur y ha hecho caer los precios del ganado, por lo que Tom no puede vender carne en Texas. En su situación desesperada, decide atravesar con su rebaño las 1.000 millas que le separan de Missouri, una tarea casi imposible. Después de 60 días a través de un país desértico, pocas horas de sueño y con la comida empezando a escasear, sus hombres se ha vuelto hoscos y malhumorados. Cuando tres de ellos intentan desertar, Tom envía en su busca. Después de que la manada haya cruzado el río Rojo, los vaqueros de Tom intentan convencerlo de que conduzca las reses a Kansas al considerar que es un camino más seguro, pero Tom es terco y se niega. Cuando va a colgar a dos de los trabajadores que huyeron y han sido capturados, Matt lo detiene, asume el liderazgo y gira la manada hacia Abilene en Kansas, pues han oído que el ferrocarril ya ha llegado a esta ciudad y allí podrán embarcar el ganado. Tom dice que los acechará y matará a Matt.


El guión se basa en un relato de Borden Chase titulado "The Chisholm Trail". Chase llegó a admitir en alguna ocasión que la trama era una especie de Motín de la Bounty con monturas y estribos.
Hay algunas curiosidades alrededor de este film que han pasado a la pequeña historia del cine, esa que tiene más de chascarrillo que de otra cosa, como el diálogo entre Cherry Valance (John Ireland) y Matt intercambiado sus armas y en el que algunos ven un contenido homosexual encubierto. O la famosa frase de John Ford, cuando veía imágenes de la película y exclamó, algo así como: "No sabía que ese hijo de puta fuera capaz de actuar", refiriéndose a John Wayne. Por cierto, me he permido poner la etiqueta "John Ford" a la entrada, no porque esta película sea de él, que es cien por cien de Howard Hawks, pero Ford hizo numerosas sugerencias de montaje, incluído el uso de un narrador.


La película es una especie de odisea, un peligroso viaje que muchos califican de imposible y condenado al fracaso, con ese grupo de vaqueros conduciendo miles de cabezas de ganado en penosas condiciones y sometidos a todos los peligros imaginables, incluídos los ataques de los indios o los cuatreros.
Durante el viaje, se dan todo tipo de situaciones entre los integrantes del grupo, desde la camaradería, hasta las envidias, componiendo un fresco de personajes magníficamente caracterizados.
Por otro lado, asistimos al enfrentamiento entre padre e hijo, un tema que también nos viene desde los clásicos y que aquí cobra dimensiones de epopeya.


Estamos ante un western clásico, con todos sus aditamentos, incluídas las llamativas secuencias de la estampida, una de las películas calificadas como cumbre del género y sin duda de las mejores del maestro Haws, para algunos el mejor de los westerns que filmó, que ya es decir.