viernes, 28 de abril de 2017

MANOLITO GAFOTAS

Manolito García Moreno (David Sánchez del Rey) vive en el madrileño barrio de Carabanchel Alto en un pequeño piso junto a su madre, Catalina ("Cata") (Adriana Ozores); su padre, Manolo (Roberto Álvarez), que siempre está de viaje haciendo portes para pagar las letras del camión; el abuelo Nicolás (Antonio Gamero), que se vino hace dos años del pueblo a vivir con ellos, está mal de la próstata, a Manolito le parece un tipo que mola y desde que el vino, duermen los dos juntos en la terraza del piso que la cerraron con aluminio visto; y su hermano pequeño, al que apoda "El imbécil" (Alejandro y David Martínez), un mote cariñoso que le puso desde que vino al mundo para molestar.
Manolito es conocido en el barrio por su apodo de "Gafotas" y junto a sus amigos, El orejones López (Sergio López del Pino); Susana "bragas sucias" (Laura Calabuig) y Yihad (Álvaro Miranda), el chulito de su barrio, corre sus pequeñas aventuras al tiempo que juega con ellos en el descampado del barrio o junto a la cárcel de Carabanchel, donde tiene que dormir el hermano de Yihad, por haber robado el bolso a una vieja a la que tiró al suelo.
El verano se presenta complicado para Manolito, las mates se le han atravesado y las ha suspendido, aunque toda la familia se confabula para que su padre no se entere del pequeño drama.
El guión se basa en las andanzas del famoso personaje de cuentos creado por Elvira Lindo, uno de los personajes más famosos del mundo mundial, que marcó a toda una generación de pequeños lectores y que ha encontrado un hueco definitivo en la posteridad.


No es la mejor película del mundo, ni siquiera podemos agarrarnos a aquello tan socorrido de que está técnicamente muy bien hecha, ni mucho menos, pero Manolito Gafotas tiene algo especial, ese no se qué que hace a una película entretenida, que atrapa al espectador, que se ve con gusto, que te hace reír o llorar (en este caso puede que ambas cosas) y que cuando surge la oportunidad de volver a verla, no le hace uno ascos.
Es evidente que el personaje está muy bien conseguido, pero sobre todo lo está el entorno y es que Elvira Lindo, que participa en el guión y Miguel Albaladejo, han sabido trasladar muy bien a la pantalla el universo de esta familia de Carabanchel Alto que es un prototipo de tantas y tantas que podrían firmar la misma historia, un relato que muchos conocemos, si no en primera persona, porque nos recuerda a algún vecino muy cercano. Calles, lugares, circunstancias que nos resultan cercanas a quienes formamos parte de esa legión de la clase media baja, que jugó en la calle, que vivía en casas pequeñas, sin ascensor y en la que los vecinos se conocían y convivían sabiendo conjugar las trifulcas con la solidaridad, llegando como podían a fin de mes, sin carencias, pero sin que sobrase nada, manteniendo sus aspiraciones de futuro, pero sabiendo, en el fondo no aceptado de su pensamiento, que lo más probable era que sus hijos tampoco ascendieran en la escala social.
Todos los personajes están bien interpretados, aunque quizá Adriana Ozores sea la que destaque en la construcción de su papel de madre sufrida, trabajadora infatigable e histérica perdida. Pero permítanme que yo me quede con Antonio Gamero, el entrañable abuelo de Manolito que nos trae una actuación en línea con otros trabajos de grandes secundarios del cine español, de los que tenemos tantos y tan buenos.
Como anécdota, señalar que Elvira Lindo tiene un pequeño papel, como la cabo de la Guardia Civil Cardona. Junto a su compañera de patrulla, tienen una escena en la que llevan a Manolito a la playa y este ve por primera vez el mar, expresando su admiración. Cardona le dice a su compañera, mira Benítez (Geli Albaladejo):

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar, 
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir...


Un fragmento de las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique, algo que puesto en boca de una guardia civil, no deja de tener su punto surrealista.




jueves, 27 de abril de 2017

LA BOUTIQUE (LAS PIRAÑAS)

Ricardo (Rodolfo Bebán), un modesto hombre de negocios que es socio de una empresa del sector naval, vive un matrimonio gris y anodino con su joven y bonita esposa Carmen (Sonia Bruno). Por eso emplea la mayor parte de su tiempo libre en las carreras de coches y con algún que otro affaire a espaldas de su mujer. Carmen se siente abandonada y lo cierto es que el matrimonio no marcha bien, algo de lo que es consciente la doctora Luisa Fuentes (Ana María Campoy), la madre de Carmen, por lo que se inventa una historia y hace creer a Ricardo que en la última visita de su esposa al médico, le han diagnosticado una enfermedad incurable y que le queda poco tiempo de vida.
La actitud de Ricardo con respecto a su esposa cambia radicalmente, pues deja sus líos y quita tiempo a su trabajo para dárselo a Carmen, que asiste extrañada a la metamorfosis, pero que se aprovecha de ella. Para que cumpla su sueño y viva entretenida sus últimos meses, Ricardo accede a empeñarse hasta las cejas para abrir una ‘boutique’ que ella regentará. Las deudas se acumulan y además Carmen empieza a flirtear con el decorador que ha supervisado el montaje de la tienda, un tipo culto, educado, sofisticado, y con dinero, llamado Carlos (Lautaro Murúa). Cuando comprueba que ella empieza a frecuentarlo demasiado, incluso mintiéndole, Ricardo desarrolla una doble actitud: por un lado, la sigue, obsesivo, patológicamente celoso, mientras que por otro pone sus ojos en Piti (Marilina Ross), la joven dependienta de la tienda, a la que se propone seducir.
Enterada Carmen del equívoco provocado por su madre, y dispuesta a seguir aprovechándose de él para sujetar a su lado a Ricardo de por vida, a éste no se le ocurre otra solución que idear un crimen perfecto para deshacerse de su esposa.


Y llegó la aventura Argentina.
Berlanga había estado tres años en el dique seco, tras El verdugo y, según él, no porque estuviera dedicado a otras cosas, sino porque nadie se interesaba por llamarle. Hasta que apareció Cesáreo González y firmó un contrato para tres películas con la productora más potente del cine español de entonces.
Berlanga estaba encantado, nadie le iba a exigir cuentas y le iban a dar libertad para hacer su trabajo. Bueno eso era lo que creía, hasta que llegaron los inconvenientes. El primero, que para rodar esta película de la que hablamos, había que irse a Argentina, era una coproducción y así lo exigían las circunstancias. Berlanga se vio fuera del ambiente que conocía y encima le impusieron el reparto. Esto, para un hombre que ha confesado en más de una ocasión que cuando escribe un guión le está poniendo cara a los actores y redacta la historia pensando en ellos, es un inconveniente. En este caso, él había pensado en José Luis López Vázquez y Laly Soldevila para los dos papeles protagonistas y se encuentra de buenas a primeras con un galán argentino y la única española del reparto, Sonia Bruno (sí, la que se casó con "Pirri", el jugador del Real Madrid un par de años después), actriz poco conocida y que no daba para nada el tipo que había imaginado el coguionista y realizador del film.
Así que en lugar de López Vazquez, se encuentra con un guaperas y todo un reparto de actores argentinos, algunos muy conocidos (Lautaro Murúa, Marilina Ross o María Campoy), que a Berlanga le parecieron aprendices y de los que no supo sacar lo positivo que hubiera en ellos. Berlanga opinaba también que la música del film, del mítico Astor Piazzola, era la peor que había firmado en su vida y que al gran Gori Muñoz, encargado de diseñar los decorados, no recordaba haberlo visto una sola vez en el rodaje.
A pesar de todo, Berlanga tiró p'alante que diría un castizo y pese a las angustias de las dos primeras semanas de rodaje, llegó a empatizar con el elemento humano, por ejemplo con los técnicos que le recordaban a los españoles, con un nivel casi de Hollywood, supliendo a base de eficiencia las miserias circundantes y, por si fuera poco, Buenos Aires acabó enamorándole. Pero con los actores, jamás llegó a sintonizar y cuando regresó a España estaba convencido de que era la peor película que había hecho.



El caso es que la película mantiene algunas de las constantes del cine de Berlanga, ese humor ácido característico, en este caso volcado sobre una burguesía de clase media que se aburre y busca remedios en las carreras de coches, los flirteos, la vida social con gente que es como ellos, aburrida y que vive de las apariencias de estar sumergida en un ambiente cultural que en realidad es puro esnobismo.
A pesar de que muchos años después, algunos críticos han querido sacar las virtudes de esta película, por ser de quien es, sin duda, no seré yo quien contradiga al maestro, si a él le pareció mala, por algo sería. A mí, en algunos momentos me aburrió, me parecía que la historia avanzaba a saltos y que estaba algo deslabazada.
No es el mejor Berlanga, por supuesto, pero a pesar de ello, resulta interesante por lo que tiene de diferente dentro de su filmografía.




miércoles, 26 de abril de 2017

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

En 1887, Onofre Bouvila (Olivier Martinez) abandona su aldea pirenaica y llega Barcelona que está en plena fiebre de renovación.
Delfina (Emma Suárez), hija del dueño de la pensión en que se ha instalado, ofrece a Onofre trabajar para el grupo anarquista al que pertenece su novio, repartiendo octavillas entre los obreros que trabajan en la futura Exposición Universal, pero pasado un tiempo, el joven duda de que aquel camino que siguen los anarquistas, que se llevan palos por todos los lados, le lleve a lo que él quiere conseguir, que no es otra cosas que ganar dinero, así que se dedica a vender crecepelo entre la gente a la que antes repartía octavillas. Expontáneamente le surge un ayudante, Efrén Castells (José María Sanz Beltrán "Loquillo"), junto al que se introduce en ese mundo de pícaros y pequeños delincuentes.
Una vez se inaugura la Exposición, Onofre tiene un golpe de suerte. En su vida aparece don Humbert Figa y Morera (Joaquín Díaz), un hombre de oscuro pasado y brillante presente, que le ofrece trabajo. O acepta trabajar para él o va a la cárcel. Onofre no tiene alternativa. Aquel hombre conoce todas sus actividades. Bajo los auspicios de Humbert Figa el joven empieza a conocer una Barcelona que antes desconocía, la Barcelona de los cabarets, de la vida nocturna, de los burdeles. Onofre se gasta mucho dinero en vestir y se relaciona con proxenetas, prostitutas, traficantes de drogas, policías..., pero también empieza a participar en algunos buenos negocios gracias a su patrón.


Basada en la novela homónima de Eduardo Mendoza, la historia nos acerca a los años en que el anarquismo comenzaba a penetrar en Barcelona que sería, a la larga, uno de los bastiones del movimiento.
Asistimos a las luchas entre patronal y obreros y al pistolerismo que llega a suplantar a las autoridades legales y que sería uno de los factores que propiciaría el golpe militar de Primo de Rivera.


A pesar de haber alcanzado el reconocimiento anterior por algunas de las mejores adaptaciones al cine de conocidas obras de la literatura española (Fortunata y Jacinta, La colmena, Los santos inocentes o La casa de Bernarda Alba), en este caso, Mario Camus no está tan afortunado como en otras ocasiones, optando por estructurarla en pequeños episodios que separa con fundidos en negro y que se convierten en un relato de corte realista.
Para quienes no hayan leído la novela de Mendoza, puede resultar entretenida, pero quienes hayan tenido la suerte de leer la obra del recientemente galardonado con el Premio Cervantes, sentirán un pequeño fiasco y es que la novela de Mendoza tiene muchos pasajes que nos recuerdan a El padrino, de Mario Puzo y uno no puede por menos que pensar en lo que se pudo haber hecho con esta novela después de ver lo que consiguió Coppola con la del escritor norteamericano de origen italiano.




viernes, 21 de abril de 2017

QUE DIOS NOS PERDONE

En pleno y bochornoso verano de 2011, las calles de Madrid están colapsadas por los católicos de todo el mundo que se han acercado para ver al Papa y formar parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Una nueva chispa incendiaria que reaviva la llama de un ambiente muy caldeado por la crispación generalizada por la crisis económica y por la aparición unos meses antes del Movimiento 15-M. Un choque de opuestos que acaba desembocando en una guerra urbana de manifestantes contra antidisturbios, el estallido material de ideologías enfrentadas.
En esta atmósfera asfixiante, los inspectores Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo) acuden al levantamiento del cadáver de una mujer en un piso del centro de la capital. Lo que al principio parece un intento de robo infelizmente concluido en accidente doméstico, poco a poco va revelándose como un homicidio. Y bastante sórdido. Será tras aparecer un segundo cuerpo cuando los policías se den cuenta de que, por primera vez en sus carreras, se tendrán que enfrentar a un asesino en serie meticuloso y obsesivo, y que para dar con él tendrán que llegar a comprender el funcionamiento de su mente retorcida.


Difícil es desenvolverse con libertad en este mundo tan complicado del cine, y no digamos tener cierto éxito que te permita acometer proyectos más ambiciosos. Rodrigo Sorogoyen tiene tras de sí una amplia experiencia como guionista de televisión, ejerciendo en alguna de ellas también de director, hasta llegar a 2013 en que rodó para la gran pantalla “Stockholm”, buscándose la vida para obtener los pocos medios con que contó a través del dinero de amigos y entusiastas colaboradores en una campaña de crowdfunding. Es cierto que la película cosechó críticas excelentes y premios, por ejemplo en el Festival de Málaga, pero el balance económico fue negativo. Sin embargo, el premio más importante que le dio aquel film a Sorogoyen, no fueron las tres nominaciones en los Goya, sino que el productor Gerardo Herrero se fijara en el y le apoyara para sacar adelante este interesante proyecto, cuyo guión, escrito con su colaboradora habitual Isabel Peña, se llevó el Premio del Jurado en el último Festival de San Sebastián.


Además del envolvente thriller policíaco, la película tiene algo más que la típica historia de policías y asesinos, con unos personajes alejados de los héroes clásicos, personajes tremendamente humanos con no pocas dificultades para desenvolverse en su vida cotidiana, a la que asistimos, entrando en sus vidas, en sus casas, en sus familias y asistiendo a sus problemas de relación y a las dificultades para amar y relacionarse con el entorno que les rodea.
Con magníficos trabajos de los protagonistas, estupendamente secundados por el resto del reparto, además del triángulo entre el asesino y los dos policías, está la ciudad de Madrid que se convierte en un personaje más de la trama envolviendo a los actores con su calor y las tensiones que se viven en ella.
Hay muchas cosas más, algunas tratadas de pasada y otras con mayor profundidad, como la hipocresía de los mandos y de los políticos o las difíciles relaciones profesionales entre compañeros que se mueven entre la rivalidad, incluso el odio y la complicidad y camaradería.
Película muy entretenida que nos ofrece, por tanto, una buena historia policiaca y un relato de tres personas que aman y odian, personajes cercanos a los que vemos como gente reconocible con la que nos podemos cruzar en cualquier instante.
Una clara muestra de que hay gente que sabe hacer buen cine en nuestro país.




jueves, 20 de abril de 2017

PARADERO DESCONOCIDO

Es algo que me suena de haberlo repetido muchas veces cuando he comentado libros y películas sobre la Alemania nazi: ¿Qué llevó a un pueblo culto a sumergirse en semejante barbarie? ¿Como pudieron dejarse abducir de aquella manera por los manejos de un demente?
En 1932, el alemán Martin Schulse y el judio norteamericano Max Eisenstein, también de origen alemán, son socios en una galería de arte en California, ambos son más que amigos, casi verdaderos hermanos. Martin decide regresar a Alemania, así que Max queda al frente del negocio. Ambos intercambian cartas para mantenerse al corriente uno del otro y del propio negocio, pero cuando en 1933 Hitler asciende al poder, algo cambia radicalmente en el fondo y las formas del pensamiento de Schulse expresado en sus misivas, se convierte en un convencido defensor de la nueva Alemania y su socio queda aterrado ante lo que para él resulta incomprensible.
El relato se publicó por primera vez en 1938 en la revista Story como una denuncia absoluta y clarividente (recordemos la fecha) de la verdadera índole del nazismo. Un año después se publicó en forma de libro y vendió la enorme cifra para la época, de cincuenta mil ejemplares en poco tiempo. Su autora era Katherine Kressmann y el editor pensó que el relato era demasiado duro para aparecer firmado por una mujer, así que le asignó el seudónimo literario de Kressmann Taylor que conservó el resto de su vida.
La clave del libro está en un hecho que presenció Katerine Kressmann y que le llevó a reflexionar sobre lo que pasaba en Alemania y la actitud de los políticos estadounidenses, muchos de los cuales sostenían que en Alemania todo iba muy bien y en 1938, la postura aislacionista en Estados Unidos, era muy fuerte. El hecho a que hacemos mención era, poco más o menos este: Poco antes de la guerra, unos amigos alemanes (cultos, intelectuales, de buen corazón) regresaron a Alemania tras haber vivido en Estados Unidos. En muy poco tiempo se convirtieron en nazis acérrimos. Se negaban a escuchar cualquier crítica contra Adolf Hitler. Durante una visita a California se encontraron en la calle con un íntimo viejo amigo judío. No le dirigieron la palabra. Le dieron la espalda cuando intentó abrazarlos.
Kressmann se preguntó cómo podía ocurrir semejante cosa. ¿Qué les había hecho cambiar de esa manera? ¿Qué les había llevado a ese grado de crueldad?
Algunas de las claves, que no explicaciones (porque no las hay para una mente normal) que pueden ayudar a responder esas preguntas las encontramos en este relato breve que es una pequeña joya literaria, un relato epistolar que nos habla de uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente de la humanidad protagonizado por unas élites y secundado por una parte nada desdeñable de la población de uno de los países más cultivados del momento.



miércoles, 19 de abril de 2017

BELLE EPOQUE

Un joven llamado Fernando (Jorge Sanz), tras el fallido golpe de Jaca deserta de la base aérea de Cuatro Vientos donde está destinado. Unos meses después, en febrero de 1931, se tropieza con unos guardias civiles por la zona por la que deambula. Tras conocer sus ideas políticas, le arrestan.
En un determinado momento uno de los guardias (el cabo), decide soltar al joven arrestado en contra de sus propias ideas políticas, el compañero de éste no está de acuerdo porque lo considera una traición hacia la ley y amenaza con matarlo si suelta al joven. El cabo, que además es suegro del otro guardia, le desafía, recordándole que es uno de los miembros de su familia y no tendrá valor para hacer lo que dice, pero el guardia en un momento de locura, dispara y lo mata, reaccionando acto seguido cuando es consciente de lo que ha hecho y arrepentido de lo ocurrido, suicidándose a continuación. El joven, atónito ante lo sucedido, huye despavorido.
Fernando, ex-seminarista, joven y guapo, conoce entonces a Manolo (Fernando Fernán Gómez), un viejo pintor, sabio y escéptico, que le ofrece cobijo en su casa en medio del campo, pero también su amistad. Llega el día en que el joven debe irse, pues vienen de Madrid las cuatro hijas del pintor a pasar unos días con su padre. Cuando el joven ve descender del tren a Clara (Miriam Díaz-Aroca), Violeta (Ariadna Gil), Rocío (Maribel Verdú) y Luz (Penélope Cruz), decide no coger el tren y regresa a casa de Manolo. Esos días marcarán el resto de su vida. En terreno tan propicio, Fernando descubrirá pronto los placeres terrenales pero, también, lo pasajera que acostumbra a ser la felicidad, el joven enamora, y se enamora, sucesivamente de las cuatro chicas, teniendo relaciones sexuales ocasionales con tres de ellas, Clara,Violeta y Rocío, las mayores. Luz, la hija menor, está enamorada de Fernando que acabará pidiéndola matrimonio.


Segunda película española en obtener el Oscar de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa a pesar de que no contaba mucho en las predicciones.
Es conocida la anécdota de Fernando Trueba cuando recogió el galardón y en su breve alocución de agradecimiento dijo: "Me gustaría creer en Dios, pero sólo creo en Billy Wilder, así que, gracias Sr. Wilder".
A los pocos días, el genial cineasta estadounidense de origen austriaco, le llamó para agradecerle el detalle. Cuando Trueba descolgó el teléfono, Wilder le dijo: "Hello Fernando, I'm God"("Hola Fernando, soy dios").


El film es técnicamente brillante, muy bien fotografiado por José Luis Alcaine y con un buen trabajo de iluminación; cuenta además con un guión del gran Rafael Azcona, bien construído, que da pie a una película sin pausas que entretiene al espectador, con muchos momentos de humor, pero también con llamadas de atención sobre que la felicidad es perecedera.
Las actuaciones más que correctas en general y, aunque el peso de la narración lo llevan el protagonista y las cuatro chicas, hay un magnífico trabajo de los secundarios, empezando por Fernando Fernán Gómez y siguiendo por el resto de nombres, algunos muy conocidos en el cine español (Agustín González, Chus Lampreave, Gabino Diego, Juan José Otegui, María Galiana...).


Trueba lleva a la pantalla la historia de un sueño, de una entelequia si se quiere, una especie de paraíso en la tierra. No es baladí que la acción se sitúe en el tiempo inmediatamente anterior al advenimiento de la II República, pues aquello también fue un sueño de algo que pudo ser y no fue.
Es una historia de libertad en todos los sentidos, aunque alguno sólo se fije en el aspecto sexual, pero en realidad no se detiene únicamente en eso, sino que la libre expresión de ideas, o el papel de las mujeres, a las que se presenta como personas cultivadas y dueñas de su persona, redunda en ese discurso, que se remata con un entorno bucólico, alejado de una realidad que no era la que se nos muestra de sana convivencia. Así acabó todo como acabó, incluso antes de haber empezado.
Lo dicho, la historia de un sueño.




martes, 18 de abril de 2017

EL MONARCA DE LAS SOMBRAS

Javier Cercas escribe la novela que siempre tuvo en mente y que había pensado durante mucho tiempo que nunca escribiría.
Reconstruyendo la vida de su pariente Manuel Mena, en parte real, en parte imaginada, dado que hay pasajes de ella que son imposibles de conocer por el tiempo transcurrido, Cercas reflexiona sobre la Guerra Civil española, los motivos de la contienda y lo que pudo empujar a algunas personas a militar en uno u otro bando.
Manuel Mena era un joven, casi un niño, cuando pasó a engrosar las filas del ejército de Franco recién estallado el conflicto bélico, sólo dos años después perdía la vida en la Batalla del Ebro. La muerte de aquel joven alférez provisional en acto de guerra, le convirtió en una especie de héroe en el entorno familiar de Cercas, pero el escritor pretende buscar qué hay tras el mito, cuál era la realidad de la persona debajo de la mitificación de la que se ve orlada su figura.
En realidad, ya digo que la figura de Mena es una disculpa para espantar los fantasmas del propio autor, avergonzado del pasado franquista de su familia e intrigado, a la vez que deseoso de comprender por qué gentes sencillas del lugar donde nació, Ibahernando, un pueblo cercano a Trujillo, como ocurrió en otros tantos lugares de España, se fueron a la guerra enrolados en lo que para él era el bando equivocado, porque Cercas defiende que aquella gente, pequeños propietarios o jornaleros sin tierra, debieron ser republicanos y que era en la República en quien debían tener depositadas las esperanzas de salir de su situación de postración, atraso e incluso cierta miseria.
Una de las conclusiones a las que llega es que aquella gente, que no eran precisamente ricos, incluso en algunos casos directamente pobres, eran a un tiempo lo que se conoce como gente de orden, espantados ante los acontecimientos que, o bien habían presenciado, o bien habían llegado a sus oídos, sobre desmanes en forma de huelgas, destrucción de maquinaria en las dehesas, incluso represalias contra algunos de los pequeños propietarios agrícolas, y se vieron impelidos a alinearse en el bando de los golpistas.
El libro de Cercas, en el que expresa conclusiones personales, pero argumentadas, ha servido la controversia, alimentada desde ciertos sectores intransigentes de la progresía de izquierdas que se posiciona directamente contra el enfoque que da el autor. Para algunos, este libro, al menos tal cual está, nunca se debió escribir, porque entienden que da cierta imagen de normalidad al bando nacional. Mi particular opinión es que Cercas, lo que trata es de llegar a comprender, simplemente, y las conclusiones a las que llega pueden ser criticables, pero son personales, como ya he dicho y creo que en el libro, la idea que queda expuesta, es que las cosas raramente son blancas o negras, que unos mataron y otros también, que unos y otros tenían sus razones (Cercas deja bien claro con quién está y que lo de Franco fue un golpe contra un gobierno democrático) y que en ambos bandos se cometieron tropelías sin cuento.
Que a él le hubiera gustado que fuera de otra forma, que nadie hubiera levantado la mano contra la República, queda bien sentado, simplemente trata de entender algo de lo que pasó y reflexionar sobre ello, porque lo que está también claro es que hubo mucha gente que apoyó a los militares rebeldes y muchos de ellos lo hicieron sin recibir nada a cambio, pero siguieron siendo franquistas por convencimiento de que aquel era su bando.
De cualquier manera, a quienes ahora, con la ventaja que da la perspectiva histórica, juzgan a quienes protagonizaron aquella etapa de la historia reciente de España (y no me refiero a los protagonistas de primera fila), habría que recordarles que, pese a lo que les cuenten y a la realidad que les quieran hacer ver, en España, fuera por convicción, fuera por conformismo, la mayoría de la gente estaba instalada en una cómoda posición de laissez faire y que muchos de ellos, muchas de aquellas familias, en Galicia, en Castilla, en Extremadura, pero también en Madrid, en Cataluña, o en el País Vasco, tenían entre sus miembros personas que habían estado con Franco, aunque fuera por omisión, bien que fuera verdad lo que dice el autor sobre su tío abuelo, que "no murió por la patria, sino por una panda de hijos de puta que envenenaba cerebros".
Pero repito, eso lo vemos (quien lo vea así, claro) ahora, pero entonces...
De cualquier modo, el libro de Cercas se lee con agrado, está bien escrito, sus protagonistas son personas reales, perfectamente reconocibles y resulta dinámico, ameno y con pasajes en los que no falta la acción y el humor.