jueves, 27 de agosto de 2026

LOS CABALLOS DE DIOS

 


Yachine (Abdelhakim Rachid) tiene diez años y vive con su familia en Sidi Moumen, un poblado de chabolas de Casablanca. Su madre, Yemma (Fatima El-Kraimy), hace lo que puede por sacar adelante a la familia. Su padre tiene la mente enferma y de sus tres hermanos uno está en el ejército, otro vive encerrado en su mundo y el tercero, que tiene trece años y se llama Hamid (Abdelilah Rachid), es un matón de barrio y el protector de Yachine. Cuando Hamid es encarcelado, Yachine se ocupa de varios trabajillos que le ayudan a escapar del marasmo provocado por la violencia, la miseria y la drogadicción que la rodean. Cuando Hamid sale de la cárcel se ha convertido en un islamista radical y convence a Yachine y a sus amigos para que se unan a sus ‘hermanos’. El líder espiritual del grupo, el imán Abou Zoubeir (Mohammed Taleb), se encarga de dirigir el prolongado entrenamiento físico y mental de los muchachos, antes de anunciarles que han sido elegidos para convertirse en mártires.


Los hechos que narra la historia, se inspira en la novela Les Étoiles de Sidi Moumen, del marroquí Mahi Binebine que trata sobre los llamados atentados de Casablanca. 
El viernes 16 de mayo de 2003 en lo que se ha venido a denominar el «11 de septiembre marroquí», cinco explosiones casi simultáneas (una de ellas, la de consecuencias más sangrientas, en la Casa de España) producidas por 12 suicidas, golpearon la capital económica de Marruecos, Casablanca, sembrando el terror con un balance de 45 muertos y más de 100 heridos.


Con guion y dirección del francés de ascendencia marroquí Nabil Ayouch, nos muestra cómo un joven puede convertirse en mártir para algunos, en terrorista para otros, en un mundo de niños sin guía, sin educación, sin siquiera autoridad, poblado de personajes violentos e incluso, en ocasiones, vulgares. 
De buena factura técnica, la narrativa está marcada por varias metáforas. El título es bastante revelador, evocando combatientes, guerreros o personas que sirven como monturas para un destino que, en última instancia, los domina, los supera y los aplasta. El realizador dedica más tiempo a describir la miseria social, antes de llevarnos al adoctrinamiento religioso, intentando comprender (nunca justificar) a estos jóvenes terroristas suicidas en lugar de condenarlos, lo que puede crear una sensación de inquietud en el espectador. Lo hace mostrándolos como víctimas de una situación socio económica y de unos entornos familiares, propicios para que sus conciencias puedan ser manipuladas y dejando en el aire una pregunta que nunca se hace en el film, pero que se desprende de lo que vemos: Si tan convencidos están estos imanes de que al inmolarse van directos a un paraíso lleno de maravillas, ¿por qué no lo hacen ellos y buscan a unos incautos dispuestos a hacerlo, mientras ellos siguen "disfrutando" las desgracias de esta vida?




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