Martín Echenique (Federico Luppi) es un director de cine argentino que lleva más de veinte años viviendo en Madrid. No echa de menos a su país porque no cree en las patrias y se niega a recrearse en la nostalgia. Su hijo, al que todos llaman Hache (Juan Diego Botto), tiene 19 años y vive en Buenos Aires con su madre. Ni estudia ni trabaja; callejea y toca su guitarra eléctrica. Después de cinco años sin verse, vuelven a encontrarse en Buenos Aires cuando Hache sufre una sobredosis. La exmujer de Martín propone que el chico viva con su padre. En Madrid les esperan dos personas: Alicia (Cecilia Roth), la amante de Martín, una mujer más joven que él y harta de estar con un hombre que es incapaz de asumir ningún compromiso; y Dante (Eusebio Poncela), un actor que es el mejor y casi único amigo de Martín, y cuyo mayor placer es vivir en la cuerda floja. Martín comparte su vida con gente apasionada, pero él no se permite el lujo de sentir. El que ama está expuesto al dolor, y eso le da pánico.

Dirigida por Adolfo Aristarain con música de Fito Páez, se trata de un drama crudo entre cuatro personajes, que apenas dejan de hablar, con diálogos de estudiada naturalidad y en ocasiones casi filosóficos.
Martin padre es un personaje que hace sufrir a los que tiene cerca, que le aman de veras. Dante, su amigo, se lo hace ver, siendo una especie de conciencia del otro. A la vez, recibe las confidencias de Hache, a quien trata de orientar en su desconcertada juventud. Pero, a su vez, Dante es un personaje contradictorio, un epicúreo, como el se define, que busca en la vida gozar del placer al máximo, ya sea a través del sexo o de las drogas.
El trabajo de Aristarain nos ofrece una visión pesimista del ser humano, con una soledad interior y una condición moral que se ahoga en el egoísmo. Eso sí, la lealtad entre los amigos y los lazos de sangre ofrecen un leve rayo de esperanza.




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