sábado, 23 de mayo de 2015

GRANDES PRINCIPIOS DE NOVELA (LA REGENTA)

La Regenta, tenida por la mejor novela del realismo español, cuya publicación se encontró con no pocas dificultades en su momento, por su argumento, tenido por escandaloso y sobre el que la Iglesia plantó su dedo acusador y a la que la sociedad ovetense rechazó, pues en la ciudad de Vetusta, es claramente reconocible la capital asturiana y la tilda de ciudad pequeña, de provincias, con un ambiente de cotilleo, maledicencia, vulgaridad, incultura e hipocresía.
Sin embargo, el paso del tiempo ha ido poniendo a cada cual en su sitio y hoy, la capital del Principado, rinde homenaje a "Clarín" y a su novela, por medio del personaje de Ana Ozores que tiene una presencia destacada y perpetua en la plaza de la catedral.
La ironía es una de las claves de la prosa del autor, siempre la manejó con maestría, unas veces de manera explícita y otra de forma más solapada, pero es una de sus señas de identidad y el comienzo de La Regenta es una prueba fehaciente, ¿hay algo más heróico que dormir la siesta?
Y el retrato de la catedral, que se convierte en un personaje más de la novela, una obra de arte de la descripción.

LA REGENTA:

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de polluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esa arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza...





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