viernes, 22 de julio de 2016

LOS INVITADOS

En el cortijo andaluz «Los Galindos», se producen cinco asesinatos, sin que la investigación posterior llegue a establecer los móviles ni la identidad de los criminales. A partir de este hecho real –que pertenece a la crónica de sucesos–, entre el reportaje y la novela, la película reconstruye una verdad a un tiempo verídica y novelesca, pues la verdad auténtica nunca llegó a conocerse y en 1995, el homicidio, uno de los más sangrientos de nuestra crónica negra, prescribe, según el artículo 13 del código penal. Los homicidas impunes, siguen en libertad o han fallecido en el transcurso de los años, sin haber pagado por su crimen.
La acción retrocede en el tiempo y nos traslada a Inglaterra, donde se nos presenta al ex legionario Tony McKenzie (Pablo Carbonell), un aventurero relacionado con la mafia de la droga, pasando la noche en un hotel con una de las camareras del establecimiento. Allí recibe la inesperada visita de unos enviados de los clanes de la droga que le comunican que los jefes han decidido pagar la fianza para que salga libre de la cárcel (se supone que está de permiso de fin de semana o algo así), pues por su dominio del español y su conocimiento del país, le van a enviar a España, con el fin de comprobar si se puede plantar marihuana para sustituir a la que procede de Marruecos.
Atraviesa la Península, hasta que, cerca del pueblo sevillano de Paradas, simula una avería en el coche para pedir ayuda en un cortijo próximo llamado «Los Galindos», y éste es el punto de arranque de una extraordinaria historia, que sigue muy de cerca los hechos reales y que termina en un baño de sangre.


Basada en la novela homónima del sevillano Alfonso Grosso, con la que fue finalista del Premio Planeta en 1978.
Grosso fue un autor peculiar, junto a novelas comerciales, escribió otras en las que se deja ver una clara crítica social y esta es una de ellas, exponiendo la pobre vida del campo andaluz, con personas atadas a la tierra en condiciones nada envidiables.
El film retrata a un personaje, el capataz de la finca, interpretado por el argentino afincado en España, Raúl Fraire, un tipo de poca cultura, obediente con sus amos, de carácter fuerte y arisco, que se ve involucrado en el negocio de la droga debido a sus escasos medios económicos y al deseo de ayudar a su hija, que vive en Barcelona y cuyo marido se ha quedado en paro. Al final, los remordimientos de conciencia de él y de su esposa, les pasarán trágica factura.


Interesante y entretenido film, que tiene algo de testimonio social de la época, realizado con eficacia por Víctor Alcázar (salvo un par de escenas con niños que están bastante mal), nos permite ver rostros muy conocidos, pero que el espectador no tiene por qué asociar exactamente con el cine. Aparte de Amparo Muñoz, tenemos al citado Raúl Fraire, cuya cara es de sobra conocida, sobre todo por la multitud de papeles secundarios que interpretó en cine y televisión; Lola Flores, Pablo Carbonell, Pedro Reyes o la tristemente desaparecida Sonia Martínez.
La película no es, pues, más que una aproximación a la verdad, o tal vez la verdad misma, quién sabe. El caso es que sabe mantener el enigma y entretejer las mallas del relato con la presentación de nuevos personajes y la incorporación de insospechados acontecimientos. Una buena combinación de cine negro con cierto aire documental.




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