domingo, 1 de noviembre de 2009

LOS MONSTRUOS DE SANTA ELENA

En 1815 fue confinado por los ingleses en la isla de Santa Elena, donde pasó los últimos años de su vida.
Así podría acabar cualquier biografía sobre Napoleón. Y es en este punto donde comienza esta novela de Brooks Hansen, donde se nos narran de forma novelada parte de esos últimos días de Napoleón, porque su estancia en aquellas lejanas tierras, tuvo dos etapas, una (la última y más extensa) en Longwood, una casa de campo de madera que se construyó expresamente para el Emperador, en una meseta sin protección a más de quinientos metros de altura y, mientras se construía esta, una breve estancia en un domicilio particular, Las Zarzarrosas, pertenciente a William Balcombe. Es en esta primera etapa, en la que se centra la novela de Hansen.
Se narran en ella las tensiones en el círculo del General, el revuelo que se produce en la isla, que contaba a la sazón con menos de dos mil habitantes, más una guarnición de 1.380 soldados. De repente, Santa Elena, situada a 1.700 kilómetros del lugar más cercano, la costa occidental de África y a 8.000 kilómetros de Francia, se convertía en el centro del mundo, en ella se instalaba el ser más odiado, más amado y, sin lugar a dudas, más conocido de entonces. Su estancia allí ha supuesto que la isla figure para siempre en los manuales de historia. No es de extrañar pues, que su vida tranquila, sólo interrumpida de vez en cuando, cuando atracaban buques para aprovisionarse, se viese alterada desde la raíz a la superficie.
El autor nos habla de los esclavos, sobre todo a través de la figura de Toby, el jardinero de Las Zarzarrosas, oriundo de Java, lo que le da pie para introducir algunas tradiciones de esa lejana isla que tienen su importancia en el desarrollo de la novela, pues los esclavos y algún otro isleño cercano a este colectivo, mantiene sus propias creencias, relacionadas con estos ritos ancestrales y alejadas de la moral cristiana de los ocupantes blancos. El pastor que dirige a la comunidad británica, está empeñado en hacer desaparecer esa situación y atraer a los habitantes de color hacia su fe, una situación que incomoda a los terratenientes y negociantes locales, poco preocupados por esos aspectos.
El pulso constante de Napoleón con los soldados que le custodian, jamás perdonará a las autoridades inglesas que le hayan traído a este inhóspito y alejado lugar, él contaba al ponerse bajo su custodia, con que le enviarían a América o a otro lugar donde pudiera moverse con mayor libertad. No es un lugar atractivo. Habría sido mejor permanecer en Egipto. Así se sentía Napoleón en la minúscula isla. Siempre se sintió traicionado por Inglaterra y esto le llevó a plantear situaciones que a los mandos de la guarnición que le custodiaba, les resultaron incómodas y que no dudaron en calificar de altaneras y desconsideradas.
Hay un personaje, Fernao Lopez, un proscrito portugués, supuestamente el primer habitante de la isla en 1530, cuyo espíritu sobrevuela constantemente, sobre todo la vida de los esclavos, que creen que les sigue acompañando y cuya historia se nos va deshojando a lo largo de la novela y que, en mi opinión, queda un poco desaprovechado.
El asunto alrededor del que gira la obra es la relación de amistad de Napoleón con una adolescente, Betsy Balcombe, la única persona capaz de traspasar su fachada imperial y conocer al hombre orgulloso y herido que se esconde tras ésta.
Pero sobre todo, el personaje central de la novela es la propia Isla, la que permanecerá a través de los tiempos, todo lo demás son nubes de paso, incluído el hombre que acabó allí sus días tras sacudir y convulsionar a medio mundo.
Como cosa curiosa, añado que me ha llamado agradablemente la atención que, en la bibliografía que cita el autor al final de la novela, figura un autor español, Vicent Cronin, que tiene publicada una interesante biografía de Napoleón que, por si a alguien le interesa, se puede descargar libremente en Internet, aún cuando en su momento (1974) estuvo editada por Bruguera.

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