Basada en hechos históricos, el libro de la australiana Hannah Kent, es un relato ficticio que narra la historia de Agnes Magnúsdóttir, la última persona ejecutada en Islandia en 1830. Condenada a muerte por su participación en el asesinato de dos hombres, y sin prisiones en Islandia en aquel entonces, Agnes es enviada a esperar el tiempo previo a su ejecución en la granja del humilde alguacil de distrito, donde también viven su esposa, sus dos hijas y sus criados. Sabemos cómo terminará y la historia se centra en el viaje psicológico, emocional y espiritual que nos llevará a descubrir más sobre el pasado de Agnes. La narración se presenta en pasajes alternos, pasando de la tercera persona, que ofrece una visión más amplia, a la propia voz de Agnes, que revela el tormento, el miedo, la superstición, el deseo, la añoranza, los celos y la traición que la atormentaron. La vida de Agnes va aflorando a través de las conversaciones con el joven sacerdote que trata de confortarla en sus últimos días y también en las que mantiene con Margrét, la esposa del alguacil, cuando ésta ha conseguido superar las barreras que la separan de la convicta.
Agnes es un personaje fascinante, estoica y silenciosa, como si estuviera resignada a la opinión que la gente tiene sobre ella y no estuviera dispuesta a esforzarse por cambiar sus pareceres, pero mediante una suave persuasión el joven sacerdote logra que le cuente su historia, y lo que sigue es un lento y atmosférico despliegue del pasado, revelando su verdad poco a poco. La dinámica entre Agnes y la madre de la casa también está bellamente desarrollada; una mujer pragmática, inicialmente furiosa por tener a una asesina entre ellas, pero a medida que la historia avanza y la va conociendo, empieza a verse a sí misma y a apreciar a la mujer que tiene delante, en lugar de la reputación que la precede, lo que permite a Kent explorar el dilema ético de si una buena persona es capaz de hacer algo malo.
La autora contrasta magistralmente los vastos paisajes, inclementes, duros e impresionantes, con las viviendas claustrofóbicas y sofocantes; capturando la crudeza, la suciedad y las temperaturas gélidas de la Islandia rural a principios del siglo XIX, así como la contradictoria sensación de soledad y asfixia que se experimentaba.

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