El autor desgrana en cada uno de los breves capítulos del libro, recuerdos y vivencias a modo de autobiografía ligada a recuerdos culinarios que le llevan a lugares varios de la geografía española (Málaga, Madrid, La Alcarria, Galicia...) y a algunos de los sitios del extranjero en los que ha pasado algún periodo de su vida o viajado como simple turista (Inglaterra, Italia, Francia, Paraguay, Brasil...).
En ocasiones, la obra tiene algo (bastante, según se mire), de etnografía vivida, sobre todo en los primeros capítulos que nos hablan de una época ya desaparecida que, a quienes ya tenemos una edad, nos trae recuerdos de infancia y juventud, de un mundo que, como digo, ya no existe y más aún para los que teníamos pueblo, en el sentido de localidad rural que aunque no fuera en la que vivíamos, era donde sí lo hacían, abuelos o familiares cercanos que nos permitía pasar largas temporadas en ella, incluso las pequeñas ciudades de provincia (capitales incluidas), en que la vida era diferente a la de los grandes núcleos urbanos.
Entre plato y plato, entre bebida y bebida, en medio de las recetas gastronómicas, Vicente Clemente, recuerda la puerta con cuarterones o la lumbre baja de casa de sus abuelos; la suerte de haber podido jugar en la calle sin el menor peligro; la matanza y todo lo que conllevaba de jolgorio para los pequeños, claro, nosotros no teníamos que hacer las faenas más duras de lavar las tripas con agua fría en pleno mes de enero, como mucho, agarrar al marrano del rabo, creyendo que hacíamos algo. Y aquellas cosas de otro tiempo, como que jamás nos preguntaran qué queríamos comer o merendar, te daban lo que tocaba y si no lo comías, nadie te iba a dar otra cosa; o el hecho de que te dieran a beber vino (eso sí, con gaseosa) a edades en las que hoy sería visto poco menos que como un acto delictivo y muchas otras cosas: La vendimia; comer tomates que sabían y olían a tomate o darse Nivea para el sol y evitar quemaduras en la piel (los protectores solares, no habían llegado aún).
No creo que fueran tiempos mejores (ni peores, por supuesto), seguramente para nuestros padres y abuelos, que tenían que currarse el sustento, no lo serían, pero sí para nosotros que, salvo casos que por desgracia nunca faltan, están llenos de recuerdos amables, olores y sabores inolvidables y la inocencia de la infancia que todo lo ve de otro color más optimista.
No se cómo verán el libro los potenciales lectores jóvenes, si como lo que es, un texto bien redactado y lleno de curiosidades o simplemente como una recopilación de las historias del Abuelo Cebolleta (que, por cierto, más de uno no sabrá ni quien era este personaje), a mi me ha resultado ameno, entretenido y muy facilito de leer.

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