miércoles, 27 de mayo de 2026

LA PECADORA (DIE SÜNDERIN)

 


Marina (Hildegard Knef), una antigua prostituta, vive con Alexander (Gustav Fröhlich), un artista sin éxito. Este sufre un tumor cerebral que amenaza con dejarle ciego. Con el fin de financiar la operación que pueda salvarle, Marina está dispuesta a afrontar cualquier sacrificio, aunque suponga retomar su antigua profesión de manera circunstancial.


Dirigida por el austriaco Willi Forst, la película causó controversia en su momento (1951), no solo por la escena de desnudo de la protagonista, sino por abordar asuntos como la prostitución, la eutanasia o el suicidio, como formas comprensibles y lógicas de actuar en determinadas circunstancias.


Hoy en día, la película está clasificada por el organismo de autorregulación voluntaria de la industria cinematográfica alemana, para mayores de 12 años y es más que probable que a cualquier adolescente que la vea, le resulte incluso anodino o aburrido contemplar el fugaz y distante vistazo del toples de Hildegard Knef. Con sus sermones moralizantes, los críticos azuzaron, sin darse cuenta, el morbo y el interés del público por ver la película. 
Lo que sí resulta cierto es que el personaje de Marina representa la antítesis que la corriente dominante en aquella Alemania de posguerra esperaba de la mujer: Linda, femenina y sumisa, que se adapta a los deseos y al estilo de vida de su marido en particular, y de los hombres en general. Una imagen que responde a la hipócrita inocencia de las películas destinadas a complacer al público medio durante el milagro económico y a proclamar la respetabilidad burguesa de la sociedad como la norma. 
La película, en muchos momentos, no deja de parecer una novela romántica bastante simple, llevada a la pantalla, entretenida por momentos, pero sin mucho a destacar.




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