miércoles, 9 de junio de 2010

LA ESTRATEGIA DEL CARACOL

Para llegar al público, en este caso al espectador, a veces las obras de arte (literatura, teatro, etc.), en este caso una película, el artista ha de recurrir a esos "trucos", que no son sino recursos y además de estar establecidos son, no solamente legítimos, sino difíciles de llevar a la práctica, hasta el punto de que cuando dan resultado marcan la diferencia entre un magnífico trabajo y una cosa mediocre.
Es el caso de esta peli, que se disfraza de comedia para relatarnos un auténtico drama que toma como punto de partida situaciones reales. En los años 80 algunos barrios pobres de grandes ciudades, en este caso Bogotá, fueron literalmente barridos del mapa, con familias enteras "lanzadas" (desalojadas) de sus viviendas y puestas de patitas en la calle, para construír en su lugar modernos edificios.
Ese, como digo, es el punto de partida de este relato, en el que un edificio habitado por un conjunto de variopintos personajes, va a ser desalojado para beneficio de un propietario especulador que ni siquiera les conoce, pero que está dispuesto a todo para cumplir sus planes, eso sí, a través de intermediarios que le permitan conservar sus manos "limpias". Este tipo de personas, no puede "perder el tiempo" con semejantes pequeñeces.


Don Jacinto, un viejo anarquista español, diseña una estrategia totalmente surrealista e imposible, para enfrentarse a jueces, policías, matones, especuladores y otras gentes poco escrupulosas, siempre dispuestas a corromperse ante los poderosos.
Todos los vecinos del inmueble, independientemente de su situación personal y de sus creencias, se unen para salvar su casa, sus pobres pertenencias. En realidad, no es más que una alegoría, pues en realidad, lo que ellos defienden es su propia dignidad como personas.
Por el tono de comedia de la película, no he podido por menos que recordar aquellas películas españolas de posguerra en las que uno se reía con Pepe Isbert de las privaciones y amarguras que pasaba la gente. A pesar de ello, el dramatismo del guión sigue presente en todo el film.


La película es un canto al honor y la dignidad. La fe en lo que se hace, puede conseguir imposibles y los pequeños pasos, como los del caracol, también sirven para avanzar.
El guión guarda alguna similitud con el proceso de elaboración de la propia película, que tardó cuatro años en ser completada por los ingentes problemas económicos.
Tiene un montón de situaciones graciosas, pero también enternecedoras y sugerentes, lanzando numerosos mensajes al espectador "iniciado". Recuerdo, por ejemplo, la vivienda del viejo anarquista, donde además de guardar una apolillada bandera de la C.N.T., puede verse en la pared un retrato de Durruti.
Podría citar una retahíla de frases que salpican la película, pero voy a repetir la que le sueltan al testaferro del dueño del predio (como dice el abogado de los inquilinos e inquilino él a su vez, que ni siquiera acabó la carrera de derecho). Le está hablando sobre el derecho a la propiedad privada y le replica el abogado: "Su madre nunca fue propiedad privada"
Y otro par de ellas que el narrador de la historia, antiguo inquilino de la casa desalojada, le dice al periodista, interpretado por un joven Carlos Vives, antes de llegar a ser el famoso cantante que es ahora. Al principio de la película, el entrevistado dice que una de las causas de que se produzcan situaciones así es "La injusticia de la Justicia". Y ya al final de la peli, cuando el periodista le pregunta que para qué vale toda aquella lucha, le replica: "¿Cómo que para qué? ¿Y es que la palabra dignidad no existe o qué?... Preguntas tan pendejas las de este güevón"




2 comentarios:

  1. Mira por donde. Esta película es hoy día de obligada visión para Sindicalistas, burócratas y politiqueros. La palabra DIGNIDAD. La idea de la dignidad humana, dignidad del trabajador, de ... los inquilinos desalojados . Otro buen recordatorio, amigo Trecce. Un saludo

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  2. La dignidad que tendrían que tener algunos para irse a su casa reconociendo que no pueden o no saben arreglar las cosas. Oye, no se marcha ni uno.

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