lunes, 23 de marzo de 2026

LA BALADA DEL SOLDADO

 


Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven soldado Alyosha (Vladimir Ivashov), de apenas 19 años, va a ser propuesto para recibir una medalla como recompensa por un acto heroico en el frente. En lugar de esta distinción, pide unos días de permiso para visitar a su madre y reparar el techo de su casa. En el tren rumbo al este, conoce a Shura (Zhanna Prokhorenko), una joven que se dirige a casa de su tía. Durante esos pocos días de viaje, vivirán su breve historia de amor.


Tras la muerte de Stalin, la URSS vivió una especie de apertura (entre comillas) que no duró mucho, pues aquello se fue matizando para no dejar demasiado suelto al personal. Este breve periodo se notó en algunas obras artísticas, cine incluído, que aprovecharon la situación para poder expresarse en un lenguaje hasta entonces impensable. 
Esta no es una clásica película bélica que exalte al héroe y en el que la valentía quede patente, tampoco lo es en el plano visual, no hay grandes despliegues bélicos. Lo que aquí vemos es un héroe que está muerto de miedo, según propia confesión y que ante la cercanía irremediable de la muerte, ya con todo perdido, se enfrenta él solo a los tanques enemigos inutilizando un par de ellos, incluso la secuencia de todo esto resulta bastante cutrecilla, porque este no es el asunto que preocupa a Grigori Chukhrai. El asunto central arranca a partir de aquí, lo visto hasta entonces es mera excusa para que el soldado emprenda su viaje en el que veremos toda la tragedia de la guerra sobre la población civil y la historia romántica entre Alyosha y Shura, su aproximación, su progresivo enamoramiento, una amor en el que ni siquiera tienen tiempo para darse un beso, porque antes de que fragüe, han de separarse y todo queda en el imaginario de lo que pudo ser y no fue. 
Pero hay mucho más, porque en el camino surgen historias paralelas mediante las que el realizador nos va describiendo situaciones hasta entonces nunca reflejadas en el cine soviético: La prostitución, la corrupción, la ayuda americana o la desesperanza de la gente ante las penurias, entre otras cosas. Todo ello con algún que otro sutil toque de humor e ironía, además de una fotografía fascinante, escenas perfectamente planificadas, un ritmo de lo más adecuado y un lenguaje cinematográfico que no excluye el componente poético en muchas de las imágenes que se nos muestran. Da la impresión de que absolutamente todo en la película está pensado para destacar, por encima de otras consideraciones, un canto a los seres anónimos, exaltando sus virtudes, pero señalando sus defectos, hasta el hecho de que en ningún momento se nos hable de un soldado soviético y sí de un soldado ruso, parece querer dejar de lado las ideologías para centrarse en las personas.


Con su poética imaginería visual, la película de Grigori Chukhrai, es una reflexión poco convencional sobre los efectos de la guerra, estando considerada como un hito en el cine ruso.




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