martes, 10 de septiembre de 2019

¡QUÉ MAGNÍFICA DESOLACIÓN!

A la posteridad pasó la frase del astronauta norteamericano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, ya saben, aquello de un pequeño paso para el hombre, pero gigante para la humanidad.
Nadie recuerda lo que dijo su compañero y segundo hombre en pisar el satélite de nuestro planeta, Edwin Aldrin, más conocido como Buzz Aldrin: "¡Qué magnífica desolación!". Sin que lo pretendiera, su expresión resume mejor lo que había significado la carrera espacial a la Luna; el logro había sido magnífico, combinando lo mejor de la investigación tecnológica, con la imaginación y el valor. Sin embargo, su resultado era un tanto desolador, aquello había sido más una carrera por el prestigio de las dos grandes potencias de entonces, que por el valor que en sí mismo podía albergar la llegada al vecino planeta, la Luna no era relevante para los terrestres, lo relevante era llegar primero. Económicamente no tenía mucho sentido, pero en la época de la Guerra Fría, el valor del dinero era relativo frente a la importancia de aventajar a los rusos. Tras la conquista, Estados Unidos perdió el interés en la carrera espacial y tras la misión Apolo 17 (a la que corresponde la fotografía del encabezamiento), en diciembre de 1972, ya no volvió a la Luna.



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