jueves, 15 de julio de 2010

EL HEREJE

Leer a Delibes es ir sobre seguro y después de saborear la que fue su última novela, no me cabe la menor duda de ello.
El Hereje es una novela histórica, pero también es mucho más, según el propio autor es un homenaje a su ciudad y al leerla, uno sabe que está en el Valladolid del siglo XVI, pero es como si camináramos por la ciudad actual. Al discurrir por la Corredera de San Pablo, por la calle Santiago, por Mantilla, uno ve lo que ahora se puede ver y a mí hasta se me representaba una placa que he visto en alguno de mis paseos, en la que se nos recuerda que por allí discurre parte de la novela.
El libro trata sobre una época oscura de la historia de España, la Reforma Luterana se extiende por el continente y en Valladolid, de la mano de un clérigo que fue predicador de Carlos V, se ha creado uno de los focos más importantes de seguidores de Lutero. Eso se nos cuenta en la novela, cómo se rompe todo ello cuando interviene el Santo Oficio y cómo es extirpado sin conmiseración alguna lo que se consideraba un mal intolerable.
Delibes, por supuesto, hace un canto a la libertad, sobre todo de pensamiento, a la tolerancia, una crítica del oscurantismo que relegó a España a lugares que estaban a la cola de la modernidad.
Pero hay muchas cosas más. El maestro de Valladolid siempre fue un magnífico retratista de personajes, de sentimientos, de caracteres y aquí no lo es menos.
Cipriano Salcedo, el Hereje, es un hombre que tiene que hacerse fuerte ante la adversidad y Delibes nos lo pinta como una persona de apariencia endeble, pero fuerte y musculoso. Alguien que navega por la vida buscando su lugar, lleno de dudas existenciales y que encuentra su refugio en el conventículo luterano. El personaje que está solo en medio de la multitud, incomprendido en cierto modo, ya se nos pintó en "Cinco horas con Mario" y algún crítico ha querido vere en Cipriano un alter ego del propio Delibes, puede ser.
La riqueza de los personajes, de sus características, es toda una obra de arte. El suegro de Cipriano, el "Perulero", un hombre rústico, pero dotado de esa sabiduría que sólo tiene quien ya la trae de nacimiento y que enriquece en la escuela de la vida. El padre del protagonista, D. Bernardo, un tipo egoísta y con afán de protagonismo, aún a costa de hacerse pasar por persona dolorida para llamar la atención y mover a la compasión de quienes le rodean y con una vena sádica nada desdeñable. Minervina, el ama de cría, que pone en Cipriano todo el cariño que tenía para el hijo que perdió y que le servirá de Cirineo en su último viaje. Teo, la esposa, "La reina del Páramo" fuerte y grandota, en la que Cipriano busca refugio, pero cuya muerte le hará sentir culpable de no haber sabido estar a la altura moral que se requería.
Y todos los otros personajes, sus compañeros del orfanato; los hermanos de la "Secta"; los empleados del negocio... Todos tienen algo, a todos ellos dedica atención el escritor, todos y cada uno tienen su pedacito de protagonismo.
Y el paisaje, no sólo el de la ciudad, el de los alrededores, Cigales, Ciguñuela, Pedrosa, Portillo, Tordesillas, Toro... Ahí nos aparece el hombre de campo, el cazador, el amante de la naturaleza, seguro que paseó esos campos mil y una veces con su escopeta al hombro.
Y el lenguaje, la maestría de un sabio de las palabras, la precisión en las descripciones, sin un adjetivo de más y con una riqueza de vocabulario que me hizo arrepentir de no haber tenido la prevención de tener papel y lápiz a mi alcance cuando leía la novela para desgranar ahora, como una letanía sagrada algunas de las palabras que nos regala, muchas de ellas en desuso, otras utilizadas para faenas u oficios desaparecidos y otras, lisa y llanamente olvidadas.
En tiempos como los que corren, en los que apenas sabemos hablar, en los que algunos profesionales de los medios de comunicación dan lástima cuando les oímos o leemos, ver esa riqueza es una bendición. Cofa, celaje, duneta, reterso, endechadera, metalón, agraz, landre, recodarse, rolla, mogote, empeinoso, ejarbe, zamarro, saín, burato, hocino... cientos de ellas, algunas como estas que ni suenan a mucha gente, otras que a algunos se nos habían olvidado y otras más que, aunque al verlas las reconocemos, no se utilizan en el día a día de la escritura, cuando aún tienen su lugar, pero, repito, la pobreza de vocabulario se enseñorea de nuestro entorno, Delibes nos las regala sin ningún afán de pedantería, como si le saliera de forma natural.
Una novela que te deja un sabor agridulce en cuanto a su mensaje, en ningún caso con afán moralista, pero con moraleja, porque la placidez con que transcurren sus primeros capítulos, desemboca en un final que es el que cabía esperar, pero que le deja a uno un tanto desamparado.
El Hereje se publicó por primera vez en 1998 y obtuvo el Premio Nacional de Narrativa.



4 comentarios:

  1. Grande Delibes, un maestro de la lengua de los que ya casi no quedan. Habrá que rendirse ante él y leer "El Hereje".

    ResponderEliminar
  2. Magnífica novela, en efecto Trecce. La verdad es que de Delibes nunca he leído nada malo. Cuánto ser le echa de menos...

    ResponderEliminar
  3. A mí me ha encantado, quizá también por el asunto que trata, aunque después he descubierto que a mucha gente no le llena (por decirlo de algún modo), no lo entiendo, pero bueno, sobre gustos... En fin, Delibes es de mis preferidos.

    ResponderEliminar