Alemania, principios del siglo XIX. Kaspar (Bruno S.) es un enigmático muchacho que ha pasado toda la vida encerrado y aislado en una cueva: no conoce, pues, el lenguaje ni tiene capacidad para relacionarse con los demás. Cuando, en 1828, alguien lo abandona en Nuremberg con una carta para las autoridades locales, se convierte primero en una especie de atracción de feria y después en una curiosidad científica y social.
La película de Werner Herzog está basada en la historia verdadera y misteriosa de Kaspar Hauser, un joven de unos 16 años, que apareció repentinamente en Núremberg en 1828, apenas capaz de hablar o caminar, y con una nota extraña dirigida al militar Friedrich von Wessing; más tarde explicó que había estado cautivo en algún tipo de calabozo durante toda su vida (aunque tenía recuerdos de haber vivido en palacios o edificios nobles en su tierna infancia) y que solo recientemente fue puesto en libertad por razones desconocidas. Su benefactor intenta integrarlo en la sociedad, con resultados peculiares.
Con la verosimilitud característica de Herzog, a la que contribuye la interpretación del protagonista cuya historia personal guarda algunos paralelismos con las del personaje que interpreta, el director alemán aprovecha esta historia real, que él representa de manera algo diferente a la verdadera, para elaborar una crítica a una sociedad plagada de contradicciones, mentiras e hipocresía. Todo ello con la calidad visual que acostumbran la películas del germano, en este temprano trabajo en el que ya están presentes algunos de sus temas habituales: la crítica a la cultura tal como se entiende en nuestra sociedad, la religión, la locura de la vida cotidiana, la alienación, la crueldad y el poder.
























