domingo, 15 de agosto de 2010

LA SOGA

Estamos ante un film que, comercialmente hablando, seguramente sería un fracaso. De no ser por ir firmada por quien va firmada, estoy seguro de que esta película la ponen hoy en cartel y dura una semana.
Y sin embargo, como sucede de vez en cuando, estamos ante una gran película, ante un gran ejercicio cinematográfico, pero hecho sólo para bocas que sepan apreciarlo.
Hitch, como de costumbre inquieto por las novedades técnicas, por los desafíos que él mismo se marcaba para no hacer una peli convencional, decide que va a rodarla en un sólo plano. No pudo, porque las cámaras móviles de la época soportaban únicamente rollos que filmaban ocho minutos. Eso lo solucionó con fundidos sobre la vestimenta de los actores para que no se notaran los cortes, porque seguía en su idea de prescindir del montaje. La peli, por tanto se rueda en tiempo real y quien conozca los entresijos de este arte, sabe de la dificultad de esta técnica, sobre todo porque obliga a los actores a hacer la escena entera, a permanecer todo ese tiempo con la tensión y la concentración necesaria para no estropear la toma.


La peli está basada en una obra de teatro de Patrick Hamilton estrenada en 1929 y para algunos es teatro filmado. Algo que no es cierto, pues la cámara se mueve por el escenario, no sólo siguiendo la evolución de los intérpretes, sino tomando primeros planos de objetos que subrayan aquello que el director quiere que atraiga la atención del espectador, o llevándonos a un lado diferente de donde se está desrrollando el diálogo. A todo ello hay que añadir que la película comienza con un plano de una calle cualquiera, se podría prescindir de él, se dirá, pero está así concebida a conciencia, ya que el film comienza en una calle tranquila, para colarse, a través de una ventana en un apartamento, donde transcurre ya toda la acción y de donde no saldremos. Pero al final de la película, James Stewart, abre la ventana (por primera y única vez), para disparar al aire, a través de ella nos llegan los comentarios de los transeuntes y las sirenas de la policía, estamos de nuevo, bien que a través del sonido, de nuevo en la calle, donde empezamos y libres ya de la tensión que hemos vivido. Toda una maravilla, una de tantas de las que tiene la película.


En la novela, los dos estudiantes que ocupan el apartamento son homosexuales, en la peli, desde luego esta palabra no se emplea (tabú para la época) y si se puede sospechar su condición, es muy de lejos, pues no se pone el acento en ello. Por el contrario, se centra toda en un estudio sobre la teoría del superhombre de Nietzsche, argumento que se emplea en la novela para divagar sobre el asunto de crimen perfecto y el "derecho" de los seres superiores a eliminar a los inferiores. Hitchcock lo traslada con veladas alusiones al Holocausto judío por parte de los nazis, cosa que en la novela no aparece, pues no se había producido, ni se podía imaginar. Quizá estas disquisiciones sean la parte (para mi gusto, claro) más floja del film, demasiada pedagogía por un lado y encima con moralina, cuando es un asunto tan deplorable, que sobra cualquier reiteración sobre la crueldad de los que se consideran superiores. Son crueles y ya está, no tiene que convencernos con argumentos.


Los protagonistas son los dos estudiantes, interpretados por dos actores de teatro llamados John Dall y Farley Granger, que están a buena altura. James Stewart, es en realidad un secundario de superlujo, con un extenso papel, que le va muy bien y un excelente reclamo para encabezar los títulos de crédito.
Era la primera ocasión en que Hitch utilizaba el color y hay que hacer notar el esmero puesto en la fotografía, obra de Joseph Valentine.
Otra dato curioso, es que no está la tan cacareada rubia de todas las pelis de Hitchcock, aquí las mujeres tienen un papel meramente testimonial, su importancia viene más por lo que representan (la novia del difunto y ex-novia del asesino y la doncella que se dedica a quitar lo que hay sobre el arcón, en el momento de mayor suspense de la peli), que por el protagonismo que tienen en la peli, que es bien poco.
Tanto la obra de teatro, como la peli, se titulan "ROPE", no "The Rope", y es que inglés, además de soga, significa cabo de cuerda. Con ello se hace un juego de palabras entre el arma del crimen y los cabos que va atando el profesor para desenmascarar a los asesinos.


Una peli minusvalorada, cuando no olvidada y para mí, todo un descubrimiento, una obra de arte y un maravilloso ejercicio cinematográfico.
Quienes estén predispuestos para saber paladearla, disfrutarán de un auténtico festín.


2 comentarios:

  1. El melodrama se entremezcló con la psicología criminal. James Cain, William Irish. Y aparece Hitch en el extremo opuesto con los ejemplos que has seguido en tu blog, y al que pueden añadirse componentes románticos, Encadenados, El proceso Paradine y Rope. Rope es un film complejo, analítica y estructuralmente. Una joya. Para mucho más que este breve comentario. Un saludo

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  2. De acuerdo. La soga da para escribir un libro y depende de los derroteros que tome uno, pueden faltarte páginas.

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