Cuando su madre se ve obligada a permanecer hospitalizada durante un largo periodo a la espera de ser operada, Ting-Ting (Shu-Chen Li), de 4 años, y su hermano Tung-Tung (Chi-Kuang Wang), de 11, son llevados por su joven tío a pasar el verano con sus abuelo, un médico de un pequeño pueblo en una zona rural y su esposa.
Los dos hermanos son niños de ciudad que descubren otro mundo, el que le mantiene a uno en contacto con la naturaleza y con la calle, en el que incluso la forma de pensar y vivir resultan diferentes. Por un lado puede considerarse como el típico film en el que los niños visitan la casa de los abuelos durante sus vacaciones, con momentos de afecto sincero y también, momentos en los que los viejos sabios transmiten sus conocimientos y el peso de las tradiciones orientales a unos niños dispuestos a escuchar y a imitar. Pero su realizador nos brinda una obra que va mucho más allá.
Ting-Ting y Tung-Tung parecen bastante traumatizados por la ausencia de su madre, pero se recuperan con determinación y una capacidad innata de adaptación.
El realizador deja de lado el melodrama a que parece conducir en algunos momentos la historia, aunque siempre dejando claro que esta no es una película sobre una infancia idílica en un paisaje paradisiaco. Hasta éste (el paisaje, digo), se ve afeado por un paso elevado en lo que resulta toda una metáfora visual de lo que el director nos quiere mostrar. Niños que en ocasiones juegan y resultan encantadores, pero en otras se muestran nada sensibles. Los dos protagonistas tampoco son unos benditos que digamos y hasta el abuelo, lejos de ser el típico anciano bondadoso, se muestra más que susceptible, incluso violento, en determinadas circunstancias.
Una representación de la infancia bastante más realista que sentimental, sin renunciar a cierto tono de nostalgia, quizá la película más conmovedora de Hou Hsiao-Hsien que, por otra parte, mezcla con habilidad drama y humor.




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